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Antes de internarnos en la descripción del género totalitario policiaco demos explicación del continuo uso de términos tan desagradables como totalitario y totalitarismo. Entiendo totalitarismo en la económica definición de Umberto Eco que lo describe como «un régimen que subordina todos los actos individuales al estado y su ideología». O que, añado, si no logra tal subordinación, al menos la pretende.

Es justo en esa incapacidad de desentenderse de asuntos tan triviales como escuchar música o cortarse el pelo que estriba su vocación totalitaria. Más allá de la satanización que han sufrido estos términos (con los millones de muertos de Stalin y Mao en nombre de la revolución mundial y los de Hitler en nombre de la superioridad de la raza aria) nos interesa el totalitarismo en su aspecto utópico y positivo, precisamente por la aspiración a la totalidad y a la perfección que el término sugiere. (Del negativo se encargan multitud de volúmenes, como si pudiera atribuírsele la invención del mal. Y sabemos que no es así: el totalitarismo no ha creado el mal, apenas lo ha organizado como nunca antes).

Hablo del siempre estremecedor intento de crear mundos en los que, al decir del poeta Emilio García Montiel, «Todo era hermoso: desde el primer ministro hasta la muerte de mi padre. Y perfecto, como debían ser los hombres y la Patria». Debe recordarse que el objetivo primordial de estos regímenes no era la opresión o el exterminio de personas o grupos, sino la emancipación y el bienestar, ya fuera de una raza o de toda la humanidad. La opresión o el exterminio serían apenas un subproducto doloroso, pero inevitable, del avance hacia dicho objetivo. Y el primer obstáculo con el que debe lidiar un régimen que aspire a una perfección tan completa son las imperfecciones y la corrupción humanas.

O como dijera el fallecido paladín Fidel Castro: «el primer derecho de la Revolución es el derecho a existir. Y frente al derecho de la Revolución de ser y de existir, nadie —por cuanto la Revolución comprende los intereses del pueblo, por cuanto la Revolución significa los intereses de la nación entera—, nadie puede alegar con razón un derecho contra ella».

Una mujer observa una foto de Fidel Castro, en La Habana, Cuba.
Una mujer observa una foto de Fidel Castro, en La Habana, Cuba.

Es obvia la ventaja del ideario comunista frente al provincianismo nazi. Siendo los comunistas la vanguardia de la humanidad en su marcha hacia la Tierra Prometida de la sociedad sin clases, resistirse a su avance era sencillamente inhumano: una inhumanidad creada y estimulada por las sociedades basadas en la explotación del hombre por el hombre. Así que una vez instaurado el Estado socialista cualquier tipo de oposición o resistencia era inconcebible. Inconcebible por ser contraria a la propia naturaleza humana, una naturaleza que el socialismo había conseguido restablecer.

No pretendo decir que alguna sociedad totalitaria funcionó realmente así. Solo intento resaltar la naturaleza paternalista de cualquier régimen totalitario, su dedicación profunda al bienestar de la humanidad. Aunque esta no lo quiera. De ahí que, una vez eliminada la clase opresora, corrupta sin remedio, la policía secreta insista en la bondad intrínseca de los sospechosos, achacando sus desvaríos a simple y pura confusión. Esa concepción totalizante explica que la policía secreta racionalice sus acciones como un intento de redimir a sus investigados, devolverlos a su natural pureza. Aunque hubiese que castigarlos. (En la novela de Orwell 1984, un clásico del género totalitario policiaco, el interrogador le advierte al interrogado: «Eres un caso difícil. Pero no pierdas la esperanza. Todos se curan antes o después. Al final, te mataremos»). El problema de los culpables no es la ley, puesto que la ley no legisla qué música debe oírse, qué chistes deben contarse o con quién puedes reunirte. Su culpa radicará en ellos mismos: en sus distracciones o desvíos, en su falta de atención hacia sí mismos y hacia su entorno.

Uno de los agentes que participan en el arresto de K. trata de «aconsejarle que piense un poco menos en nosotros y que se vigile a sí mismo un poco más». Al fin y al cabo, si a lo que aspira una ideología es a la perfección social e individual, no hay mejor vigilante que uno mismo. Pero por muy buena opinión que un Estado tenga de sí mismo y de la población a la que asiste y encamina, a veces la voluntad de sus ciudadanos no es suficiente: los elementos descarriados necesitan atención y estímulo. Ahí es donde entra en escena la figura legendaria del compañero que nos atendía. Que probablemente nos siga atendiendo.

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