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Esperando a la "prima Vera"


Detalle de un cartel sobe la Primavera Negra cubana del 2003.

En las oscuras actualidades de Rusia, Turquía, Irán, China y Cuba, la primavera luce lejana.

De Praga a París (1968), de Túnez a El Cairo (2011), la "primavera" es una etiqueta histórica y periodística asociada con despertar, progreso, rebelión, ruptura y evolución. O al menos la ilusión y esperanza de llegar a ello.

Por eso en el caso de La Habana 2003 se le agrega el adjetivo estereotipado de primavera "negra", en referencia a la oscura represión draconiana que incluyó severas penas de cárcel, posibles gracias a la complicidad y apatía internacionales, como siempre ha sido en el caso de la isla olvidada por la Historia.

Hoy, con el planeta tan desencajado como está -donde ni el triunfo de una película en el Óscar se puede aplaudir con certeza debido a un sobre traspapelado por subir fotos a Twitter-, son muchos los suspiros por primaveras que promuevan cambios hacia la civilidad extraviada entre el terrorismo y la frivolidad. El primero atenta contra la vida física y el segundo contra las neuronas. Tanto daño puede hacer quien explota y acribilla, como quien confunde fama con intrascendencia y cree que seguirle la vida a una familia ociosa por TV y revistas, es cultura.

En las oscuras actualidades de Rusia, Turquía, Irán, China y Cuba, la primavera luce lejana. Allí, ni las flores parecen atreverse a salir sin el visado de la férrea burocracia que todo lo controla y patea. Mientras, en Estados Unidos, y particularmente en Washington, capital famosa por los cerezos en abril, de repente para algunos la primavera se ha vuelto más necesaria que nunca.

Mentiras, insultos, alergia a la crítica, paranoia, discriminación, prensa-fobia, conflicto de intereses, chovinismo, improvisación y hasta descortesía de no darle la mano a una sexagenaria, de paso la dama más poderosa del mundo... No es ficción, sino escenas que se han padecido en Washington apenas en los últimos dos meses, y que palabras más, palabras menos, recuerdan a la Caracas de 1999, cuando la llegada de la "revolución" comenzó con imponer un discurso agresivo y patán, nada florido, ultrajando
el concepto de poder democrático.

Allá la fórmula funcionó por varios años, gracias al alza estratosférica de los precios del petróleo, unida al fracaso de la institucionalidad, la intelectualidad y el empresariado venezolanos, frágiles ante las alfombras que el caudillo folklórico, militar y golpista halaba bajo sus pies.

¿Sucederá lo mismo en Estados Unidos? Es muy temprano para decirlo y de entrada luce forzado comparar las instituciones y economías de ambas naciones. Y sin embargo, justamente por eso alarma tanto que se asomen similitudes que comienzan en el discurso personalista, pero no terminan allí.

Ambos casos, también, son frutos de la farándula: intentos de golpe de estado televisados y un programa despótico de "aprendizaje" empresarial.
Otra alarmante "coincidencia" es el tropel informativo, la constante sucesión de escandalitos y chismes que dejan al oyente aturdido o anhelante -según sea crítico o admirador del mandatario-, pero que en cualquier caso dificulta la capacidad de reacción o simple registro y seguimiento en la memoria. Bombardeo no sólo en cantidad, sino en variedad temática, generando la peligrosa sensación de omnipresencia todopoderosa, absolutismo e
invencibilidad (¿o mejor decir imbecilidad?).

En Estados Unidos, la suerte del caudillismo y la necesidad de un despertar están por definirse. Irónicamente, de momento la posibilidad de una primavera institucional en Venezuela parece depender de la OEA y la Casa Blanca, ambas con sede en Washington, donde los cerezos no han dejado de florecer puntualmente a la vera del camino... hasta ahora.

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Andrés Correa Guatarasma es corresponsal y dramaturgo venezolano residenciado en Nueva York, afiliado a la Academia Norteamericana de la Lengua Española, el Dramatist Guild of America y la Federación Internacional de Periodistas.

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