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El autor recuerda a un poeta cubano que padeció el Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida y reseñó hasta el último instante de su vida.

La dirección de Radio Martí exhortó a periodistas, productores y presentadores a hacerse eco de la conmemoración del Día Internacional de la Lucha contra el SIDA.

El pueblo cubano, tanto el que permanece en la isla como el que reside en el extranjero, no ha sido inmune a este azote, y dadas las circunstancias que prevalecen en el país es probable que el primero haya sido el más lastimado.

No obstante va siendo raro encontrar un paisano, en cualquier parte del mundo, que no haya sufrido o lamentado los padecimientos y la muerte de alguien a quien creía merecedor de un destino más amable.

Entre los poetas de quienes fui amigo y con quienes tuve la oportunidad de conversar en numerosas ocasiones estuvo Amando Fernández. Había nacido en La Habana en 1949 y moriría en Miami en 1994, víctima de las complicaciones inherentes al Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida.

A pesar de la buena amistad que nos unió jamás hablamos de su vida privada. Solíamos reunirnos en alguna cafetería, pastelería o restaurante de comida rápida para hablar de poesía, sólo de poesía, e intercambiar libros y versos inéditos. Había algo de obsesivo en ambos: cualquier persona ajena al poder que una vocación puede ejercer sobre otras hubiera concluido que ninguno de los dos tenía los pies en la tierra, y quizás no se hubiera equivocado.

Amando, hombre delgado, solía vestir chaqueta o traerla sobre los hombros, suelta, a manera de capa -la temperatura climatizada de los establecimientos del sur de La Florida le helaba: es probable que la enfermedad en curso influyera en esa hipersensibilidad- pero bastaba que abordáramos los temas de rigor para que se le viera arder.

Jamás, tampoco, hablamos de su padecimiento, a no ser durante mi única visita a su apartamento, poco antes de su muerte, y sólo lo hicimos de forma indirecta, sin mencionar santos ni utilizar términos que, por precisos, hubieran atentado contra su proverbial reserva y la compostura que había caracterizado nuestra relación. Veía mal, estaba muy débil y apenas podía abandonar el lecho donde, inquieto, fumaba.

Entre los desvelos de su madre estaba cerciorarse de que la lumbre del cigarrillo no le quemara los dedos y que la colilla encendida no cayera sobre las sábanas y provocara un drama mayor que el que ambos vivían. La vi tratar de complacer al hijo cuando éste, impaciente, le pedía que abriera más las cortinas, pero éstas ya estaban todo lo abiertas que podían estar. La penumbra era leve: era él quien no veía la claridad. Lo oscuro, más que acechar, lo colmaba.

Me confesó que una de las grandes alegrías de su vida había sido la amistad, la charla con los amigos, y que si había escrito mucho en tan poco tiempo era porque su carrera como escritor había comenzado tarde y tenía mucho lastre por quemar antes de alcanzar el grado de madurez y realización que anhelaba.

Había estudiado en Cuba, España y Estados Unidos, publicado un buen número de libros de poesía y ganado premios que le auguraban un porvenir halagüeño. Más que vivir, escribía; la vocación se le había tornado compulsión; debía ganarle la carrera al tiempo y el tiempo, malvado, no cesaba de jugar con él cediéndole la delantera y, acto seguido, arrebatándosela, aventajándole al propiciar nuevas dolencias, nuevas razones para desesperar y darse por vencido.

El año de su muerte publicó un cuaderno de título estremecedor: "El riesgo calculado". El poeta jugaba a la ruleta rusa. Los poemas se habían reducido al hueso y las pausas parecían sugerir la irregularidad del ritmo cardiaco, la respiración fatigosa del agonizante o la falta de energía para anotar el verso siguiente. Amando hablaba de Amando en tercera persona, como si ya hubiera abandonado su cuerpo.

Hay un instante en el libro cuando luego de dirigirse a sí mismo, preocupado por su propio silencio, advierte la frialdad de la habitación, echa de menos la ventana, comprende que la puerta no lleva ya a ningún lado y se pregunta: ¿Me escuchas? Duda estar vivo. Hay otro en el que admite que ha dejado de respirar.

No le es extraño el destino de sus restos:

Los animales lo rodean.
Los más vuelan lentos
sobre su cabeza.
Sus graznidos le anuncian
la posición exacta del cadáver.

Sólo los más oscuros
lo comen por dentro.

Lo desnudan.

Le llegan hasta el alma.

Hoy he vuelto a conversar con él.

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    Orlando González Esteva

    Nació en Palma Soriano, Cuba. Reside en Estados Unidos desde 1965. Sus poemas, que al decir del escritor Octavio Paz hacen “estallar en pleno vuelo a todas las metáforas”, aparecen publicados en Mañas de la poesía, El pájaro tras la flecha, Escrito para borrar, Fosa común, La noche y los suyos y Casa de todos. Es también autor de los siguientes ensayos de imaginación: Elogio del garabato, Cuerpos en bandeja, Mi vida con los delfines, Amigo enigma, Los ojos de Adán y Animal que escribe. El arca de José Martí. González Esteva ha ofrecido lecturas de versos, charlas y talleres en Estados Unidos, España, Japón, Francia, México y Brasil, y ha desarrollado una intensa labor cultural en los medios literarios, artísticos y radiofónicos de Miami.

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