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Cuando Picasso fue sospechoso de robar la Mona Lisa


En la medida en que crecía la serie de cuadros que el genio malagueño iba creando, desaparecía la misma cantidad de pinturas del museo...

Por estos días se cumplieron cien años del robo del cuadro más famoso del mundo, La Gioconda o Mona Lisa, que fue sustraído de forma inexplicable del Museo del Louvre, y aunque fue recuperado dos años después en Florencia, la ciudad en la que se cree que Leonardo Da Vinci lo pintó entre 1503 y 1506, el móvil del robo aún no ha sido aclarado del todo.

Lo que se sabe es que el autor material del hurto fue un obrero italiano llamado Vincenzo Peruggia, que había trabajado como cristalero precisamente en el cuadro que después se robaría de manera espectacular.

Peruggia, que logró sacar la pintura del Louvre con sorprendente facilidad, fue detenido en Florencia cuando intentaba vendérsela al anticuario Alfredo Geri, quien alertó a la policía.

El ladrón siempre sostuvo hasta su muerte que había actuado solo y que lo había hecho para devolverla al país de origen de la obra, de donde él creía que había sido robada.

Pero los argumentos del móvil del robo alegados por Peruggia nunca convencieron del todo a las autoridades francesas, quienes sospecharon que alguien con intereses de mayor peso estaba detrás de él, y movieron su brújula en otra dirección para intentar atrapar a ese autor intelectual.

Entre los sospechosos en la mira de los investigadores estuvieron por mucho tiempo el poeta francés Guillaume Apollinaire y el pintor español Pablo Picasso. Éste último, por haber comprado unas pequeñas estatuas ibéricas al belga Honoré Joseph Géry que las había robado del Louvre. Y el primero, por haber dado empleo a Géry.

El poeta fue detenido y encarcelado en la prisión de La Sant de París por unos días, mientras que Picasso sólo fue interrogado por la policía.

Por suerte para ambos, entonces unos artistas muy jóvenes, las pistas que siguieron apareciendo fueron múltiples y desviaron la atención hacia otros posibles autores.

Otra razón que se adujo contra ambos fue su nada oculto interés en destruir la sonrisa más famosa del mundo, muy en consonancia con sus respectivas posturas críticas entonces para con los museos y el arte académico.

Se sabe que Picasso, en una temporada que pasó viviendo y trabajando en un museo del sur de Francia, utilizó varios cuadros colgados en las paredes como soporte para plasmar sus imágenes expresionistas que hoy son parte del patrimonio de su extensa y admirada obra. En la medida en que crecía la serie de cuadros que el genio malagueño iba creando, desaparecía la misma cantidad de pinturas del museo, y aunque fueron denunciadas como robadas, no fue sino hasta muchos años después que se supo de su paradero cuando los cuadros repintados fueron sometidos a restauración con la técnica del láser.

Vale recordar que la práctica de pintar sobre obras realizadas no fue una excentricidad exclusiva de Picasso. Muchos maestros renacentistas también pintaron sobre otros cuadros que consideraban mediocres, y era además una forma de ahorrarse el material sobre el que crearon muchas obras que cuelgan hoy precisamente en el museo del Louvre.

En cuanto a los motivos que asegura Peruggia que lo llevaron a cometer el acto, es decir, que el cuadro fue robado de Florencia y el sólo quería devolverlo a su región de origen, existen otras versiones muy difundidas sobre la llegada a la corte francesa de la obra maestra de Leonardo. El Louvre precisa que fue el mismo artista quien la llevó a Francia y su alumno y heredero, El Salai, la devolvió a Italia, aunque no está claro cómo apareció en la colección de Francisco I -en cuya corte desempeñó Da Vinci su talento en los últimos años de su vida-, ni en las habitaciones de Napoleón III, quien la devolvió al Louvre para que llegara a ser la obra de arte más visitada del mundo y también, sin duda, el mayor enigma en la historia de la pintura.

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