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Washington y el dilema de Alan Gross


Familiares de Alan Gross llevan a cabo protestas semanales frente a la Sección de Intereses de Cuba.

A pesar de que el gobierno cubano mantiene injustamente preso al estadounidense Alan Gross, en vez de presionar a La Habana, EE.UU. sigue suavizando su política con la isla, destaca el Wall Street Journal.

A pesar de que Estados Unidos ha pedido varias veces a La Habana la “liberación inmediata” del contratista civil estadounidense Alan Gross, las autoridades cubanas no se han sentido presionadas porque Washington ha seguido “suavizando” sus sanciones a Cuba, dice el diario The Wall Street Journal.

Un artículo del periódico señala que meses antes de que Gross fuera arrestado en diciembre de 2009 y condenado a 15 años de prisión por tratar de ayudar a la comunidad judía cubana a conectarse a Internet, el gobierno estadounidense eliminó restricciones a los viajes a Cuba como parte de una “nueva política”.

Lo que resulta incomprensible, apunta, es que después de eso, Washington haya seguido dando pasos en esa misma dirección. “Inicialmente –dice- usó mecanismos diplomáticos para tratar de negociar la libertad de Gross, incluida una visita de alto nivel a La Habana en enero de 2011 de la entonces vicesecretaria de Estado adjunta para el Hemisferio Occidental, Roberta Jacobson”.

Tras subrayar que “nada sucedió”, el Journal apunta que el sentido común sugería que a este punto el gobierno del presidente Barack Obama debía haber “endurecido su postura dejando claro que habría repercusiones si Gross no era puesto en libertad. Pero en lugar de eso, a la semana siguiente dio inicio a una nueva ronda de relajamiento de sanciones”.

Esta vez, añade, las concesiones a La Habana, no tenían nada que ver con el anticipado objetivo humanitario de permitir a los cubanoamericanos visitar y ayudar a sus familiares. En su lugar, "Washington accedió a establecer viajes frívolos bajo el lema de alentar visitas pueblo-pueblo”.

Pero en virtud de este programa, turistas estadounidenses, acompañados de guías del gobierno cubano, visitan ministerios, fábricas de cigarros confiscadas, participan en festivales de arte censurados y en otros eventos “pulidos por la maquinaria de propaganda de los Castro. De noche, mojitos y bailes de salsa, incluidos”, subraya.

Luego siguió el mensaje de Washington de que “todo está bien”, dice, al concederle visa a la hija del “dictador cubano Raúl Castro, Mariela, para que diera una gira promocional por Estados Unidos”.

Se explica, precisa, por qué la familia de Gross lleva a cabo ahora protestas semanales frente a la Sección de Intereses de Cuba en Washington, y dos senadores que históricamente alentaron relaciones de negocio con el régimen de Castro, el demócrata Dick Durbin, y el republicano Jerry Moran, dijeron en junio que suspendían tales gestiones.

En julio, EE.UU. pospuso por tiempo indefinido sus conversaciones anuales sobre migración con la isla, agrega, pero el Departamento de Comercio está permitiendo embarques de comida, otros artículos humanitarios, y también televisores con pantallas de 32 pulgadas directamente a Cuba desde el puerto de Miami.

“Una cosa es perfectamente clara –concluye--: más que demandas retóricas de que debe ser ´inmediatamente liberado´, Alan Gross necesita un apoyo más fuerte y exigente”.

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