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Divergencias incomprensibles en contienda presidencial


Barack Obama, quien aspira a la reelección por el Partido Demócrata, habla durante un mítin en la Universidad de Kent State.

Para llegar a la Casa Blanca, hay que obtener un mínimo de 270 votos electorales y las últimas proyecciones ya la garantizan a Obama 265, lo que le convierte virtualmente en ganador.

Washington - No faltan ya ni seis semanas para las elecciones presidenciales de Estados Unidos y las cifras divulgadas por diferentes organismos demoscópicos resultan sorprendentes, tanto por lo que se refiere a las perspectivas de los candidatos, como al estado de ánimo de la población.

En cuanto a los resultados electorales, las encuestas dan resultados dispares pues en algunas el presidente Obama supera en más de ocho puntos a su rival republicano Mitt Romney, mientras que en otras la diferencia es de tan solo dos, lo que entra dentro de los márgenes estadísticos de error y podría dar la victoria a cualquiera de los dos.

Donde Obama lleva una ventaja clarísima y casi insuperable es en la proyección de “votos electorales”, que es la realmente importante pues es el sistema que determina los resultados. Se trata del reparto de votos según los diferentes estados, pues en Estados Unidos el ganador no es el que ha recogido más votos del total, algo conocido como el “voto popular”, sino el que gana en el recuento por estados, conocido como “voto electoral”.

Para llegar a la Casa Blanca, hay que obtener un mínimo de 270 votos electorales y las últimas proyecciones ya la garantizan a Obama 265, lo que le convierte virtualmente en ganador. Aunque según la empresa demoscópica Gallup el 20% de la población podría cambiar su intención de voto antes del 6 de noviembre, otros estudios indican que menos del 6% de los votantes está aún indeciso.

Aunque haya grandes diferencias entre los sondeos de voto popular o de voto electoral, parece improbable que Romney consiga llevarse casi todos los votos que en estos momentos están indecisos, pero al mismo tiempo, los expertos siguen asegurando que esta será una “elección muy reñida”, aunque no explican cómo puede serlo con semejantes proyecciones.

En las filas republicanas, tal vez para evitar el desánimo que estas cifras ha de provocar, ha surgido la explicación de que las encuestas están sesgadas, tanto por las simpatías demócratas de quienes las divulgan, como por un simple error estadístico.

Explican que los modelos para proyectar los resultados se basan en las últimas elecciones, que no deberían de ser válidos pues hace cuatro años había un entusiasmo por Obama entre los jóvenes y los independientes que hoy ha desaparecido. Además, critican a los medios informativos por divulgar datos inexactos, en su deseo de favorecer a los demócratas con los cuales simpatiza la mayoría de los periodistas.

En las filas demócratas, en cambio, preocupa la complacencia que algunos líderes del partido ven entre sus seguidores, pues temen que no vayan a votar porque consideran segura su victoria y, con ello, inclinen la balanza en favor de Romney.

Otra divergencia está en las encuestas económicas: los norteamericanos se declaran optimistas, tanto por lo que se refiere a la confianza del consumidor, como a las expectativas de empleo, como en la opinión general de la economía.

Difícil de explicar cuando el 16% de la fuerza laboral no puede trabajar a pleno empleo y un 8% está desempleada, cuando la economía tan solo crece en un 1.7%, -la mitad del promedio desde 1947- y cuando el Banco Central ha tenido que anunciar un programa indefinido de estímulo para evitar una nueva recesión.

Más grave aún es el riesgo del “precipicio fiscal” que auguran muchos legisladores a principios del próximo año, cuando el país podría ver cómo se combina un programa de austeridad con una subida generalizada de impuestos.

Es algo que el Congreso podría provocar si no actúa aplicando leyes para impedirlo, pero ante la magnitud de la deuda pública norteamericana, que ha alcanzado ya los 17 billones de dólares, algunos piensan que es una medicina tan necesaria como inevitable.

Sería un cambio radical después de seis años de crisis contenida con medidas de estímulo y no solo causaría estragos en la vida de los norteamericanos, sino que se reflejaría en el resto del mundo.

Es difícil explicar el optimismo generalizado, a no ser por la complacencia que temen los líderes demócratas y que no se limite a las elecciones presidenciales sino que se extienda a la situación del país. Tal vez no vayan descaminados, pues las encuestas revelan que son precisamente los demócratas quienes más optimistas se sienten en cuanto al futuro económico.

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