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Ray Bradbury en los misterios de la muerte


El escritor estadounidense Ray Bradbury.

El escritor aprendió de los grandes de las letras universales: William Shakespeare, Julio Verne, H.G.Wells y, sobre todo, de Edgar Allan Poe, que marcaría profundamente el camino literario del joven Bradbury; en cuanto a tratar los temas del misterio y del horror.

El escritor Ray Bradbury, autor de Farenheit 451 y Crónicas marcianas, murió este martes en su residencia de Los Angeles, California, luego de una larga enfermedad.

Nacido en Waukegan, Illinois, en 1920, Bradbury supo enseguida que quería dedicarse a la escritura, que junto a la magia la escritura sería una de las razones para sostener la existencia.

Debido a dificultades económicas de la familia, Bradbury no pudo asistir nunca a la universidad, así que comenzó a vender periódicos, pero no cejó por otro lado en su empeño de formarse espiritual e intelectualmente; y comenzó a hacerlo por su propia cuenta.

Además de la novela Farenheit 451 y del volumen de relatos Crónicas marcianas, en su haber destacan obras como Ahora y siempre, El vino del estío, El verano del adiós, Zen en el arte de escribir, El maravilloso traje de color vainilla, Remedio para melancólicos, El Árbol de las Brujas y Columna de Fuego.

Hay que decir que, de toda la obra Bradbury, se han vendido más de ocho millones de ejemplares, traducidos además a unas 36 lenguas en el mundo, y que por otra parte su nombre aparece encabezando cualquier lista de los mejores autores de ciencia ficción del siglo XX, en el orden de autores de la índole de Isaac Asimov, Arthur C. Clarke o Robert A. Heinlein.

Completamente autodidacta, el escritor aprendió de los grandes de las letras universales: William Shakespeare, Julio Verne, H.G.Wells y, sobre todo, de Edgar Allan Poe, que marcaría profundamente el camino literario del joven Bradbury; en cuanto a tratar los temas del misterio y del horror.

A partir de 1942, Bradbury se dedicó a la literatura a tiempo completo, publicando distintas colecciones de relatos, la primera de ellas Dark Carnival (1947) y, posteriormente, la más famosa de ellas: Crónicas Marcianas (1950).

La fórmula del éxito, entre otros elementos añadidos, parece que el autor la encontró en un acentuado sedimento romántico mezclado una gran dosis de denuncia social; así, sus Crónicas Marcianas narran la conquista de Marte por parte de la raza humana y su consecuencia para los nativos del planeta rojo, quiere decir, la extinción.

Bradbury alcanza fama mundial como escritor de ciencia-ficción con sus Crónicas Marcianas, una esquematización que el autor siempre rechazó, pues lo cierto es que siempre se consideró un narrador más próximo a la fantasía que a la realidad; a la espiritualidad que a los devaneos tecnológicos.

Muerto a los 91 años de edad, a través de su larga existencia Bradbury mostró ser un poeta al que le interesaba más narrar la vida espiritual de la humanidad que los avatares del materialismo soso de la sociedad.

Respecto al materialismo desbordado en artilugios tecnológicos el autor dijo: “Estamos rodeados de demasiados juguetes tecnológicos, con Internet, los ipod, los ipad… La gente se equivocó. Yo no traté de prever, sino de prevenir el futuro. No quise hablar de la censura sino de la educación que el mundo tanto necesita. Podemos salvar a Estados Unidos, gracias a los niños, si les enseñamos a leer y a escribir a partir de los 3, 4, 5 años para que lleguen a la escuela primaria sabiendo leer. Después, es muy tarde. Cuando en realidad, ya desde muy pequeños, queremos leer las palabras de las historietas”.

Para agregar: "La ciencia-ficción es una representación de la realidad. La fantasía es una representación de lo irreal". Argumento que usó el escritor al comparar su obra Crónicas Marcianas con un mito griego y su vigencia aún en la pedestre en la actualidad.

La única obra suya que el autor siempre consideró de ciencia-ficción fue Farenheit 451, la novela en la que describía un futuro en que los libros eran eliminados, y sobrevivían sólo en la memoria de los elementos subversivos que se arriesgaban a romper las rigurosas reglas del régimen tecnológico-totalitario. Farenheit 451 forma, junto a 1984, de George Orwell, y Un mundo feliz, de Aldous Huxley, una trilogía de libros donde ha triunfado la dictadura del racionalismo, la oscuridad de la razón, frente a la individualidad del espíritu que sobrevive, a duras penas, en logias de elegidos que son perseguidos con saña por los descerebrados del régimen imperante: metáforas muy cercanas, al menos en lo referente a Farenheit 451 y a 1984, a esos socialismos que a manera del comunismo y el fascismo campearon una mancha de sangre y mugre a lo largo del nefasto siglo XX y que, en el caso del comunismo, campea aún en países como Cuba, China y Corea del Norte en pleno silgo XXI.

Cuando se le intentó encasillar como un profeta del advenimiento de un mundo dominado por lo científico y tecnológico, el autor aclaró: “En mis obras no he tratado de hacer predicciones acerca del futuro, sino avisos. Es curioso, en mi país cada vez que surgía un problema de censura salía a relucir como paradigma de la libertad Farenheit 451. Los intelectuales, ya sean de derechas o de izquierdas, siempre tienen miedo a lo fantástico porque les parece tan real ese mundo que creen que estás intentando engañar y, evidentemente, así es. Creen que es malo para los niños vivir en un mundo de fantasía cuando en realidad es bueno: todos tenemos una vida interior fantástica muy rica. Vivimos en un mundo que nos absorbe con sus normas, con sus reglas y la burocracia, que no sirve para nada. Hay que tener mucho cuidado con los intelectuales y los psicólogos, que te intentan decir lo que tienes que leer y lo que no”.
mundo

Con más de 400 relatos publicados, decenas de colecciones de cuentos y casi una veintena de novelas, Ray Bradbury vio como muchas de sus obras fueron adaptadas al cómic, el cine o la televisión y, por otra parte, elaboró libretos teatrales y guiones de cine y de televisión, entre los que sobresale su colaboración con John Huston en la adaptación de la novela Moby Dick, del escritor Herman Melville, para la película que Huston dirigió en 1956.

Al adentrarse Bradbury este martes en los misterios de la muerte, Estados Unidos y el mundo occidental pierden no ya a un icono de la literatura, sino a un icono de las libertades del individuo enfrentado a la fuerzas del igualitarismo ramplón y castrador. Un hombre que se hizo a sí mismo sin miedo, rompió los moldes y mostró al mundo que el futuro, la felicidad en el futuro, no estaría tanto en la multiplicación de los artilugios luminiscentes en los paraísos artificiales de la tecnología de punta, sino en la lectura, la introspección y la búsqueda de una única luminiscencia aposentada allá en los paraísos y en los páramos del alma.

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