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Fusilan a Cristo en Cuba


Escena de una representación del via crucis.

El autor registra la violencia desatada contra el crucificado.

Un bosque vecino es una tentación para cualquier niño o adulto fantasioso que vea, desde sus orillas, a algunos animales abandonarlo o perderse en él; que sienta el olor de la tierra oculta tantearle el rostro; que escuche los crujidos que produce la fronda al restregarse y los flirteos y escaramuzas de sus habitantes más secretos.

Pero la mayor tentación proviene de la certeza de que en el bosque aguarda lo desconocido. Los Diarios de campaña de José Martí son un bosque, y quien los visita es testigo de hechos tan sorprendentes como la descarga de fusil recibida por Jesús de Nazareth luego de ser clavado a la cruz y alzado no en el Monte Calvario sino en plena manigua cubana durante la Guerra de los Diez Años (1868-1878).

La mañana del 1 de mayo de 1895 Martí comenta que fue allí, en Vuelta Corta, en la región de Guantánamo, donde José Policarpo Pineda (1839-1872), apodado "Polilla", nativo de El Corojo de Rustán y Coronel del Ejército Mambí, dio muerte a Francisco Pérez y Céspedes, segundo jefe de las Escuadras Españolas. La ejecución fue un ajuste de cuentas por el asesinato del patriota cubano Arturo Casimajan a manos de Miguel Pérez y Céspedes, hermano de Francisco y, como el propio Francisco, hombre al servicio del ejército español.

La anotación del diario de Martí correspondiente a ese día incluye una descripción del paisaje en torno capaz de introducir al lector, que ya ha visitado cafetales y casitas de mampostería y teja -entre ellas la de una familia apellidada Thoreau-, en un ámbito encantado donde no se sabe qué admirar más, si la naturaleza de la isla o la prosa que la refleja:

El sol brilla sobre la lluvia fresca: las naranjas cuelgan de sus árboles ligeros: yerba alta cubre el suelo húmedo: delgados troncos blancos cortan, salteados, de la raíz al cielo azul, la selva verde; se trenza a los arbustos delicados el bejuco; a espiral de aros iguales, como de mano de hombre, caen a tierra de lo alto, meciéndose al aire, los cupeyes: de un curujey, prendido a un jobo, bebo el agua clara: chirrían, en pleno sol los grillos.

Nótese la voluptuosidad de esa penúltima frase donde la "b" sucesiva parece desbordar el agua que rebosa la boca del diarista y, simultáneamente, si se la lee en voz alta, desbordar la boca del lector: prendido a un jobo, bebo el agua clara. La triple "o" dibuja el gesto de los labios del sediento.

Pero antes de arribar a ese claro encantado, Martí alude a la muerte de Francisco Pérez y Céspedes, e ilustra la ferocidad de su contrincante, José Policarpo Pineda, con un detalle sobrecogedor: al ultimar a tiros a otro adversario, Pineda también ultima a Jesucristo, pendiente de la cruz que ese adversario, cuyo nombre no revela, exhibe sobre el pecho:

Salimos del campamento, de Vuelta Corta. Allí fue donde Policarpo Pineda, el Rustán, el Polilla, hizo abrir en pedazos a Francisco Pérez, el de las escuadras. Polilla un día fusiló a Jesús: llevaba al pecho un gran crucifijo, una bala le metió, todo un brazo de la cruz, en la carne: y a la cruz, luego, le descargó los cuatro tiros.

Más que la suerte de Francisco Pérez y Céspedes y la del sujeto cuya identidad omite, es la del hombre semidesnudo, sanguinolento y coronado de espinas que, sujeto a una cruz, cuelga del cuello del desconocido, la que monopoliza la atención de Martí. Uno de los brazos de ese hombre -en quien la cristiandad no sólo reconoce a su redentor sino a Dios mismo encarnado- recibe el impacto de un proyectil, y ambos brazos, el de la cruz y el suyo, se encajan en el cuerpo del individuo anónimo. Nótese la rotundidad de la aseveración martiana: Polilla un día fusiló a Jesús, y la crudeza del verbo utilizado para describir la incrustación terrible: una bala le metió, todo un brazo de la cruz, en la carne.

No satisfecho, José Policarpo Pineda vuelve a disparar, y lo hace varias veces, ahora contra la propia cruz, como si ésta o quien pende de ella intentara proteger a su víctima, salir al paso de los proyectiles, y mereciera igual castigo.

El diario salpica sangre.

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    Orlando González Esteva

    Nació en Palma Soriano, Cuba. Reside en Estados Unidos desde 1965. Sus poemas, que al decir del escritor Octavio Paz hacen “estallar en pleno vuelo a todas las metáforas”, aparecen publicados en Mañas de la poesía, El pájaro tras la flecha, Escrito para borrar, Fosa común, La noche y los suyos y Casa de todos. Es también autor de los siguientes ensayos de imaginación: Elogio del garabato, Cuerpos en bandeja, Mi vida con los delfines, Amigo enigma, Los ojos de Adán y Animal que escribe. El arca de José Martí. González Esteva ha ofrecido lecturas de versos, charlas y talleres en Estados Unidos, España, Japón, Francia, México y Brasil, y ha desarrollado una intensa labor cultural en los medios literarios, artísticos y radiofónicos de Miami.

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