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Los cubanos, su mundo de fantasmas y el exilio económico


En realidad todas las personas que vivieron bajo el estigma de las sociedades totalitarias son hermanos siameses en la angustia del alma y los sufrimientos de coexistir bajo la opresión de esos sistemas.

La gran mayoría de los cubanos que residimos en diferentes partes del mundo en este complicado siglo 21 estamos marcados bajo el signo del castrismo, un mal que sombrea nuestras vidas a pesar de estar alejados de la isla en muchos o pocos años.

Y es que de una manera u otra casi todos tenemos debajo de las pieles similares y diversas emociones que contraen nuestras pupilas de mirar al futuro. Algunos tienen nostalgias agazapadas, muchos esconden lágrimas abortadas, otros acarrean tristezas inacabadas con rencores no olvidados y todos tenemos detrás de nuestras espaldas un mundo de fantasmas.

Ese mundo de sombras y ecos sordos que revolotean por nuestras conciencias de manera instintiva, que se distorsiona cuando apelamos a la memoria y tratamos de visualizar las viejas fotos de la niñez, recordamos a viejos amigos separados de nosotros por el credo revolucionario, familiares cercanos muertos, remembranzas de viejos amores y sobre toda nuestra real y verdadera historia. Nada de esas evocaciones ya son reales y sin embargo siguen latentes y duraderas.

Hay una frase en la última novela de la escritora Herta Muller, ganadora del premio Nobel de literatura, que bien parece salida de los labios de un cubano. “Todo lo que tengo lo llevo conmigo”. En realidad todas las personas que vivieron bajo el estigma de las sociedades totalitarias son hermanos siameses en la angustia del alma y los sufrimientos de coexistir bajo la opresión de esos sistemas, porque a pesar de que en la gran mayoría de los casos mejoraron sus niveles de vida al abandonar sus países, la plena verdad es que ese exilio voluntario o involuntario los arrojó a una suerte de cesárea existencial que les hizo cambiar sus vidas para siempre.

Por eso no es real creer que quienes escaparon de los proyectos estalinistas pueden ser considerados emigrante económicos, como argumenta el régimen castrista en el caso de los cubanos, y muchos de nosotros repetimos convencidos y sin darnos cuenta de que salimos de Cuba no solo por las condiciones del periodo especial.

Les argumento para rebatir este sofisma del “emigrado económico” que repite el castrismo en sus manipulaciones con las medias verdades y las mentiras para justificar a los miles de personas desesperadas que tratan de irse de Cuba por todas las vías.

Es cierto que un porcentaje de cubanos en los últimos tiempos escapan por la dureza en que se malvive en la isla. Es verdad también que a una mayoría no les interesa hablar de política cuando se marchan de Cuba y solo les importa ganar dinero y enviarles ese efectivo a sus familiares. Todo eso es cierto.

Pero si escudriñamos a profundidad y somos sinceros al enfocar el problema, notamos de inmediato que el detonante real por la que escapan de la isla los cubanos no es solo la economía, sino determina en todos los casos el gobierno que rige esa economía y ese proyecto político el cual impidió a esos emigrantes alcanzar su desarrollo social.

Un emigrado económico puede ser cualquier ciudadano de los países del tercer mundo que llegan ilegales a las naciones desarrolladas para ofrecer su mano de obra y escapar de las miserias de sus países.

Pongamos un ejemplo. Un brasero mexicano logra escabullirse y trabajar en los campos de La Florida. Ese señor al salir de México cerró su casa y mientras trabaja en las tierras del norte el dinero que gana le llega a sus familiares.

En muchos de esos casos esa persona con el dinero obtenido construye una nueva casa o comienza un negocio. Si es capturado por migración regresa a su tierra, abre su casa y tiene todas sus pertenencias intactas. Es más, el estado mexicano no se inmiscuye en su decisión de salir o entrar de nuevo al país.

Veamos el caso de los cubanos. Cuando salen y se extralimitan del tiempo que el gobierno le otorgó de plazo, se convierten en emigrados y pierden todos sus efectos personales y propiedades. El estado se lo incauta todo. Su regreso debe ser negociado con el gobierno que decide si puede o no volver. Ese regreso solo es en plan de visita. Y por supuesto nadie puede hacer un negocio con los ahorros ganados, a no ser que lo maneje un familiar.

¿Quién decide en última instancia el regreso o el desenvolvimiento del emigrado cubano. La economía o la política? Me parece qué es fácil de advertir que es la segunda opción la que determina la salida y su vinculación con su país natal, al cual nunca podrá regresar a vivir sin antes no conciliar sus intereses con el estado totalitario.

Entonces, ¿cómo llamarnos emigrados económicos, cuando la economía no determina nuestra voluntad de volver a vivir en nuestro país natal?

Pertenecemos a un pueblo dividido que guarda su unidad en la pasión de sus tradiciones y no importa si estamos en la fría Europa, la mística Japón, el poderoso Estados Unidos o cualesquiera de los países latinoamericanos, para mantener latente el orgullo de ser cubanos con esa euforia extrovertida y sin tapujos con que se dice y la que a veces resulta inexplicable para quienes nos rodean.

Esas emociones desbordadas hace que a veces también tengamos una percepción de incomprensión hacia nuestro alrededor en los países donde vivimos y la cual anotó Herta Muller en su novela “Tierras bajas” donde uno de sus personajes afirmó: “No soportamos a los demás, ni nos soportamos a nosotros mismos y los otros tampoco nos soportan”.

Tal vez esa sensación no les ocurra a todos, ni a muchos o tal vez a nadie, pero reconozco que por momentos me veo reflejado en esa expresión, la cual le debo, no a la emigración económica, sino a la opresión intolerante del régimen castrista.

Por favor no me digan más que los cubanos somos exiliados económicos cuando detrás tenemos un mundo de fantasmas y vidas rotas que resultan insoportables de recordar.

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