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No existen dudas de que el 10 de octubre de 1868 comenzó la más larga y sangrienta guerra por la independencia cubana.

En aquellos momentos, los cubanos eran súbditos de tercera categoría de la corona española y habían fracasado todos los esfuerzos por cambiar esta situación por vías pacíficas y parlamentarias.

Por supuesto, que no fue esta la primera intentona cubana por sacudirse de encima la tutela peninsular pero por conveniencias y razones de todo tipo, se ha consagrado esta fecha como el inicio de nuestros esfuerzos independentistas y a la región oriental como la cuna de un empeño que tuvo otros lugares de origen y otros precursores.

Los esfuerzos por terminar con la influencia española en los asuntos cubanos parecía que se habían redondeado y consolidado exitosamente con la proclamación de la república el 20 de mayo de 1902, pero no fue exactamente así. El ex presidente Ramón Grau San Martín uno de los mejores, si no el mejor presidente cubano durante la etapa 1902-1958, impuso a los propietarios españoles la obligación de contratar cubanos en una proporción del 50%, amén de que mantuvo una postura vigilante, frente a los falangistas del momento dentro y fuera del clero de una iglesia, que históricamente nunca fue cubana o mantuvo una postura de iglesia nacional, como la que mantuvo y mantiene la iglesia católica polaca.

Luego de numerosas guerras, entre las cuales, la que se inició el 10 de octubre, fue como ya se ha dicho la más sangrienta y la más promocionada, España consiguió regresar por sus fueros en Cuba. El caudillo Francisco Franco apoyó a su par cubano Fidel Castro en forma más o menos velada hasta su muerte en 1975. Más adelante, el socialista Felipe González dio el apoyo decisivo para que la dictadura militar totalitaria y antiimperialista de la familia Castro sobreviviera la caída del campo socialista y el fin de la URSS. En 1992 este apoyo fue ciertamente decisivo.

Luego de un paréntesis de decencia durante el gobierno de José María Aznar, llegó el también socialista Rodríguez Zapatero y con él, un reforzamiento de la colaboración hispana con la dictadura a partir de los múltiples vínculos de negocios que subsisten en la actualidad y que marcan pauta en el actual gobierno de Mariano Rajoy.

La negativa española para abrir o exigir una investigación independiente sobre la muerte en circunstancias dudosas del líder del Movimiento Cristiano Liberación, Oswaldo Payá Sardiñas y su secretario Harold Cepero, marcan la pauta del colaboracionismo con la dictadura cubana, que no tiene visos de cesar. Esto va unido a la depreciación que desde España tiene lugar contra lo cubano. Esta depreciación marca pautas en la imposición desde la literatura de una visión de la marginalidad presente en la Isla, en la forma más distorsionada que alguien pueda concebir.

De vuelta con el 10 de octubre, saludemos la fecha en el marco estricto de la verdad histórica, como un esfuerzo independentista muy meritorio, entre otros igualmente meritorios. Que Carlos Manuel de Céspedes sea uno de los padres de la patria, junto a Francisco Vicente Aguilera, Joaquín de Agüero, Salvador Cisneros Betancourt y otros con iguales méritos.

En relación con las supuestas o reales cunas de la rebeldía nacional, remitámonos a hitos que precedieron a la asonada bayamesa de octubre de 1868. Así, con méritos de sobra, podrían ser La Habana de los vegueros sublevados o del maleconazo, el Camagüey de Joaquín de Agüero o esa Cárdenas de Narciso López, donde en la actualidad, los seguidores de los descendientes gallegos del Castro de Birán, maltratan Damas de Blanco.

De acuerdo con la cita hecha en su trabajo, "Rebeldes y rebeliones", el colega Frank Cosme nos aporta que: "El conocido historiador cubano Ramiro Guerra en su obra 'Manual de Historia de Cuba' reconoce indiferentemente que, -los iniciadores de las trasformaciones sociales muchas veces son opacados por los impetuosos y audaces-". Yo iría un poco más allá y diría que más que los audaces e impetuosos, se imponen los manipuladores, los tramposos y los mediáticos. Pero estaría dispuesto a aceptar que es así y solo así que se escriben las historias, cuando son reales.

Entonces recordemos el 10 de octubre en el marco estricto de la verdad, sin categorizaciones mentirosas o interesadas. Rindamos tributo a los próceres de esa fecha sin grandilocuencias, con justicia y en respeto total a una verdad que en su momento, nos hará libres.

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