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Que diga Robertico lo que quiera sobre los espías, el “poder cubanoamericano”, o el embargo (...) Pero que siempre pueda hablar dentro de su país y defender a quienes no tienen un micrófono delante y piensan, como él, que ya es hora de que Cuba cambie. .

Entre las declaraciones del cantante Robertico Carcassés durante el concierto en el Protestódromo, hubo una que me llamó especialmente la atención: “ni militantes, ni disidentes: cubanos todos con los mismos derechos”. Dentro de esa rareza —e indudable acto de valentía personal— que fue el uso de un concierto político televisado en vivo para soltar de repente abiertas críticas a varios dogmas del castrismo, estas palabras recogían un credo más raro aún: un llamamiento al respeto a la discrepancia política.

Mientras que la propaganda oficial, la misma que ha convertido la causa de los espías presos en EE UU en parte del “menú” ideológico obligatorio, no para de repetir que la disidencia cubana es un simple ejercicio de mercenarismo, resulta que un notable músico con indiscutible popularidad tanto en la isla como en los escenarios del exilio opina que los disidentes también son parte indiscutible de la nación cubana y que hay que dejar de ver el espectro político cubano desde unos polos irreconciliables.

Que en ese mismo estribillo Carcassés defendiera el libre acceso a la información (identificado a menudo con el derecho sin mediaciones a Internet) como elemento clave de la opinión pública o clamara por el fin de “los dos bloqueos” resulta un signo de los tiempos que corren en la isla, un índice de las preocupaciones generacionales o del antiamericanismo elemental tras 50 años de propaganda.

Pero fueron sus dos reivindicaciones políticas (el pedido de un voto directo para la elección del presidente del país, y la inclusión de la disidencia dentro del espacio público cubano) las que marcan, sin duda, la relevancia de un suceso que la prensa oficial ha preferido ignorar y cubrir con un manto de cuidadoso silencio.

Siguen callados, también, aquellos a los que una vez llamamos “zombies políticos”, músicos que sin talento o con él parecen preferir el éxito y el dinero a solidarizarse públicamente con el amigo caído en desgracia.

También es cierto que Carcassés no desairó del todo a los organizadores del concierto: tanto en su mensaje como en su posterior carta pública insiste en la liberación de los espías convictos —aunque olvida que ya son sólo cuatro. No cabe duda de que juntar esa liberación con la despenalización de la marihuana (no es otro el sentido de la tal “María” mentada) es un gesto de irreverencia que suscita algunas dudas sobre su condición de vocero revolucionario y muy pocas sobre el profundo desagrado que estas palabras causaron en la conservadora clase política del raulismo. Pero aunque mucha gente, dentro y fuera de Cuba, no esté de acuerdo con la liberación de los Espías o la equiparación del embargo comercial con el embargo de los derechos políticos de los cubanos durante cinco décadas, quienes defendemos la democracia y la libre expresión no podemos menos que reconocer el profundo significado político de estas declaraciones en el actual momento cubano.

“Yo también quiero”, repiten las redes sociales a coro con el músico. Basta pasar por la página oficial de Interactivo en Facebook para darse cuenta del amplio apoyo y el efecto catártico que han tenido sus palabras. Una petición para evitar que sea censurado ha conseguido más de 800 firmas en un día. Músicos que han manifestado muchas veces su apoyo a la Revolución y sus instituciones (Calle 13, Diana Fuentes, Silvio Rodríguez…) se han expresado sin ambages en contra de la sanción del Instituto Cubano de la Música, que pretende hacer de Carcassés una suerte de paria musical, dejándolo fuera de los escenarios y cortándole así cualquier retribución monetaria por su trabajo. Quienes conocemos la manera en que funcionan estas cosas, sabemos que ya a estas alturas la Seguridad del Estado debe estar pensando una manera de ajustar cuentas con el “espontáneo”.

Por eso es importante que, más allá de coincidencias totales o parciales con un credo dicho en menos de tres minutos, más allá de cualquier distancia con estas ideologías transversales propias de eso que ya empieza a tomar forma como una generación postcomunista, con todas sus contradicciones y sus necesidades libertarias, se defienda el derecho a insistir en los derechos de los cubanos a todos los derechos, incluidos los políticos.

Que diga Robertico lo que quiera sobre los espías, o sobre el “poder cubanoamericano”, o sobre el embargo. Que hable, y que confronte la realidad. Pero que siempre pueda hablar dentro de su país y defender a quienes no tienen un micrófono delante y piensan, como él, que ya es hora de que Cuba cambie.

La censura que ahora padece Interactivo no es cualitativamente diferente de la represión que resta legitimidad a la disidencia política; quienes lo llaman oportunista o egoísta son los mismos que quieren mantener el silencio sobre cualquier reivindicación elemental, mientras siguen disfrutando de las prebendas oficialistas o están bien instalados en el nuevo esquema de nepotismo clasista.

Ya empezó el miedo. Ya está en marcha la operación para intentar desprestigiar y linchar al mensajero, que se atrevió a vencer el tabú de “lo político” para decir alto y claro lo que muchos cubanos piensan y para lo que ya no quieren seguir esperando un permiso.

(Publicado originalmente en Penúltimos Días el 09/17/2013)

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