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El gobierno del General no ha dejado de hostigar a la disidencia pacífica. Sobre todo a los más contestarios, como Sonia Garro, Niurka Luque y Ramón Muñoz. Otros, como Antúnez o José Daniel Ferrer, están en remojo.

Yamilé Garro Alfonso, 34 años, no se suele arrugar ante los problemas. Nació en un barrio marginal donde la violencia, drogas y jineteras es su sello distintivo. Siente que si algo le ha faltado en la vida son oportunidades.

Pero es lo que le tocó. Yamilé vive en una cuartería larga, estrecha y precaria en la calle Campanario, en el centro de La Habana. Además de criar a sus dos hijas, ahora cuida de su sobrina Elaine, de 15 años: sus padres están en la cárcel.

Por las tardes, en horario cercano al cierre de los agromercados, con los vendedores regatea a la baja algunas viandas o un trozo de carne de cerdo, para intentar llevar dos platos de comida caliente cada día a la mesa.

Cuando oscurece, carga no menos de 20 cubos de agua, y con la ayuda de su hija mayor, clavetea un trozo de tela impermeable que le permita taponar las goteras del techo de zinc en la habitación.

Su hermana, Sonia Garro Alfonso y su cuñado Ramón Alejandro Muñoz González, esposo de Sonia, se encuentran a la espera de ser sancionados a largos años de prisión.

Los dos son opositores y están acusados de 'tentativa de asesinato' y 'desorden público. En una redada de película, fueron detenidos los días previos a la visita del Papa Benedicto XVI a Cuba, el pasado mes de marzo. Las fuerzas antimotines que los arrestaron usaron balas de gomas y excesiva violencia. Como si fuesen terroristas.

Los jueves de cada semana, bien temprano en la mañana, Yamilé deja su niña de 3 años al cuidado de una vecina. Mientras la hija mayor y su sobrina Elaine parten a la escuela, ella se echa al hombro una jaba de 10 kilos de peso, atiborrada de pan tostado, refresco instantáneo, azúcar, medicinas, aseo y alimentos en conserva envasados en potes plásticos. Es para llevársela a su hermana Sonia, en prisión preventiva en el penal de mujeres de Manto Negro, en las afueras de la ciudad.

Por si no bastara, cada 15 días, vuelve a echarse otra pesada jaba a su espalda. Esta vez para llevarle víveres imprescindibles a su cuñado Ramón al Combinado del Este, la mayor cárcel de Cuba.

La tranquilidad llega cerca de la medianoche. A esa hora, cuando el calor ya ha disminuido, junto a varias vecinas del solar se sienta en un pequeño banco de madera, a charlar sobre los hijos, la carestía de la vida y el incierto futuro.

Igual que a Yamilé, a infinidad de familiares de presos comunes o políticos a lo largo de toda la isla, les ha tocado una dura misión: cargar pesadas jabas, destinadas a sus parientes tras las rejas.

Las familias no han sido juzgadas, pero también se convierten en reos. Muchas veces deben dormir en incómodas sillas, a la espera del tren o el ómnibus que los conduzca a provincias distantes donde los suyos se encuentran cumpliendo condenas.

Ya se sabe de las severas condiciones de las cárceles cubanas. Las autoridades, exprofeso, suelen enviar a opositores pacíficos y presos comunes a reclusorios lejanos de sus domicilios.

Después que en marzo de 2003, en una estrategia errática, Fidel Castro encarcelara a 75 disidentes, esposas, madres, hijas y hermanas se organizaron y crearon las Damas de Blanco. Gladiolos en mano, salían por La Habana a gritar libertad, desafiando la violencia verbal y física de grupos afines al régimen.

En el verano de 2010, el triunvirato formado por Raúl Castro, la Iglesia Católica y el canciller español Miguel Ángel Moratinos llegó a un acuerdo que permitió la libertad de la mayoría de los presos políticos en Cuba.

Pero el gobierno del General no ha dejado de hostigar a la disidencia pacífica. Sobre todo a los más contestarios, como Sonia Garro, Niurka Luque y Ramón Muñoz. Otros, como Antúnez o José Daniel Ferrer, están en remojo.

Castro II no permitirá que los disidentes de barricada salgan a las calles. Utilizará todas las armas a su alcance. Desde los actos de repudio y las golpizas hasta la cárcel. Por su activismo callejero, Sonia, Niurka y Ramón pudieran ser los primeros disidentes sancionados a largas penas bajo el mandato de Castro II.

Si esto ocurriera, Yamilé sabe que durante mucho tiempo tendrá que estar yendo a las cárceles, con pesadas jabas cargadas de alimentos y aseo para su hermana y su cuñado. Pero ella no es mujer de arrugarse ante los problemas. Al ser pobre y negra, si algo en la vida ha aprendido es a pelear a la contra.

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