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El último recurso de los débiles


Si hoy en día Sara Marta y su esposo están en la calle, no es por una conversión milagrosa de los esbirros que los arrestaron, sino por la determinación de los activistas que se plantaron frente a la estación de policía en reclamo de su libertad.

Sara Marta Fonseca y su esposo Julio Ignacio León Pérez han sido finalmente liberados, tras 13 días de encierro que incluyeron golpizas, torturas y negación de asistencia médica. Es importante resaltar las condiciones en que se desarrolló el cautiverio de esta pareja de activistas, puesto que pone en evidencia la naturaleza criminal del régimen que los reprimió por el solo hecho de expresar su descontento con la dictadura.

Su apresamiento, así como su posterior excarcelación, no son más que muestras de la debilidad de un régimen cada vez más vulnerable ante la presión popular. Esta nueva excarcelación no es un hecho casual ni aislado, sino que obedece a un mecanismo defensivo, definido por el académico Gene Sharp como acomodo, que se manifiesta en una variación de los patrones represivos de la dictadura ante un incremento del descontento de la población.

Si hoy en día Sara Marta y su esposo están en la calle, no es por una conversión milagrosa de los esbirros que los arrestaron, sino por la determinación de los activistas que se plantaron frente a la estación de policía en reclamo de su libertad, así como los que alzaron su voz con el mismo objetivo en otras partes de la Isla y el mundo.

Su excarcelación está también relacionada con la propia protesta de Sara Marta en las escalinatas del Capitolio, el cacerolazo de Yvonne Malleza y Rosario Morales en el mercado de Cuatro Caminos, y las marchas de las Damas de Blanco y otros activistas en La Habana y Oriente. En todos estos casos se produjeron reacciones solidarias por parte de la población, lo que implica un cambio en los patrones de conducta social, que va de la aceptación a la desobediencia.

El régimen está altamente preocupado con estas circunstancias, tal y como lo demuestran el reciente arresto del grafitero Daniel Maldonado, conocido como El Sexto, que se suma a la de los raperos Julito y El Primario, que fueron detenidos y brutalmente golpeados junto a Sara Marta Fonseca. En un plano más amplio, se sitúan también la apropiación por el oficialismo del Festival La Rotilla, y hasta la prohibición contra Pablo Milanés.

La sombra de la primavera árabe pesa tan fuerte sobre el castrismo, que se busca por todos los medios cortar las conexiones entre el pueblo y los vehículos de expresión como blogueros, raperos y grafiteros, debido al rol primordial de estos factores en crear una identidad cultural de oposición, especialmente entre la juventud.

Otra faceta de este diseño represivo es la campaña de descrédito desplegada por los medios y personeros oficialistas, que va desde sitios web como Cubadebate hasta Ricardo Alarcón y el canciller Parrilla. Se intenta presentar a los manifestantes en Cuba como provocadores al servicio del extranjero, atizando la violencia para justificar la intervención de una potencia extranjera, de la misma manera que lo han hecho Pinochet; Botha; Ceausescu; Jaruszelski; Ben Alí; Mubarak; Ghadaffi; El Assad, y tantos otros dictadores a través de la Historia.

Con semejante compañía, hay que pensarlo dos veces antes de criticar el derecho a manifestarse cívicamente, consagrado en la Declaración Universal de Derechos Humanos, alegando que incita a la violencia. Es un argumento tan manido, que simplemente no resiste el más mínimo embate de la razón o el derecho. Ni los regímenes dictatoriales se tornan violentos cuando se les provoca, ni el uso de la violencia es prueba de su fortaleza.

Uno de los errores más comunes al interpretar la realidad cubana es hacerlo única y exclusivamente a partir de la óptica de la cúpula gobernante, sus acciones o reacciones. En vez de ello, sería más práctico hacerlo a partir de la sociedad civil independiente, su desarrollo y sus expresiones. Tanto la excarcelación de Sara Marta como el patrón de acomodo represivo de la dictadura, expresado en las detenciones de “baja intensidad”, evidencian un retroceso de un sistema en fase terminal ante el avance de la oposición. Como bien sentenció el gran intelectual argentino Jorge Luis Borges: “La violencia es el último recurso de los débiles”.

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