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Judy Gross: otra víctima del régimen cubano


Judy Gross dijo a Bethesda Magazine estar furiosa porque nadie ha hecho algo por rescatar a su marido.

La esposa del contratista estadounidense Alan Gross contó a la revista Bethesda Magazine la odisea que vive su familia desde que el gobierno cubano encarceló a su marido en la isla.

No aceptaba creer que el gobierno cubano pudiera ser tan horrible, pero ahora siento que simplemente no les importa, dijo Judy Gross, la esposa del contratista estadounidense Alan Gross, quien cumple 15 años de cárcel en Cuba.

La revista Bethesda Magazine entrevistó a la mujer de 62 años, quien además de reiterar que el juicio en que se condenó a su marido en La Habana fue “amañado” confesó estar “furiosa” porque nadie ha hecho algo para rescatarlo.

La razón para sentirse así, dijo, es que su esposo estaba trabajando en Cuba bajo contrato de la Agencia de EE.UU para el Desarrollo Internacional (USAID) y a pesar de que el Departamento de Estado “trabaja noche y día” en el caso, Gross todavía no está de regreso “en casa”.

El judío estadounidense intentó instalar líneas de Internet para las sinagogas en La Habana, recuerda la publicación, y en 2011 fue hallado culpable de “introducir ilegalmente equipo de comunicación por satélite en Cuba”.

Además de agriar aún más las ya malas relaciones bilaterales Washington-La Habana, agrega, el encarcelamiento de Gross significó para su esposa la llegada de tiempos duros.

“La presión financiera la forzó a vender la casa de la familia—dice—y tuvo que hacer frente sola a la mastectomía a que fue sometida su hija mayor, Shira, tras serle diagnosticado cáncer de mama, y a un cáncer terminal de pulmón que se le encontró a su suegra, Evelyn Gross”.

Judy Gross dijo a la revista que habla por teléfono con su marido preso todos los viernes pero las llamadas carecen de privacidad, “usualmente duran unos 15 minutos” y no pueden hablar libremente, solo sobre cosas generales.

También ha ido tres veces a verlo a la isla, en visitas “estresantes” de dos horas de duración. “En dos oportunidades nos han permitido estar el día en una casa—puntualiza—pero hay guardias en las habitaciones (…) sabemos que están escuchando y que la visita va a terminar”.

La última vez fue en noviembre de 2011, añade, y desde que a su marido lo encarcelaron en diciembre de 2009 “ha perdido 105 libras de peso” y la comida que le dan “se ha reducido” debido a las penurias económicas en el país.

Según subrayó, su esposo había hecho gran cantidad de trabajos comunitarios con la Federación Judía. “Amaba tratar de mejorar las condiciones de vida de otras personas, laboró con los palestinos (..) hizo mucho en el Oriente Medio y en África”.

Si hubiese sabido que yendo a Cuba le iba a pasar lo que le sucedió, “él nunca hubiera puesto a su familia en riesgo”, dijo.

Además de lo que han sufrido todos, incluyendo la hija menor de la pareja, Nina, de 24 años, que estaba muy unida a su padre, señaló que la madre de Gross “emocionalmente está arruinada no por su enfermedad sino porque teme morir antes de ver otra vez a su hijo”.

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