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"Llaman a sus pueblos a defender la patria y la soberanía hasta la muerte, pero siempre al final se esconden en madrigueras bajo tierra y sus primeras palabras al ser capturados es un: no disparen"

Le decía ayer al colega Joan Antoni Guerrero que no he querido ver el video de la muerte de Muammar Gaddafi en Sirte, porque me parece siempre repugnante la muerte de uno a manos de muchos; una repugnancia que suele mover a lástima por el sacrificado; aun si en los casos de gobernantes criminales como Gaddafi, como Ceausescu, como Mussolini, el sacrificio es una especie de confluencia y desahogo justiciero de todos los odios que sus abusos han inspirado y destilado por años en sus víctimas.

Pero un aspecto interesante de estos magnicidios humillantes es cómo llevan hasta el tope el botón del contraste al compararse con la condición de semidioses inmortales que estos mismos dictadores se atribuyen y hasta llegan a creerse.

Vean a Hugo Chávez, proyectando en sus loas al amiguete tirano muerto --y bien muerto, dirán hoy muchos libios-- los calificativos que quisiera para sí mismo si le llegara su hora: “Lo recordaremos toda la vida como un gran luchador, un revolucionario y ahora, bueno, un mártir”. Previamente, Chávez había profetizado que Gaddafi “moriría combatiendo”. Al final el caudillo libio sólo combatió con los pies, y al ser descubierto, corrió a encuevarse como rata en cañería. Él, que llamó “ratas” a sus adversarios. Y de Chávez se cuenta que lloraba como una Magdalena y pedía que lo mandaran al extranjero durante las horas que pasó cautivo después del intento de golpe del 2002.

Sobre este tema Eugenio Yáñez dice en “Los tiranos, sus miedos y su apego por las madrigueras”, publicado por Cubaencuentro, que cuando los de esta especie se desgañitan gritando, es para que no se note que tienen miedo; acusan a los adversarios con cuanto epíteto despectivo exista, juran aplastarlos, y llaman a sus pueblos a defender la patria y la soberanía hasta la muerte, pero siempre al final se esconden en madrigueras bajo tierra y sus primeras palabras al ser capturados, [como se apresuró a decir el Che Guevara a los rangers bolivianos que lo aprehendieron en la Quebrada del Yuro], es un [tembloroso]: “No disparen”.

No es que sean genéticamente cobardes, aunque muchas veces lo son, sino que tras endiosarse son incapaces de comprender que “el pueblo” no los ama como creían. El analista de Cubaencuentro recuerda que Elena Ceacescu le decía al pelotón de fusilamiento que se preparaba para llenarles el cuerpo de plomo: “¿Cómo nos van a hacer esto a nosotros, que somos como sus padres?”.

Le dejo ahora con “Los tiranos, sus miedos y su apego por las madrigueras”, de Eugenio Yáñez.

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    Rolando Cartaya

    Rolando Cartaya (La Habana, 1952) Graduado de Periodismo, Universidad de La Habana 1976. Ha trabajado en la página cultural de Juventud Rebelde, la agencia UPI, el servicio Worldnet y como editor de las revistas “Newsweek”, “Discover” y “Motor Trend” en español. Ha traducido más de 20 libros para la editorial cristiana Thomas Nelson, Inc. Con Radio Martí desde 1989, ha sido editor, redactor, reportero, y director y guionista del programa “Sin Censores ni Censura”. Actualmente trabaja en martinoticias.com. Fue vicepresidente en la isla del Comité Cubano Pro Derechos Humanos.

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