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La Universal, Caín y el flan de mamey


Librería La Universal en Miami, Florida.

Cuando me enteré de la noticia del cierre de la Universal recordé enseguida mi obsesión, pospuesta durante años, por conocer su sede, en la 3090 SW 8 Street, Miami FL 33135.

Leí varias veces la noticia, sin creerla, como cuando nos avisan del fallecimiento de un familiar muy querido y nos negamos a aceptar la realidad. La librería Universal, de Miami, especializada en libros cubanos, decidió cerrar sus puertas acosada por la hegemonía de las nuevas tecnologías, la crisis y la escasez de lectores.

“Templo de la cultura escrita en español”, “librería icónica”, “histórica”, y otros calificativos igual de elogiosos, le han endilgado varios medios de prensa al enterarse de la mala nueva, que deja en el luto literario sobre todo a los lectores jóvenes, que conocieron lo mejor del pensamiento cubano gracias a las publicaciones de Ediciones Universal.

La presencia avasallante de los libros electrónicos, los teléfonos inteligentes, las tablet y la pereza congénita de los jóvenes por leer acabaron con un negocio familiar que logró levantar un fondo editorial propio de 1.600 títulos, atesorados entre sus olorosas estanterías de madera.

En el 2001 cuando la librería, editorial y distribuidora Universal cumplió 36 años, Juan Manuel Salvat (el “Gordo” Salvat, para sus amigos) y Marta, los socios, dieron de la Universal una cálida definición. “Ediciones Universal es esencialmente una manifestación de amor familiar. Amor a Dios que es centro, razón y motor de nuestra
actividad. Amor a esa Isla (Cuba), tan pequeña en la geografía pero que casi siempre en su historia ha sido, para los cubanos, un sueño y una pesadilla. Amor a nuestra cultura y a los que se esfuerzan por hacerla mejor. Amor a la libertad que es el único territorio de la creación”.

Ahora Marta Salvat ha dicho a la agencia EFE que su familia tiene dentro “un nudo” y que “es una vida la que se va”. Recordará seguramente aquel 1965 cuando comenzaron con un pequeño catálogo de libros que vendían entre amigos. En poco tiempo abrieron una pequeña librería al público, y comenzaron a ofrecer servicios de distribución a universidades y bibliotecas públicas. Su objetivo, llegar a la mayor
cantidad de lectores en EE.UU., con publicaciones en español.

Cuando me enteré de la noticia del cierre de la Universal recordé enseguida mi obsesión, pospuesta durante años, por conocer su sede, en la 3090 SW 8 Street, Miami FL 33135. Al salir de Cuba, su nombre resonaba como un lejano oasis de cultura cubana. Como la promesa cumplida de poder acceder a los innumerables títulos que nos prohibieron leer cuando estábamos en Cuba. Y que la Universal,
pacientemente, logró ir editando.

En su catálogo resurgían, cual Ave Fénix, autores malditos como Cabrera Infante, Lydia Cabrera, Eugenio Florit, Reinaldo Arenas, y también autores jóvenes que debutaban con su opera prima. Son muy pocos los lectores cubanos que no tienen en su biblioteca aunque sea un par de títulos de la Universal, de alguna de sus colecciones, inolvidables colecciones. Por ejemplo la Colección Caniquí, de novelas
y cuentos. O la Espejo de paciencia, de poesía. Sin olvidar otras como Cuba y sus jueces y la imprescindible Colección del Chicherekú, donde están las obras de Lydia Cabrera.

En Ediciones Universal los cubanos más jóvenes encontramos un rosario de títulos y autores que la editorial Letras Cubanas siempre nos negó. Que nunca vimos, ni por asomo, en aquel libro infame llamado Quiénes escriben en Cuba.

Todos tenemos nuestra propia historia privada con la Universal. Y la mía tiene que ver con un viaje novelesco a Miami, una visita a casa de Cabrera Infante, en Londres, el restaurante Versalles y el flan de mamey.

Una tarde de octubre, en la sala de Cabrera Infante en su casa de Gloucester Road, conversábamos sobre libros, sobre Miami y salió a relucir la librería Universal. Entonces Guillermo, que hacía dibujitos y anotaba frases en una servilleta, me dijo que cuando fuera a Miami fuera a saludar al “Gordo” Salvat de su parte. Y me dio la servilleta, que guardé y no volví a mirar sino cuando ya estaba en Miami, a
kilómetros de Londres. (Ediciones Universal, por cierto, hizo una linda edición de “Vista del amanecer en el trópico”, las viñetas de Cabrera Infante, a un precio de $16).

Llegué a Miami con un grupo de periodistas latinoamericanos y una tarde nos programaron un almuerzo cubano en, adivinaron, el tradicional restaurante “Versailles”. Después del opíparo almuerzo, se acercó un señor mayor, indudablemente cubano, y preguntó si nos podía sugerir un postre. Ni los casquitos de guayaba con queso amarillo, ni el dulce de coco rayado, el hombre nos dijo que probáramos el flan de mamey.

A mí, que hacía siglos que no probaba el mamey (ni en Cuba, ni en la fría ciudad donde vivía después), su realización en forma de flan me sonó más exótica que a un esquimal el batido de mango. Y le pregunté al cubano venerable que si eso “existía” en la repostería cubana. El hombre, vestido con impecable guayabera, se tomó unos minutos para contarme cómo se preparaba. Por supuesto que lo pedí y lo disfruté por
primera y única vez, hasta el sol de hoy.

Pero la tarde avanzaba y yo tenía una importante misión después del almuerzo, ir a conocer la Universal. Alguien comentó que cerraba temprano y que no alcanzaríamos a llegar. Pero yo insistí y convencimos al chofer de la lujosa limosina negra que nos
transportaba, cual jeques árabes (pero esa es otra historia), que nos llevara allí. Por suerte estaba cerca del Versalles. Por suerte no había cerrado. Y hasta allá arrastré, como en una misión patriótica posible, al batallón de periodistas latinoamericanos.

Saqué del bolsillo la servilleta con la inconfundible letra de Cabrera Infante y traspasé la puerta de la librería. Me pareció pequeña, comparada con otras que conocía, pero muy cálida y con mucha personalidad. Pregunté por el “Gordo” Salvat y un argentino lánguido me contestó que no estaba. Le riposté que le traía un mensaje de Cabrera Infante. Pareció dudar y volvió a decirme que no se encontraba.

Cuando salí a la calle, llovía. Bajo el brazo llevaba la edición de aniversario de “Tres Tristes Tigres”, un “Diccionario de cubanismos” y “El Monte”, de Lydia Cabrera. Entonces me acordé de la servilleta con lo que había escrito Cabrera Infante. La desdoblé con cuidado. “Mapa hecho por un espía”, era todo lo que decía. Apuré el paso hasta la limusina. Y me prometí algún día contar esta historia.

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