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El encanto de pronosticar


Pronosticar es tan arrebatador como el sexo...

Vaticinar si llueve o hay sol, cuál caballo ganará, qué equipo puede obtener el campeonato, que tiempo durará el noviazgo de Niurka con Juan y si llegan a casarse o no, cuál número será el afortunado en la lotería y otras muchas predicciones, es una de las grandes pasiones del ser humano: el pronóstico.

Desde los albores de la humanidad al hombre siempre le preocupó sus acciones futuras y de una manera u otra pretendió conocerlas. En esos primeros tiempos los pronosticadores se llamaron brujos o sacerdotes, quienes decían, luego de consultar sus aparatos religiosos y primitivos, si la temporada de lluvia sería buena o mala.

Una mayoría de veces se equivocaban y en vez del chaparrón refrescante el sol disparaba una sequía terrible. Al pasar el tiempo y entrar la modernidad las personas que pronostican el tiempo ya no se llaman brujos, sino meteorólogos, quienes también se valen de aparatos, claro mucho más científicos, para conocer el tiempo y a diferencia de sus antepasados en la edad de piedra cuando anuncian sol… cae lluvia.

Desde el instante que el pronosticador adquiere un rango religioso o semi-místico, se le conoce como profeta y entre los más famosos por sus certezas, que ocupan ya un lugar en la historia se encuentra Juan el Bautista, quien anunció la llegada del Mesías y el francés Michel de Nostradamus, quien predijo en el lejano año de 1503 la llegada del sida y la muerte de rey francés Enrique II en un torneo de caballería.

Dejemos a un lado los profetas y entremos de lleno al deporte con las características de sus pronosticadores. Quienes más revuelven la “magia negra” del pronóstico somos nosotros los periodistas. No hay un solo periodista que pueda resistirse a esa atrayente tentación de afirmar: fulano le ganará a zutano o el equipo X le ganará a su similar Z.

Si fallamos en el augurio, por lo general tenemos un amplio repertorio para justificar nuestro yerro, que van desde la manida “sorpresiva derrota” hasta la decadente “mala estrategia”.

Pero que sería de nosotros si no pudiéramos vaticinar. Sería algo así como quitarle al novio su prometida el primer día de luna de miel. En honor a la verdad, los periodistas para sus especulaciones se valen de sus conocimientos en el deporte, el cual sustentado por las estadísticas, es como la escoba y el caldero para las brujas, en su atisbo al futuro.

Si a los periodistas nos pueden acusar por ser tremendistas en nuestros pronósticos, muchos entrenadores y dirigentes deportivos son todo lo contrario. Sus vaticinios cada vez que tiene una oportunidad siempre van por debajo de sus posibilidades reales.

Así cuando ganan- hecho que no tenían dudas de ningún tipo- dicen emocionados a los medios de prensa. “fue una meritoria victoria, porque nuestra aspiración era un cuarto lugar y mira para eso, ganamos el oro”. Comparados con esos individuos cualquier actor de carácter se queda muy por debajo.

Hay pronósticos que son casi una realidad absoluta y cuando no se cumplen es cierto que representa una tremenda sorpresa. Ningún oráculo pudo pronosticar que el equipo argentino de béisbol, sin ninguna tradición en este deporte fuera capaz de derrotar dos veces a Puerto Rico y una a Estados Unidos en los Juegos Panamericanos Mar del Plata-95.

Pronosticar es tan arrebatador como el sexo y nadie puede escapar a ese dulce encanto. Aunque lo nieguen, digan enfadados, no, jamás, y a escondidas se pongan excitadísimos cuando acierten en el sexo del sobrino recién nacido:

-Lo ven, yo lo dije, la forma del vientre de Lupita era de varón, lo sabía. Yo nunca me equivoco.

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