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Fusilamiento de Ochoa marcó un cambio en las rutas del narco


El general Arnaldo Ochoa mientras era juzgado

Un ex dirigente de la guerrilla salvadoreña dice que después de que Cuba dejó de cooperar oficialmente con el narcotráfico la región se convirtió en un santuario criminal.

"Centroamérica se está transformado en santuario criminal, fábrica y supermercado de drogas, centro de lavado de dinero y lugar de reclutamiento de sicarios. Las policías, las prisiones y la justicia están colapsadas", dice un artículo publicado este viernes por el diario español El País.

El análisis no tendría tal vez mucho de singular si el autor que lo firma no fuese Joaquín Villalobos, ex alto dirigente de la guerrilla salvadoreña Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN) en las décadas de 1970 y 1980, quien durante todos esos años tuvo contacto directo con La Habana.

En el análisis, titulado “La Ruta del crimen”, el ex guerrillero señala que “entre finales de los años ochenta y principios de los noventa se produjo un cambio de contexto en el tema del tráfico de cocaína”.

Villalobos recuerda que entonces fueron derrotados los grandes carteles colombianos, se desmantelaron las redes que estos tenían en Florida, mejoró la capacidad de interdicción marina de Estados Unidos en el Caribe y “finalizó la política cubana de cooperación con el narcotráfico”.

El tráfico de cocaína se trasladó entonces, precisa, de la ruta más directa Colombia-Florida, hacia la ruta Colombia-Centroamérica-México-frontera de Estados Unidos.

A juicio del ex dirigente del FMLN, entre los hechos más emblemáticos de ese cambio estuvieron la muerte de connotado narcotraficante colombiano Pablo Escobar en diciembre de 1993, y el fusilamiento del general Arnaldo Ochoa en Cuba en julio de 1989.

Villalobos afirma que “el fusilamiento del general Ochoa, ´Héroe de la República de Cuba´, tuvo más de expiación de una política oficial y de luchas internas que de combatir un delito”.

Fue después de todo eso, asegura el autor, que “el cambio de contexto descrito produjo una gran explosión de violencia delictiva en Centroamérica y México que en realidad era tan previsible como inevitable”.

Tras hacer un exhaustivo análisis del problema del narcotráfico en México y de la política de guerra sin cuartel llevada a cabo por el gobierno de ese país, asegura que al contrario de lo que se piensa, no hay “conflicto entre combatir al crimen organizado y reducir la violencia”.

El problema no está en México, subraya, este país tiene los recursos y capacidades para mejorar su seguridad, lo más grave está en los pequeños, pobres y violentos países centroamericanos.

Con todo, concluye que si México ha debido ocuparse de su propio problema, la seguridad es ahora un problema transnacional. “De nuevo no hay opción, o México contribuye a estabilizar Centroamérica, o Centroamérica impedirá que México se estabilice”, apunta.

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