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Embajadores y espías


La delación, el espiar a los vecinos y compañeros de trabajo fue una constante en la sociedad búlgara, como en muchos países del ex bloque socialista. El legado de la acusación anónima continúa presente hoy día en la sociedad búlgara.

La mitad de los embajadores búlgaros fueron agentes e informantes de la seguridad del estado durante el régimen comunista. Hace meses se vive en Bulgaria un cruento enfrentamiento político, legal e histórico por el pasado de cientos de actuales funcionarios que fueron informantes del servicio secreto.

La delación, el espiar a los vecinos y compañeros de trabajo fue una constante en la sociedad búlgara, como en muchos países del ex bloque socialista. El legado de la acusación anónima continúa presente hoy día en la sociedad búlgara.

Una comisión parlamentaria que investiga las actividades de los servicios secretos después de la caída del régimen de Todos Zhikov afirma que el 10 por ciento de los funcionarios del actual gobierno y del mundo empresarial fueron colaboradores o agentes secretos del Comité de la Seguridad del Estado (KDS) en Bulgaria.

El más claro ejemplo es el presidente del país, Georgui Parvanov, quien cuando laboraba en el Instituto de Historia del Partido Comunista Búlgaro era el agente Gotse en sus informes al KDS. Las investigaciones, dicen los propios búlgaros, se ha demorado mucho. En el 2002 un ministro del interior fue hallado culpable de borrar más de 144 mil archivos personales de colaboradores.

En diciembre pasado esa comisión reveló la relación del 45 por ciento del personal diplomático búlgaro con el KDS y con el KGB soviético. Una amplia lista de 192 nombres, de los cuales muchos eran embajadores, encargados de negocios, cónsules y personal técnico en 114 países.

En la lista aparecieron los embajadores búlgaros en el Reino Unido, Alemania, Italia, Portugal, España, Holanda, Turquía, Eslovaquia, Eslovenia, Santa Sede, Grecia, Bosnia, Egipto, Siria, Kuwait, Qatar, Noruega, Japón, China, Rusia, Suecia, Romanía, los representantes en las entidades de Naciones Unidas en Nueva York y Ginebra, así como los enviados a Kosovo, Albania, Armenia, Georgia y Venezuela.

En 13 de las 27 capitales de la Unión Europea los embajadores búlgaros fueron colaboradores del espionaje en la época comunista. El canciller búlgaro fue uno de los primeros que pidió el regreso rápido a Sofía de los implicados, así como la renuncia inmediata de los ex informantes.

Igual posición asumió el primer ministro Boiko Borisov y el parlamento aprobó por una amplia mayoría una resolución que recomendaba al mandatario la inmediata salida de los diplomáticos. De nada valieron esos consejos del ejecutivo y el legislativo. Solamente el presidente designa y retira a los embajadores.

Parvanov, quien proviene del partido socialista, se negó a firmar para sustituir a los implicados. Afirma que esos diplomáticos llevan trabajando 20 años por la democracia del país y gracias a muchos de ellos el país está hoy en la Unión Europea y en la OTAN. Como decisión salomónica, se adoptó el regreso a casa, pero se mantienen en el servicio exterior y le pagan sus sueldos, acorde al nombramiento hasta el fin de la misión.

Las leyes búlgaras no castigan el haber servido en el espionaje o por colaborar con los servicios secretos del régimen comunista. La comisión legislativa que investiga los archivos sigue laborando y la lista se expande cada vez que se abren los archivos, cuyo estudio comenzó en 1977.

Aparecen como informantes durante el régimen comunista el ministro de emigración (quien dimitió), unos 149 militares del ministerio de defensa, incluido los attaches militares en Ucrania y Estados Unidos, que enseguida fueron llamados a casa.

El jefe de la Aduana y 63 de sus altos funcionarios, 16 ejecutivos de la Agencia Nacional de Seguridad Social, cuatro de los directivos de la empresa forestal nacional. Ya no estan el cargo un ex premier, un eurodiputado, dos vicepresidentes del parlamento actual y numerosos candidatos a las venideras elecciones generales.

Los servicios secretos búlgaros se caracterizaron por hacer el trabajo sucio que el KGB no deseaba tener bajo su manto – asesinatos o ejecuciones. El atentado a Juan Pablo II en Roma en mayo de 1981 tiene una senda que conduce a Sofía. Los búlgaros hacían entonces la faena. Y también se esmeraban por iniciativa propia, como el pinchazo letal con una sombrilla al periodista de la BBC y colaborador de Radio Europa Libre, Georgi Markov, en un puente de Londres. Una unidad especializada laboraba contra los exiliados búlgaros en muchos países de Europa del Este, y precisamente contaban con el apoyo del personal diplomático. Una ley de lustración se viene discutiendo para el servicio civil nacional.

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