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El camarón cubano ante la Historia


Camarón.

El autor admite su condición de crustáceo, inherente a su pueblo

Camarón que se duerme se lo lleva la corriente, advierte el refrán, y el pueblo cubano, camarón al fin, se durmió, si no en los laureles, sí en la confianza de que una rectificación sociopolítica de la magnitud de una revolución iba a instalarlo en el Paraíso. La corriente de la Historia lo arrastró tan lejos de sí mismo, o de quien había soñado ser, que todo intento de remontarla y mitigar los perjuicios acumulados ha llegado a antojársele si no imposible, improbable. Las ruinas que le rodean y colman -la devastación abarca el espíritu- están cubiertas de cartelitos que dicen: "No hay vuelta de hoja".

La condición de crustáceo del pueblo cubano no era un secreto, o lo era, pero a voces, y sólo nuestra afición al disparate y nuestra falta de curiosidad pueden explicar cómo, aun escuchando a uno de los conjuntos musicales más célebres de la isla recordárnoslo, pudimos adormilarnos y permitir que la corriente nos descarriara.

Camarones, ¿dónde están los mamoncillos? / Mamoncillos, ¿dónde están los camarones? cantaba el Trío Matamoros, y con el trío, el pueblo cubano, como si ambos, trío y pueblo, estuvieran formulando la más sencilla de las preguntas. La insensatez que rige nuestros actos contagia nuestra música. O viceversa: la primera es fruto de la segunda: al derecho y al revés, / mamoncillo y camarón.

Para que los camarones tuvieran noticia de los mamoncillos (o los mamoncillos de los camarones) se imponía que en algún momento coincidieran, y tan inverosímil resulta que los camarones hayan trepado a los árboles, como que los mamoncillos provinieran del agua, a pesar del color salmón que exhibe su pulpa. Siempre cabe la posibilidad de que un color determine una conducta; permita a quien lo exhibe desarrollar facultades ajenas a su naturaleza.

La relación entre los árboles y el océano es más estrecha de lo que algunos suponen. Hay unos versos que, no satisfechos con describirla, predicen qué harían los primeros si descubrieran que las espléndidas tonalidades verdiazules del segundo son falsas, que el mar es incoloro. Y qué ocurriría si, en un acto de solidaridad extrema, los árboles decidieran despojarse de sus frondas y arrojarlas a las olas, otorgando a éstas la coloración que la naturaleza les negó. El texto describe la confusión que su altruismo generaría, mezclando los ámbitos terrenos y marinos y trastocando la esencia misma de los seres y las cosas:

Si los árboles supieran
de qué color es el mar
se arrancarían las hojas
para volverlo a pintar.

El otoño fuera verde;
la primavera, coral;
nido, el barco; la espesura,
arrecife; el golpe, azahar;

el pez, pájaro; la ola,
fruta; la profundidad,
enredadera; ave, el buzo;
flor, el agua; miel, la sal.

Si los árboles supieran
de qué color es el mar.

No hay por qué descartar la existencia de un árbol de camarones y un cóctel de mamoncillos: algo de caparazón hay en la cáscara del fruto, y algo de pulpa en el cuerpecillo dotado de antenas y cola.

Mi certidumbre de que todo disparate entraña una lógica se vio confirmada por la lectura de unas revelaciones hechas por Miguel Matamoros al musicógrafo Alberto Muguercia y publicadas en un número de la revista "Signos" correspondiente a 1975: una anciana llamada Manuela Despaigne había contado al joven compositor que durante la guerra contra España llegaron a Cuba voluntarios que, por llevar gorras rojas, merecieron el sobrenombre de "camarones", al tiempo que los mambises, ocultos en la manigua, eran apodados "mamoncillos". Los nombretes devinieron clave: unos preguntaban por los otros utilizando sus respectivos motes e inspirando el son cuya sola letra Matamoros adoptó como estribillo: Camarones, ¿dónde están los mamoncillos? / Mamoncillos, ¿dónde están los camarones? El compositor recordó que las letras de los sones del siglo XIX eran tan breves que algunas, a diferencia de las suyas, sólo constaban de dos frases que se repetían gozosamente ad infinitum.

Una fórmula surrealista asevera que lo bello puede surgir del "encuentro fortuito de una máquina de coser y un paraguas sobre una mesa de disección". Es posible que lo cubano, tan enigmático a veces, sea sólo el producto del encuentro fortuito de unos camarones y unos mamoncillos en un son de Miguel Matamoros.

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    Orlando González Esteva

    Nació en Palma Soriano, Cuba. Reside en Estados Unidos desde 1965. Sus poemas, que al decir del escritor Octavio Paz hacen “estallar en pleno vuelo a todas las metáforas”, aparecen publicados en Mañas de la poesía, El pájaro tras la flecha, Escrito para borrar, Fosa común, La noche y los suyos y Casa de todos. Es también autor de los siguientes ensayos de imaginación: Elogio del garabato, Cuerpos en bandeja, Mi vida con los delfines, Amigo enigma, Los ojos de Adán y Animal que escribe. El arca de José Martí. González Esteva ha ofrecido lecturas de versos, charlas y talleres en Estados Unidos, España, Japón, Francia, México y Brasil, y ha desarrollado una intensa labor cultural en los medios literarios, artísticos y radiofónicos de Miami.

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