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Misa y vigilia en New York por la matanza de Happy Land


Diario sobre incendio en club Happy Land, New York.

El exiliado cubano Julio González, quien arribó a EEUU durante el éxodo del Mariel, prendió fuego el 25 de marzo de 1990 al club Happy Land en New York y quitó la vida a unas 87 personas.

Hace 20 años, el que fue entonces el mayor asesinato en masa en la historia de Estados Unidos, convirtió una discoteca de Nueva York en un infierno de llamas y humo que dejó casi 90 muertos, algunos de ellos con los tragos aún en las manos.

Esa noche, un emigrado cubano llamado Julio González trató de recuperar las atenciones de la mujer que lo había rechazado. González entró al club Happy Land en el Bronx, que estaba lleno de gente, en su mayoría inmigrantes. Su ex novia, Lydia Feliciano, estaba a cargo del guardarropa, y ambos tuvieron una acalorada discusión. González fue expulsado.

Furioso, González regresó poco después de las 3:00 a.m., roció gasolina en la única salida del Happy Land y encendió dos fósforos. Entonces, cerró la puerta de metal de la entrada. En unos pocos minutos, 87 personas habían muerto.

Esa tragedia en marzo de 1990 se va a recordar el miércoles por la noche con una misa, seguida de una procesión desde la iglesia hasta un memorial de granito cerca del club, donde se realizará una vigilia.

El incendio fue el peor en Nueva Yok desde que 146 personas, en su mayoría mujeres, murieron en el siniestro en la fábrica textil Triangle Shirtwaist Company, en lo que es hoy el Greenwich Village, el 25 de marzo de 1911.

Esa noche de 1990, las personas en la discoteca fueron asfixiadas por el humo o quemadas. Todo sucedió tan rápidamente que algunas víctimas se parecían a las figuras de Pompeya. Unas pocas tenían aún los tragos en las manos. Otras se habían arrancado las ropas, envueltas en llamas. Otras murieron agarradas de manos.

Los cadáveres se apilaron en el suelo del Happy Land, los rostros cubiertos de hollín. "Yo me desperté y olí humo", dice Jeff Warley, que vivía a unas pocas cuadras. Warley caminó hasta el lugar "y aún había cadáveres, en la calle", cubiertos con sábanas en espera de ser transportados.

Entre los sobrevivientes estaba el disc jockey, Rubén Valladares, que salió de entre las llamas con quemaduras en más de 50% del cuerpo. Entre los que quedaron atrapados estaba el tío de Pablo Blanco, Mario Martínez, que dejó una viuda y un hijo. "Él era mi tío favorito. Me enseñaba a cocinar", dijo Blanco, parado esta semana en la calle en el barrio de West Farms cerca del antiguo club, donde ahora hay una peluquería.

Veinticinco años no son suficientes para borrar las vívidas memorias del horror en las mentes de los sobrevivientes y de aquellos que no volvieron a ver a sus seres queridos. Una mujer perdió a más de cinco familiares, dijo Blanco. "Mi amigo Frank ni siquiera puede venir aquí. Los recuerdos lo abruman, de amigos y familiares perdidos", dijo.

En 1990, Happy Land atraía a una multitud mayormente de jóvenes. El club había sido cerrado por la municipalidad por infracciones del código contra incendios –no tenía rociadores ni salidas de emergencia–, pero seguía operando ilegalmente.

Unos dos tercios de las víctimas pertenecían a una comunidad del Bronx llamada garífunas, hondureños descendientes de negros del Caribe exiliados por los colonizadores británicos hace más de dos siglos. En años recientes, muchos habían escapado del represivo régimen de Honduras y se habían asentado en Nueva York.

González, que tiene ahora 60 años, cumple cadena perpetua en un penal en el norte de Nueva York. Fue convicto de 174 cargos de asesinato –dos por cada víctima, por indiferencia y asesinato con agravantes. Emigrado de Cuba, llegó a Nueva York como parte del éxodo del Mariel en 1980. Una década más tarde, estaba trabajando en un almacén, pero perdió el empleo seis semanas antes del incendio, dijo la policía. Este mes, las autoridades negaron un pedido de González de libertad condicional.

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