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El Vaticano y La Habana


Un grupo de cardenales y obispos católicos en la Catedral de La Habana.

La Iglesia Católica se ha consolidado como la principal institución no gubernamental en Cuba, con sus propias fuentes de financiamiento y redes de apoyo internacional.

El secretario de Estado John Kerry se reunió recientemente con su homólogo del Vaticano, el arzobispo Pietro Parolin, y solicitó su ayuda para liberar al contratista estadounidense Alan Gross de las cárceles cubanas. Gross fue sentenciado por crímenes contra el gobierno cubano en el 2008.

Kerry también cuestionó la libertad de culto y el respeto por los derechos humanos en Cuba durante su conversación con el arzobispo Parolin.

Si el Vaticano decide interceder en el caso Gross, aprovechará varios años de acercamiento entre la Iglesia Católica y el gobierno cubano. Después del colapso de la Unión Soviética en 1991, el régimen de Fidel Castro adoptó una postura más tolerante hacia la religión. Por su parte, la Iglesia Católica ha insistido en la reconciliación entre todos los cubanos.

Las relaciones entre iglesia y Estado atravesaron por un período turbulento después del triunfo de la Revolución Cubana en 1959. Como subraya el historiador Javier Figueroa, en esa época la Iglesia Católica experimentó una fuerte confrontación ideológica con el gobierno revolucionario, cada vez más inclinado hacia el marxismo y el ateísmo. La Iglesia resistió el embate de las expropiaciones estatales, el cierre de instituciones educativas privadas, la expulsión del personal religioso y la hostilidad hacia cualquier profesión de fe, especialmente la cristiana.

Fueron tiempos difíciles para la Iglesia, que logró sobrevivir adaptándose a nuevas circunstancias políticas y sociales. Para mediados de la década de 1980, el Encuentro Nacional Eclesial Cubano elaboró un discurso nacionalista, afirmando el arraigo histórico y popular del catolicismo en la isla, así como su papel misionero autónomo del gobierno.

La crisis económica iniciada en Cuba en 1989, conocida como Período Especial en Tiempos de Paz, propició entre otras cosas una reevaluación de las prácticas religiosas. En 1990, el Estado cubano permitió que la organización católica de asistencia humanitaria, Caritas, operara en la isla. Posteriormente, en 1991, el Partido Comunista de Cuba comenzó a admitir a creyentes religiosos.

La Constitución cubana se revisó al año siguiente, proclamando un Estado laico, no ateo. En 1997, el gobierno cubano autorizó la celebración de las Navidades por primera vez en 30 años. También se reanudaron las procesiones religiosas en la isla, especialmente para conmemorar el día de la patrona nacional, la Virgen de la Caridad del Cobre.

La visita del papa Juan Pablo II en el año 1998 revitalizó la Iglesia Católica en Cuba. Al llegar a La Habana, el papa declaró: “Que Cuba… se abra al mundo y que el mundo se abra a Cuba”. Posteriormente, el papa condenó el embargo estadounidense a Cuba. La participación de la Iglesia en la vida pública cubana se fortaleció gradualmente, especialmente desde que Fidel Castro le traspasó el poder a su hermano Raúl en el 2006.

En épocas recientes, el gobierno cubano le ha devuelto a la Iglesia varios edificios confiscados en los años sesenta, particularmente templos, conventos, seminarios y escuelas, para su reparación. La Iglesia ha multiplicado sus actividades en Cuba, ofreciendo orientación pastoral, servicios sociales, eventos culturales y recreativos y adiestramiento en la administración de pequeñas empresas. El número de sacerdotes y monjas pasó de poco más de 700 en 1996 a unos 800 en 2012. También aumentó el intercambio de personal, recursos e información entre parroquias en Cuba y Estados Unidos.

La Iglesia Católica se ha consolidado como la principal institución no gubernamental en Cuba, con sus propias fuentes de financiamiento y redes de apoyo internacional. El régimen de Raúl Castro ha reconocido a la Iglesia como interlocutor legítimo en temas sensibles como el tratamiento de los disidentes y presos políticos.

Aún queda por verse si el acercamiento entre iglesia y Estado desembocará en un diálogo más abierto y pluralista con la ciudadanía y la diáspora sobre el futuro de la isla.

Esta columna la publicamos por cortesía de su autor Jorge Duany.
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