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El autor revela los trastornos que le ocasiona una vocación que no logra controlar

Nada gustó más al niño que fui que dibujar: reproducir las imágenes que la realidad le ofrecía o dejar que el lápiz corriera sobre las hojas de papel en blanco, en busca de otras imágenes que él daba por suyas (como Dios, las imágenes tradicionales). Nada más caro a su época que la persecución de la originalidad.

El adolescente abandonó esa afición pero el hombre maduro la retomó con la misma libertad que una vez dejó jugar al lápiz, y se hizo de un cómplice: su todoterreno, donde encontró al amigo que ya daba por inexistente, alguien capaz de guardar silencio y de escucharle con absoluta atención.

Dentro de mi todoterreno, el mundo no defrauda: la temperatura es idónea, puede escucharse buena música y hay gente que me acompaña si enciendo la radio, pero a quien puedo mandar a callar tan pronto comienza a decir sandeces o dar malas noticias. Si el nombre del modelo de mi todoterreno anterior me entusiasmaba, Escape, acierto de la Ford Motor Company, el de éste, dada mi afición al mar, no puede serme más afín ni halagador: Mercury Mariner, es decir, Marinero de Mercurio, mensajero de los dioses. Abordarlo es gozar del aroma a salitre y el rumor de las olas reescribiendo la playa.

No hay día que no evite la ruta más directa a mi centro de trabajo y vaya y venga por calles diferentes a las más socorridas, doblando a un lado y al otro, sabiendo que mi obra está en zigzaguear. Cualquier ruta menos aquélla que toman los otros y puede ser infiel a mi necesidad de convertir la ciudad en una gran hoja de papel por la que dibujando cumpla con mi destino. Dibujar es ir tras uno.

Mi todoterreno sabe que no admito rumbos que podamos haber transitado: es mi lápiz, y yo el grafito que asoma la cabeza por él. No hay mañana que nuestra felicidad no resulte contagiosa: su carrocería relumbra con los primeros rayos de sol, sacudiéndose el rocío como un pájaro el agua de la fuente donde se baña, mientras yo, recién afeitado y sin un solo cabello al desgaire, tarareo una cancioncita de moda y sonrío seguro de que mi excentricidad, si lo fuera, es consubstancial al arte.

Nunca sabemos qué rumbo tomar. Se decide cuando estamos en marcha y exploramos callejuelas que no habíamos visitado antes, y damos vueltas alrededor de alguna glorieta, y hasta retrocedemos, divertidos, no sólo para trazar grandes círculos sino espirales que a veces nos obligan a invadir áreas verdes, montar aceras en los barrios residenciales e irrumpir en los patios delanteros de algunos vecinos que, ignorantes de nuestras aptitudes, salen de sus hogares profiriendo insultos y emborronando el aire con un arsenal de ademanes groseros.

A veces, en una intersección de vías, no sabemos qué hacer y nos vemos obligados a detenernos y meditar sobre nuestra labor: un trazo impropio puede estropearla irreparablemente. No es raro que el todoterreno sugiera enfilar al oeste, imitar al sol –le atribuye más luces que las que éste tiene--, mientras yo apuesto por el sur, dirección de mi tierra natal, único norte posible, y es tal la validez de las razones argüidas que forcejeamos, mientras los conductores de los vehículos que nos siguen se impacientan y comienzan a apremiarnos, a sabotear nuestros pensamientos con el ruido de sus cláxones y sus gritos, y hasta a tomarnos, furiosos, la delantera, sacando por la ventanilla un puño, y del puño, procaces, el dedo cordial o del corazón. Nunca he podido explicarme por qué un apéndice de la mano de nombre tan prometedor resulta el más grosero de todos.

Las rutas que el temor a repetirnos nos fuerza a tomar son cada vez más audaces, al extremo de que he tenido que comenzar a salir de casa con varias horas de anticipación, aunque mi centro de trabajo se halla a escasos minutos de ella. A veces me alejo tanto que paso por impuntual y recibo una reprimenda del jefe, que no atina a explicarse cómo, viviendo a tan corta distancia, llego tarde con tanta frecuencia.

Otras veces la culpa la tiene mi necesidad de volver a casa cuando estoy a punto de llegar al trabajo; no por holgazanería sino porque el trazo que ese regreso añade al dibujo en desarrollo se me revela durante el trayecto de ida y temo olvidarlo durante las horas laborales. La tentación de hacer el recorrido a la inversa tan pronto como éste se me insinúa es más fuerte que todo asomo de responsabilidad.

En más de una ocasión no basta regresar al punto de partida y lo rebaso, es decir, continúo conduciendo en dirección opuesta a la que originalmente me dirigía y más allá, tan lejos, que a media mañana me siento obligado a llamar por teléfono a la oficina y excusarme aduciendo a una avería en el vehículo o un inesperado trastorno de salud. La línea es un punto que se va de paseo (Paul Klee).

Día llegará en que apenas regrese del trabajo me vea forzado a volver a salir hacia él para no llegar tarde al día siguiente. Sé que las rutas por explorar son cada vez más tortuosas y acabarán llevándome más allá de los límites de la ciudad e incluso del país donde resido; que un día extraviaré, para siempre, el camino de regreso. No importa. Para entonces, lo esencial de mi obra estará terminado.
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    Orlando González Esteva

    Nació en Palma Soriano, Cuba. Reside en Estados Unidos desde 1965. Sus poemas, que al decir del escritor Octavio Paz hacen “estallar en pleno vuelo a todas las metáforas”, aparecen publicados en Mañas de la poesía, El pájaro tras la flecha, Escrito para borrar, Fosa común, La noche y los suyos y Casa de todos. Es también autor de los siguientes ensayos de imaginación: Elogio del garabato, Cuerpos en bandeja, Mi vida con los delfines, Amigo enigma, Los ojos de Adán y Animal que escribe. El arca de José Martí. González Esteva ha ofrecido lecturas de versos, charlas y talleres en Estados Unidos, España, Japón, Francia, México y Brasil, y ha desarrollado una intensa labor cultural en los medios literarios, artísticos y radiofónicos de Miami.

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