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El autor recuerda el aniversario del nacimiento del célebre compositor cubano a partir de una fotografía y una nota publicadas en Cuba

La edición del periódico cubano “Revolución” correspondiente al 30 de noviembre de 1963 muestra en la parte superior de la página número 7 varias fotografías (es importante reparar en el número de la página): una de un chófer de alquiler que expresa su entusiasmo ante la celebración del “Día del Tránsito”; otra de un peatón que reconoce su responsabilidad --y la de quienes se trasladan a pie— en la prevención de accidentes, y una tercera de la persona que por entonces ejercía el cargo de Presidente de la Comisión Nacional del Tránsito en la isla. Las columnas que las rodean comentan, sin obvias restricciones de espacio, la importancia de la celebración.

Inmediatamente debajo de esas fotografías aparece una cuarta, a dos columnas y de mayor talla, donde se muestra un cargamento de armas y cuyo pie reza: Éstas son las armas que el títere Betancourt ha dicho que encontraron en una playa venezolana y que, según el “testimonio” yanqui, “procedían de Cuba”. Son el pretexto urdido para intentar una nueva agresión contra el pueblo de Cuba. Las comillas interiores son del autor del pie: indican sorna (hay que imaginarle, pues, feroz pero sonriendo). Casi todo el resto de la página está dedicado a las diferencias del gobierno cubano con el presidente venezolano Rómulo Betancourt, y el respaldo que el primero encuentra entre otros pueblos del continente. La información es, en realidad, una extensión de la que aparece en la primera página del periódico: el carácter trascendental de los hechos ameritaba el despliegue.

Justo debajo del cargamento de armas y sólo a una pulgada del borde inferior de la página (es importante, insisto, recordar que se trata de la número 7) aparece una quinta fotografía franqueada por párrafos donde pueden leerse elogios de un documento solidario de la actitud asumida por el gobierno insular ante la afrenta venezolana: un documento que, según el periódico, finaliza expresando: abajo el Imperialismo, abajo los tiranos como Betancourt. Viva el pueblo y la Revolución Cubana. Cuba no está sola, con Cuba está nuestro pueblo, los pueblos de América; los pueblos y el poderío del campo socialista, el pueblo y las armas poderosas de la Unión Soviética.

Esta quinta fotografía, estrecha como un marcador de libros aunque mucho más corta, incluida como a disgusto en medio de tanta injuria y de tanto fervor bélico, y situada a poco más de una pulgada del límite inferior de esa página, muestra un rostro apacible, familiar a los cubanos de entonces, familiar incluso a algunos cubanos actuales, y debajo de él, donde el papel amenaza con terminar, donde la vista del lector apenas suele posarse, una frase: “Murió Lecuona”.

La extensión del cable procedente de Estados Unidos, que se reproduce al pie de la fotografía a una sola columna, consta de diez líneas: El compositor cubano Ernesto Lecuona falleció anoche de una afección cardíaca en Tenerife, Islas Canarias, según informó su abogado aquí, en Nueva York, John Sperry. Lecuona tenía 68 años. El abogado John Sperry informó que había recibido la noticia en una comunicación telefónica anoche. El compositor cubano más célebre hasta entonces y, cabe decirlo, hasta hoy, el hombre cuya música recorría el mundo desde hacía casi medio siglo y no cesaba de recorrerlo, acababa de morir, y ésos eran el espacio y el lugar que la prensa de su país concedía al suceso.

John Sperry, a quien “Revolución” no daba mayor importancia, la adquiriría al verse obligado a salirle al paso al funcionario cubano de más alto rango en Tenerife, que, en su calidad de diplomático, se apresuró a cumplir órdenes y reclamar el cadáver de Lecuona con el propósito de trasladarlo a Cuba. La gestión, claro está, no respondía a la admiración que las altas esferas gubernamentales de la isla profesaban a Lecuona, ausente de ésta desde 1960, sino a la necesidad de utilizar su cadáver para convalidar la versión de los hechos que, de todas maneras, la prensa nacional difundiría: el compositor había muerto durante una gira por el extranjero y no en el exilio.

Pero Lecuona, cuyo precario estado de salud debió de advertirle que su final estaba próximo, había tomado precauciones para impedir que, a su muerte, su última voluntad pudiera ser torcida o soslayada. John Sperry llegó a España con un documento que le otorgaba plenos poderes sobre los restos mortales de su cliente: un testamento redactado con todas las de la ley en cuya primera página (aquí el número vuelve a ser importante) pueden leerse tres cláusulas. La segunda, y la más extensa, expresa el deseo de Lecuona de que su inhumación se realice acorde con las disposiciones de su albacea y añade (conservo copia fotostática del documento y su autenticidad no está en tela juicio):

También deseo que mi entierro tenga lugar en Nueva York en el caso de que Fidel Castro o cualquier otro gobernante de Cuba sea comunista o represente alguna facción, grupo o clase que sea gobernada, dominada o inspirada por doctrinas extrañas, provenientes del extranjero. Por otra parte, en el caso de que Cuba sea libre al momento de mi muerte, deseo ser enterrado allí de acuerdo con las indicaciones anteriormente mencionadas.

Sobre la tumba de Ernesto Lecuona ha nevado mucho: está a la intemperie, expuesta al capricho de los elementos en el cementerio “The Gates of Heaven”, cerca del poblado de Valhalla, al noroeste de la ciudad de Nueva York. No hay árbol que la proteja ni monumento alegórico que la distinga; no sé si habrá cubanos, muertos o vivos, a su alrededor: sospecho que si los hubiera serían escasos. Entre tantas otras tumbas de proporciones idénticas, nada sugiere hasta qué punto este hombre y su obra ocuparon y ocupan un lugar eminente en la música, en la memoria y, quizás, en la gratitud de su país (la duda no es infundada).

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La tumba de Ernesto Lecuona recuerda, por su insignificancia y su ubicación en tierras tan distantes de la propia, la soledad de aquella fotografía suya en la página número siete del periódico “Revolución”. Sólo que ahora no rondan la ferocidad y la estupidez de los hombres sino la mayor paz imaginable, una paz en la que no es difícil intuir, si se la analiza, una reparación, un bienestar y una actitud de espera.

Los que nos sentimos en deuda con Ernesto Lecuona y no tenemos inconveniente en decirlo, porque tampoco falta el socarrón o el difícil que le desprecie por razones ajenas a las que continúan devastando a la nación cubana, ni falta quien tema ser blanco de su mezquindad (viste menospreciar a Lecuona, desacredita estimarlo), recordamos que el 6 de agosto es, o pudiera ser, el aniversario de su nacimiento. Hay motivos para sospechar que pudo haber nacido un día y hasta un año después: Cuba estaba en guerra, y en tiempos difíciles no es raro que a los hombres les pidan, además de las manos, las piernas, los ojos, la lengua, como atestiguó Heberto Padilla, su tiempo, para juntarlo al tiempo de la Historia.

Hurgando en una caja de papeles viejos he encontrado esta página del periódico “Revolución”, y una vez más, en silencio, me he quedado mirándola.

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