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El camino a Damasco: un callejón sin salida para los rusos


Hoy día, en las protestas de El Cairo, Rabat, Beirut o Trípoli, se queman banderas rusas y los retratos de Putin son la encarnación del villano.

Tras la caída del régimen de Gadafi los rusos quedaron en una situación delicada; pues estuvieron apoyando hasta el final al dictador libio. Ahora la embajada rusa es tomada y la bandera quemada cuando en Trípoli quieren mantener el espíritu de la Primavera Árabe.

Expertos alemanes aseguran que Moscú se ha aislado de Occidente al imponer el veto en el Consejo de Seguridad de la ONU y así evitar, junto con los chinos, que se sancionara al gobierno de Bashar Al Assad. En la prensa occidental consideran el tema sirio como la ultima batalla de la Guerra Fría, donde todavía se palpa la línea entre Occidente y Moscú y Pekín.

En el Kremlin no desean el ejemplo de protestas que derroquen gobiernos y enviaron al canciller Serguei Lavrov y al jefe del espionaje ruso Mijail Fradkov con un mensaje claro – apoyamos y podemos ser intermediarios. Las medidas que proponen la Liga Árabe, en un consenso poco común entre ellos, no son satisfactorias para Assad y por ende para Rusia.

El interés comercial ha primado en la posición rusa. Siria es uno de sus principales socios comerciales en materia de armamentos y una base rusa en Tartus le da puerto seguro en aguas cálidas del Mediterráneo. Con el respaldo ruso y chino los gobernantes sirios tienen arsenal suficiente para seguir disparando. Hace 30 años, el padre del actual gobernante, asesinó en la ciudad de Hamas a 20 mil personas, era entonces aliado de Moscú y hoy lo sigue siendo.

La prensa rusa, la mayoría muy cortes con el gobierno, alabo la gestión del canciller y casi que lo nombran al Nobel de la Paz, pues afirman que ha prevenido una guerra civil en Siria, que podría terminar en un conflicto regional. Según los rusos el “escenario libio” no es aplicable en Siria, ni con los bombardeos ni con el cambio de régimen. Rusia habla el mismo lenguaje que Siria – tiempo para unas reformas (se olvidan que acaban de derogar una ley opresiva que duro casi 50 años en vigencia), cambios en la constitución y referéndum para cuestiones sociales.

En los últimos años, con la excepción de Afganistán, en todos los demás conflictos regionales Rusia ha estado de parte del que somete a la población local, del que desde el poder reprime a los civiles. Así fue en Yugoslavia con Milosevich, en Irak con Hussein y ahora en Siria con Assad. Ni una palabra de los niños torturados y violados por las tropas de seguridad y el ejercito sirio, como ha denunciado Human Right Watch y la siempre ecuánime UNICEF. Hace ya días que la artillería gubernamental viene bombardeando la ciudad de Homs, las victimas mortales sobrepasan los cientos.

En el Consejo de Seguridad de la ONU algunos diplomáticos se preguntaron cuantas personas más han de morir para que Rusia y China deploren las matanzas. En agosto se reportaron mil muertos y ya la cifra, en 11 meses de conflicto supera los seis mil.

De nada ha servido la promesa del presidente sirio a los enviados rusos de que se detendría la represión. En la ciudad de Homs no es con gases lacrimógenos o chorros de aguas desde un camión cisterna.El arsenal del gobierno contra los opositores esta compuesto de proyectiles de artillería, de obuses, aviones lanzados misiles aire-tierra.

La Liga Árabe se apresta a reconocer al Consejo Nacional Sirio, que reúne a todas las tendencias oposicionistas, con sede en Turquía. Precisamente este país ha condenado la represión en Siria, pedido la destitución del gobernante y apoyado a sus vecinos opositores. Ahora se aprestan a desarrollar nuevas iniciativas diplomáticas para aislar al régimen de Assad. Una conferencia internacional sobre Siria podría tener lugar en Estambul.

Aquella imagen de Moscú como aliada de los países árabes cada vez queda más en la historia de la URSS. Si en América Latina todavía se ven banderas estadounidenses y retratos de sus mandatarios a los que insultan y ofenden en las protestas, se puede ver lo mismo con la bandera rusa y los retratos de Putin en El Cairo, Rabat, Beirut o Trípoli.

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