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Gobierno cubano: dos estrategias


Raúl Castro.

Una que compete únicamente a Cuba y a los cubanos y otra de puertas afuera, dirigida a la opinión y la solidaridad planetaria.

El hombre se parece a sí mismo. Por eso, no congenio con el odio. Es cierto, nací y me crié rodeado de hombres que adoran el discursear y creídos dueños de la absoluta verdad, tanto que la impusieron a la fuerza con total impunidad.

Quizás por ello hace unos días me sorprendí pensando que separarme de ese grupo gobernante al que me ataba una conexión genética, más que todo, se debía a un extraño defecto o capacidad que tengo para aceptar críticas y disfrutar de esos insultos que para algunos son ataques, y para mí, simpático primitivismo.

Aprendí. Como también aprendí a mirar a Cuba sin pasión, y ver que el gobierno cubano se hace cada día más fuerte apoyándose en la división y para eso se vale de dos principales estrategias: una - la que compete únicamente a Cuba y a los cubanos - y otra de puertas afuera, dirigida a la opinión y la solidaridad planetaria transformando nuestro pequeño país en sostenidos titulares de revistas y noticiarios.

Internamente divide la sociedad, violenta la convivencia y alimenta la ineficaz cultura de la confrontación entre grupos generacionales, entre revolucionarios y contrarrevolucionarios, deseosos de protagonismo, pero fundamentalmente entre ricos y pobres porque - como ya sabemos - el socialismo ama tanto a los pobres que los multiplica para hacerlos sobrevalorar una limosna.

De cara al mundo es otra cosa, se evidencia en estos días. El gobierno aprovechó la insuficiente respuesta de la comunidad internacional ante la crisis desatada por la propagación del virus ébola, y ejecutando una maniobra que además de humanitaria es atractiva y magistral, se convirtió en uno de los principales impulsores de ayuda a Africa Occidental enviando 165 sanitarios cubanos y preparando, siempre públicamente porque sin aplausos no hay victoria, la partida de otro grupo con 296 médicos y enfermeros.

El ébola se descontroló de forma tan vertiginosa que hizo colapsar los sistemas sanitarios de Liberia, Guinea y Sierra Leona; entonces Cuba, la mayor de las Antillas, el país “bloqueado”, entrega con falso altruismo recursos económico y humanos a la noble labor de salvar vidas.

Imposible no alabar; ante hechos tan colosales qué le importa a Ban Ki-mun o a cualquier otro miembro importante de organismos internacionales, que en Palmarito de Cauto pateen a otro “delincuente”. Entiendan la ironía, lo correcto es decir disidente.

No soy rojo, soy realista, que aunque comienza con R no es lo mismo ni se escribe igual. Lo aclaro porque también veo que los opositores cubanos continuan ganando adeptos, sobre todo en espacios virtuales, pero aún no consiguen capitalizar el descontento de millones de personas, de población real que decepcionada del sistema, no quiere ser representada por nadie que se victimiza. Olvidan que la sociedad cubana tiene saturación de escuchar historias de sacrificio y levantar pedestales.

La realidad parece caminar en sentido contrario al deseado por muchos. Los cubanos quieren sonreír y llegar a fin de mes sin aprietos. Por eso miran con respeto e incluso con un pelín de sana envidia a los nuevos empresarios (no me gusta eso de cuentapropistas) y a los artistas que se imponen abriendo puertas. Para ellos, estos son los verdaderos símbolos de la individualidad, la verdadera vanguardia y los mas efectivos creadores de la inspiración popular porque hoy hasta la soberanía es un concepto personal.

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    Juan Juan Almeida

    Licenciado en Ciencias Penales. Analista, escritor. Fue premiado en un concurso de cuentos cortos en Argentina. En el año 2009 publica “Memorias de un guerrillero desconocido cubano”, novela testimonio donde satiriza  la decadencia de la élite del poder en Cuba.

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