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El autor analiza las diferencias entre las vías tomadas por opositores en Ucrania, Venezuela y Cuba para enfrentar las realidades de sus país y plantea los posibles escenarios que pudieran presentarse en la isla para el cambio.

Cuando escribo estas líneas acaba de caer el impopular gobierno ucraniano encabezado Yanukovich. Caracas emite señales inequívocas de bandera blanca ante el empuje de los estudiantes en la calles, y ha llamado a la oposición al diálogo. Mientras tanto, en toda la isla de Cuba reina la mayor tranquilidad --aquella tranquilidad que los cubanos sabemos viene de “tranca”-- factor que estuvo exento en la represión tanto de Ucrania como de Venezuela.

A pesar de los argumentos justificativos de la oposición interna cubana --en sentido de que las condiciones dentro de la isla difieren mucho de las condiciones en Ucrania e incluso de Venezuela-- los contrastes entre la valentía ucraniana y venezolana ha dejado a la oposición interna de la isla en condiciones lamentables, con muchas más preguntas que respuestas.

Los cubanos exiliados hemos escrito raudales de artículos sobre este tema, en la mayoría de los cuales se hace énfasis en alertar a los venezolanos a no ceder en su empeño actual contra el gobierno de Maduro, con un argumento que parcialmente justifica la inacción dentro de la isla. Se apela a que “este es el momento en que la oposición venezolana no debe ceder, porque si Maduro vence esta batalla, ganará la guerra de imponer el silencio y el miedo en toda la sociedad venezolana, tal y como los hermanos Castro han conseguido imponer en Cuba”.

El argumento anterior es válido para Venezuela, pero, ¿y para Ucrania, con el recuerdo de varios siglos de dominación rusa y 70 años de régimen comunista? ¿Será que también es válido el anterior argumento? Se aduce con razón que tanto en Ucrania como en Venezuela existen medios de comunicación más o menos libres, que existe cierta libertad de reunión y que aún los gobiernos no se han impuesto “en la calle”, que todavía es de los manifestantes.

Se trata por todo lo anterior de un problema complejo, pero que los opositores cubanos del interior de la isla tienen el deber ineludible de abordar. ¿Por qué no se lanzan a la calle, como lo han hecho los ucranianos y los venezolanos? ¿Por qué permitieron pasivamente la celebración de la CELAC en la Habana (sólo criticando a los presidentes asistentes) y no hubo siquiera un grito aislado, individual y espontaneo de rigurosamente nadie del “amplio” espectro opositor?

El terror inyectado por la dictadura dentro de la sociedad cubana es real, pero quien decide organizarse militantemente en alguna de las muchas organizaciones políticas opositoras que existen dentro de la isla, tiene el deber de superar el miedo, o de lo contrario, que no diga que milita en alguna organización opositora. Los cubanos del exilio sí tenemos --no sólo el deber, como que tenemos también la obligación-- de analizar críticamente el comportamiento de la oposición interna, haciendo uso de la libertad que hemos conquistado en tierras extrañas.

Un factor básico a ser analizado es la copiosa infiltración que la oposición interna sufre desde las filas de los servicios de inteligencia castrista, que no cesan de publicitar que sus espías de Miami tenían como misión “penetrar las organizaciones de exiliados”. Sí en el exilio han actuado de esa manera pública y notoria, ¿qué dejamos para las organizaciones dentro de la isla?

Tradicionalmente el exilio trata de prestigiar a la oposición interna, en el supuesto que sus méritos superan a las organizaciones del exilio. Pero si ellas se organizan dentro de Cuba para ”oponerse” al régimen cubano, ¿por qué no actúan? Si aducen miedo a represión, ¿de qué vale su existencia? El peor de los escenarios para una oposición reprimida es la muerte, la desaparición física, sufrir heridas de balas que, sin llegar a la muerte dejan secuelas permanentes; eso existe en abundancia en Ucrania y en Venezuela, aunque sus condiciones sean diferentes; la muerte en Venezuela y Ucrania es la misma de la que habría en Cuba si se perdiera el miedo y se programaran acciones similares. Para eso, es mejor no “organizarse”.

