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Donald Trump sigue sin medir sus palabras


El precandidato republicano a la Presidencia de EE.UU. Donald Trump participa en un foro hoy, martes 29 de marzo de 2016, en Milwaukee, Wisconsin (EE.UU.).

Después de la salvajada más grande de estas elecciones, es posible que Trump pase a ser un candidato que mida sus palabras.

En 57 años viviendo en este país, nunca he visto unas elecciones primarias presidenciales más extrañas.

Ante todo, debo admitir que desde que me hice ciudadano estadounidense en 1971, he estado inscrito en el Partido Demócrata, en el Partido Republicano y como Independiente.

Yo no voto por un partido, voto por el o la candidata. Y, según cómo se presenten las cosas, me inscribo en ese partido con la esperanza de que mi voto cuente para algo.

Además, soy adicto a la política. Eso viene de atrás, desde que llegué a este país en 1960 y me encontré de pronto con la elección entre el republicano Richard Nixon y el demócrata John F. Kennedy.

Como muchos cubanos en aquella época, aunque no podíamos votar, respaldábamos a Kennedy. La decepción vino en el 61, con la falta de apoyo que la Administración Kennedy dio a la Brigada 2506 en la invasión a Playa Girón.

Pero todo eso es pasado y este año tenemos delante nuestro al peor grupo de candidatos para la Presidencia que yo recuerde.

Como siempre, tenemos que empezar por el magnate Donald Trump, que parecía que nada le podía hacer daño. Un día de gracia, dijo que él podía dispararle a alguien en la Quinta Avenida de Nueva York y así y todo ganaría las primarias republicanas.

Y, hasta esta semana, parecía que tenía razón.

Trump decía disparate tras disparate y las encuestas mostraban que los votantes republicanos lo seguían respaldando. No importaba que casi el 70% de las mujeres elegibles para votar en el país en noviembre rechazaran a Trump.

Al magnate sólo le importaban las primarias republicanas. Y, con una arrogancia increíble, dijo que su principal asesor era su cerebro; que no necesitaba consejos de nadie.

Y las cosas le iban bien hasta mediados de esta semana.

En una entrevista con Chris Matthews, un periodista incisivo y político por naturaleza, le hizo una serie de preguntas como una ametralladora sobre el derecho de la mujer a hacerse un aborto.

Trump respondió como siempre hace. No evadió las preguntas y, entonces, vino la salvajada más grande de estas elecciones:

Trump le dijo a Matthews que el aborto debía ser un crimen y, entonces, presionado por el entrevistador, dijo que todo crimen tenía que tener castigo y, por ende, agregó que la mujer también tenía que tener castigo.

El revuelo que se formó fue enorme. En pocas horas, Trump publicó un comunicado que decía justamente lo contrario a lo que él le había dicho a Matthews.

No quedó bien. Le llovieron las críticas de mujeres que están en contra del aborto y de mujeres que están a favor del mismo.

Después, vino el segundo palo del día.

Una encuesta en el importante estado de Wisconsin, donde hay elecciones primarias el martes próximo, el senador de Texas Ted Cruz aventajaba a Trump por 10 puntos. Según la encuesta, Cruz tenía el 40% del voto y Trump sólo el 30%.

De ser un candidato arrogante que insultaba a contrincantes y a periodistas por igual, Trump pasó a ser un candidato cuidadoso que tiene que medir sus palabras.

Hay expertos que dicen que el error de Trump le puede costar la nominación republicana a la Presidencia. Ellos ven difícil que Trump consiga los 1.237 delegados que necesita para ganar la nominación.

Y ya hay quienes hablan de un Partido Republicano dividido con Trump como candidato Independiente.

En todo caso, lo ocurrido beneficia principalmente a la candidata demócrata y ex secretaria de Estado Hillary Clinton, que tiene la delantera frente al senador de Vermont Bernie Sanders.

Clinton también tiene problemas, pero ese es tema para otro día. Lo de Trump es demasiado jugoso para no dedicarle el espacio que se merece.

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