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El frío abrazo del miedo


Deportistas aseguran que el miedo es necesario y crucial para enfrentar el reto de un partido.

El miedo es un acompañante inseparable del hombre desde que por primera vez abre los ojos en este mundo, por eso no es raro que ese sentimiento abunde dentro del deporte, una de las actividades humanas donde afloran todas las emociones, sin orden, ni ritmo.

Un espectáculo deportivo abre la caja de Pandora de las pasiones y libera odio, amor, alegría, llanto, enojo, desprecio, superioridad, amistad, en fin, todo un torbellino de emociones.

No existe la menor duda que los deportistas se encuentran en el vórtice de ese ciclón emocional y soportar esa extrema tensión provoca periodos de temor que según sea la calidad y estabilidad sicológica del atleta, pueden influir de manera negativa en un resultado.

Un escritor romano del siglo I de nuestra era, Quinto Curcio, apostilló una frase que refleja el valor del miedo dentro de las conciencias humanas: “El miedo hace a los hombres creer lo peor”.

Y lo peor para un deportista es sobrestimar la calidad de su contrario y darle etiqueta de invencible o bien recibir una crítica despiadada del entrenador que minimiza sus capacidades, entre otros factores estresantes.

Si a eso sumamos momentos dramáticos como el ejecutar un penalti decisivo, entrar a lanzar un partido de béisbol con las bases llenas sin out que acaba el campeonato, boxear por un título mundial, la tensión escala a niveles del Everest.

Oscar de la Hoya, el “Golden Boy” del boxeo, confesó después de la pelea que sostuvo frente al boricua Wilfredo Rivera, que sintió temor al ver los resultados de los combates anteriores, cuando perdieron los favoritos Raúl Márquez y Terry Morris en una memorable cartelera en Atlantic City en 1997.

“Por un instante pensé: si no era la noche de las sorpresas, me inquieté”, admitió después que ganó y retuvo el título de los semimedianos del Consejo Mundial de Boxeo.

Otro boxeador famoso, pero en el mundo de aficionados, el cubano Teófilo Stevenson, afirmó en un documental, “a los golpes hay que tenerle miedo. Yo le tengo miedo, pero solo entrenar, entrenar y entrenar te preparan para enfrentar el reto del boxeo”.

Esos reparadores de mentes que son los sicólogos tienen varios métodos para combatir el miedo. Uno de ellos es la terapia de “implosión que recomienda a los individuos no defenderse del miedo, sino que lo experimente con la mayor intensidad posible”.

Sin embargo, aunque se fabriquen situaciones de amenaza, ninguna será como el momento decisivo del partido cuando el deportista se enfrenta al público y a su propio miedo de fallar. Es lógico el temor por errar, porque esas equivocaciones pueden tronchar una carrera, y un buen ejemplo fue el lanzador de los Dodgers, Ralph Branca, quien en la disputa para asistir a la Serie Mundial de 1951 y con ventaja de 4-2, se equivocó en su lanzamiento y soportó un enorme cuadrangular de Bobby Thompson de los Gigantes.

Ese batazo, con dos hombres en base, dio paso a los Gigantes a disputar el gallardete frente a los Yanquis y lanzó hacia el limbo del fracaso a Branca, quien nunca más tuvo numeritos ganadores, se retiró en 1956.

De todas las recetas para soportar el miedo, una muy original y que pudiera ser una solución salomónica ante ese sentimiento, la declaró el matador español Antonio Fuentes, conocido bajo el apelativo del “torero de la elegancia”.

Un periodista le preguntó si sentía miedo ante los toros, Fuentes respondió que sí y agregó: “sin miedo no es posible torear, porque el que no tiene miedo acaba prendido en la astas. El que lo tiene se cuida, no se arriesga por gusto, es lo que lo hace pensar qué puede hacer y cómo hacerlo Por lo demás hay que saber disimular el miedo”.

Ahí está el detalle, diría el filósofo Cantinflas, disimular el miedo y alejarse de él, es la única salida para eludir el estigma de convertirse en un marcado por fallar en un momento crucial debido al escalofriante abrazo del miedo.

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