Muchos cubanos dentro de Cuba han venido al exilio por el miedo y la represión dentro de la isla. Nada de innoble por causa de ese gesto, que debería ser seguido por aquellos cubanos que tienen miedo y por eso no se afilian a organizaciones políticas opositoras. Muy diferente a aquellos corajosos que tienen el valor de organizarse contra el régimen. Sin embargo, estos últimos sí que tienen el deber de asumir los riesgos que su decisión implica. Oposición es como la venezolana o la ucraniana, no como la cubana, penetrada por la policía política castrista.

El exilio por otra parte no está formado solamente por los que dentro de Cuba decidieron venir al extranjero para paliar su miedo a exponerse como opositores. Una gran mayoría del exilio militante de Miami está formado por patriotas cubanos que lucharon en sus calles y sus campos durante más de 15 largos años a cara descubierta contra la dictadura. También está conformado por aquellos que desde el exilio prepararon acciones militares contra el castrismo dentro y fuera de Cuba y por miles de patriotas (y sus familiares) que por valientes cumplieron 15, 20, 25 años de encierro cruel en las ergástulas de la tiranía que oprime a la Patria Cubana.

De manera qué el exilio puede --y debe-- señalar con el dedo a todo el que dentro de Cuba esté organizado en las instituciones opositoras y no salga a la lucha. Se percibe desde el exterior que la pasividad de nuestras organizaciones internas tiene dos orígenes: primero, como todas están penetradas por el castrismo, este induce el factor asociado al miedo a la represión como antídoto paralizante para a acción opositora, que no necesariamente tiene que ser violenta, insurgente o armada, bastaba haber gritado “Viva Cuba Libre” ante los presidentes de la región que visitaron la isla, tal como lo hizo un joven patriota durante la última visita del Papa.

El segundo factor de parálisis dentro e la oposición interna es el compás de espera con la “solución biológica”, aguardando la desaparición física de los hermanos Castro, en el supuesto que entonces la represión disminuiría y sería el momento de “estar organizados dentro de Cuba” para intentar así tener alguna influencia en ese momento político. Todas las organizaciones internas comprenden que es necesario acciones opositoras (repito, pacíficas) para desestabilizar al castrismo, pero obvian esa tarea para que “otra organización corra el riesgo” y así preservar “sus gentes” para el “futuro luminoso” que de esa forma nunca llegará.

Este último factor es además incentivado por los aparatos de inteligencia que tienen penetrados a los opositores internos, porque también es paralizante para la acción opositora dentro de Cuba. Con estos factores, tengo la certeza y la convicción de que el castrismo gana tiempo, con el cual trabaja a su favor planeando una sucesión “post Maduro”, que está llegando desde Brasil en estos días de las manos de Lula da Silva que visitará la Habana para garantizarle cierta sobrevida a la dictadura cubana, si hubiera un colapso total del régimen chavista.

Es lamentable tener que analizar aspectos negativos de la oposición política interna, pero ellos nacen del quehacer directo de la realidad cubana y el contexto internacional de hoy día. La inactividad e las organizaciones opositoras cubanas dentro de la isla explica adicionalmente el por qué muchos opositores individuales de prestigio no se afilian, o participan militantemente, de las organizaciones existentes, y dedican su esfuerzo y su talento a actividades periodísticas aisladas, informando al mundo sobre Cuba --lo que no es oposición estrictamente hablando-- aunque por ello no dejan de ser menos meritorios, ya que eluden así la penetración castrista.

Hoy, 24 de Febrero, en un aniversario más de la lucha que preparó Martí desde el exilio cubano en Estados Unidos, el panorama político de dentro y fuera de la isla es similar al analizado por José Martí entonces: una oposición interna controlada por el enemigo y un exilio dispuesto a la lucha. Para el futuro que se avecina, un esfuerzo de programa común opositor fuera de la isla, con una representación consensuada de dirigentes cubanos, resulta indispensable. Los esfuerzos internos para representar a la oposición política de consenso en discusiones con la dictadura, siempre tendrán la sospecha de ser una quinta columna del castrismo --sea quien sea la personalidad interna definida-- porque ciertamente su entorno estará penetrado.

Por todo lo anterior, creo que ha llegado el momento de que el exilio de un paso al frente.

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