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Joan Antoni Guerrero: callejón sin salida de los autoritarismos


La proliferación de las herramientas digitales y la existencia de nuevas generaciones cada vez más permeables a la influencia de los nuevos lenguajes ofrece un amplio camino a recorrer para el activismo en cualquier lugar.

A pesar de los muchos discursos, por decirlo de algún modo, de corte negacionista, respecto al efecto libertador de las nuevas tecnologías, hay motivos para seguirse considerando un ciberoptimista en torno a la idea de que el nuevo mundo que se está configurando -Internet mediante- es un estadio nuevo en la civilización humana.

No es que la existencia de Internet y de una conexión global a la red sean por si solas la solución a los autoritarismos, como quien evade el dolor de cabeza tomándose una aspirina. En todo caso, lo fundamental es que en las herramientas digitales están los instrumentos que ayudan hoy a cavar la tumba futura de dictaduras y autoritarismos. En este contexto, no hay razones para pensar que el castrismo quede exento del fenómeno. Internet ya tiene un efecto liberador para muchos individuos, que encuentran en él el canal de expresión que siempre les fue negado. Es una nueva forma de gritar, más alto y claro que nunca, quiénes somos, qué queremos y qué esperamos del mundo y de nuestra convivencia con los demás.

La red nos sirve a nivel individual y nos puede servir en un sentido colectivo. Por eso con las redes sociales se liberó Túnez, se liberó Egipto y se están consiguiendo mayores cotas de libertad en otros países, incluso en aquellos donde ya se goza de un elevado nivel de libertad y en donde hoy, afortunadamente, disponemos de mucha más si cabe gracias a las tecnologías de la comunicación.

El poder en esta nueva era, como han afirmado teóricos de la comunicación como es el caso del español Manuel Castells, y tal y como comprobamos todos cada día en nuestro entorno más inmediato, ya no reside exclusivamente en las instituciones. Han perdido fortaleza. Por ejemplo, no escriben y publican sólo los periodistas, ni solamente publican sus empresas periodísticas. Hoy escribe y publica todo aquel que tenga la capacidad y la conexión suficiente para hacerlo en la red. En este sentido, el activismo digital es también un terreno abierto no sólo a las organizaciones no gubernamentales o a los movimientos sociales estructurados, jerarquizados y profesionalizados. Con Internet ha llegado también la desacralización de muchas instituciones y organizaciones.

El activismo se amplía actualmente a toda una base de personas conectadas entre ellas y cuyos deseos y expectativas en cuanto al mundo pueden no estar representados lo suficiente por ningún tipo de organización tradicional. Estas personas pueden coincidir en Internet, la base que les pone a su alcance, por un lado, la posibilidad de una rapidez y capacidad movilizadora inéditas, y por el otro, la posibilidad de emisión de mensajes de forma global y expansiva como nunca antes podrían haber imaginado. Pueden unirse y hacer cosas juntas, lograr algo.

Con Internet los antiguos activistas tienen nuevas herramientas a su alcance que pueden hacer más efectivos sus mensajes, tal y como lo han hecho en Egipto. Su lucha, en muchos casos desarrollada por años pero con imposibilidad de llegar a una amplia mayoría, puede conseguir sus objetivos de forma más rápida hoy con las redes que antes con su difusión limitada. Incrementa entonces de forma importante la posibilidad de éxito de sus campañas. Al mismo tiempo, irrumpen en el activismo miles de personas que jamás habrían sido consideradas activistas, que no están formadas para serlo, pero que de pronto se han encontrado en sus manos herramientas de un uso fácil que aplican en pro de un ideal, un lema o un objetivo colectivo.

La proliferación de las herramientas digitales y la existencia de nuevas generaciones cada vez más permeables a la influencia de los nuevos lenguajes ofrece un amplio camino a recorrer para el activismo en cualquier lugar. También en Cuba, donde por el momento el régimen tiene limitado el acceso a estas herramientas a sus funcionarios más fieles. Hace tan sólo escasos días, la editora de Cubadebate, Rosa Míriam Elizalde, en un exceso de optimismo, llegó a manifestar que, una vez Internet haya llegado a los 11 millones de cubanos, la herramienta será usada por todos ellos en la defensa de los valores de la Revolución haciendo temblar a Estados Unidos más que el fantasma de Julian Assange. No parece que la realidad vaya a dar la razón a Elizalde. El sentido común no está de su parte. Hemos visto cómo en los regímenes autoritarios donde se ha abierto un poco la puerta a la red el efecto de esa tímida apertura ha sido el inverso al pronosticado por la directora de Cubadebate para Cuba. En la era digital es difícil proyectar un consenso total en torno a un gobierno y su gestión tal y como pretenden hacer creer actualmente las voces autorizadas del castrismo.

La clave para el triunfo del activismo digital también en Cuba residirá entonces en la posibilidad de enseñar el uso de todas estas herramientas a los activistas tradicionales, a la espera de que paulatinamente el régimen se vea obligado a abrir cada vez más la posibilidad de conexión a la red global y se abran en consecuencia nuevas grietas por donde se amplíe la posibilidad de comunicación entre los propios cubanos. Quizás Internet no tumbe dictaduras totalmente pero sí que es un factor claro e inevitable que contribuye a desestabilizarlas e inquietarlas.

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