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El autor valida una actitud contraria a la que prescribe la última noche del año

Nada más ingrato que la felicidad forzosa. Dar señales de ella cuando no se la disfruta causa estragos en quien, espoleado por las más diversas razones, incluso el deseo de no preocupar o enojar a un ser querido, la finge.

Bienaventurado el rebelde que lejos de sonreír cuando no tiene ganas de hacerlo permanece inmutable, y hasta ceñudo.

Bienaventurado el que lejos de parlotear cuando prefiere permanecer en silencio, no dice ni esta boca es mía.

Bienaventurado el que lejos de aceptar la invitación a sumarse al jolgorio que le es ajeno, por bien intencionada la invitación sea, la declina.

Bienaventurado el que lejos de pasar por simpático se muestra tal cual es cualquiera de esos días en que es de rigor hacer alarde de sociabilidad.

La noche del 31 de diciembre recuerda unos versos cuyo autor manifiesta el desasosiego que le produce haber obviado las celebraciones en curso, yéndose a la cama temprano para verse desvelado por la multitud que en la ciudad donde reside bebe, canturrea, baila, habla a gritos, aplaude la cohetería y los fuegos artificiales, y lo enfrenta a aquello de lo que justamente había pretendido escapar: los daños que el tiempo ha infligido a su vida:

Los días que cumplen años
hacen demasiado ruido
y rodean al dormido
-que huyó de todo- de extraños.
Sólo reconoce daños,
pérdidas al por mayor,
y la vida alrededor
le recuerda que la fiesta,
aunque esté muerto, se apresta
a desolar su interior.


No importa que el individuo haya evidenciado su renuencia a participar en la parranda y se reconozca difunto en lo más íntimo: ésta se las arreglará para poner a temblar los cristales de las ventanas de su casa, irrumpir en ella, escurrirse en su dormitorio, revolver su cama y, espabilándolo, enfrentarlo al presente que intentó eludir.

Bienaventurado quien, lejos de deponer las armas, hala por un somnífero capaz de noquearlo e impedirle volver en sí hasta la mañana siguiente, cuando el único intruso sea el sol; el único vecino perceptible, el silencio, y con ellos, cortesía del año en pañales, un déjà vu de esperanza.

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    Orlando González Esteva

    Nació en Palma Soriano, Cuba. Reside en Estados Unidos desde 1965. Sus poemas, que al decir del escritor Octavio Paz hacen “estallar en pleno vuelo a todas las metáforas”, aparecen publicados en Mañas de la poesía, El pájaro tras la flecha, Escrito para borrar, Fosa común, La noche y los suyos y Casa de todos. Es también autor de los siguientes ensayos de imaginación: Elogio del garabato, Cuerpos en bandeja, Mi vida con los delfines, Amigo enigma, Los ojos de Adán y Animal que escribe. El arca de José Martí. González Esteva ha ofrecido lecturas de versos, charlas y talleres en Estados Unidos, España, Japón, Francia, México y Brasil, y ha desarrollado una intensa labor cultural en los medios literarios, artísticos y radiofónicos de Miami.

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