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El mismo muro que en tiempo de tormentas defendía la zona de la mar embravecida, que le perdonó infidelidades y pecados, se había convertido en universo de trovadores, de vendedores buscavidas, y de jovencitas y jovencitos que cambiaban besos al turista por cualquier cosa...

Desde que descubrió la vida lo primero que acaparó su atención fue el viejo y extenso muro que lograba divisar trepada en una silla desde una ventana del apartamento donde nació, creció y abandonó cuando decidió fijar residencia en el extranjero.

Con egoísmo inmoderado y sin pedir permiso hizo suyo el sector que flanquea desde la calle “J” hasta La Chorrera, a la altura de la calle “18” en la llamada zona baja de la otrora acomodada barriada habanera de El Vedado.

Pasaba horas contemplando las olas y el mar azul a lo largo del espigón de esa vía, verdadero pulso de la capital, sitio de ternezas para declarar amores, decir adiós, pescar, leer, en fin, soñar.

A escondidas de sus padres, en aquellas cálidas aguas tiró sus primeras brazadas, jugueteó sobre el arrecife, por cierto hoy lleva la marca imborrable que le dejó el diente de perros por andar de intrusa sobre sus predios.

Con el discurrir de los años, apareció la desesperanza y el desengaño, terminaron los baños de mar en la zona conocida como La Escalera, justo frente al Hotel Riviera, o en aquella transformación impuesta por la naturaleza en la calle “B” que los nadadores del barrio bautizaron como El Cable.

Hurgando en la historia de la capital cubana, conoció que el primer nombre del Malecón fue Avenida del Golfo. Una historia que comenzó en 1819 cuando se puso en práctica el llamado “ensanche de extramuros”, pues La Habana iba creciendo y el tramo del litoral desde la entrada de la bahía hasta el Torreón de San Lázaro, era solo un espacio abierto de roca y mar, hermoso pero sin otra señal que lo inhóspito del lugar.

En nuestra conversación se refirió con desenfado a los interminables apagones nocturnos de la segunda mitad de la década de 1990 en pleno periodo especial, cuando el calor tórrido la arrastraba fuera de su casa hasta el Malecón.

El mismo muro que en tiempo de frentes fríos o tormentas medianamente defendía la zona de la mar embravecida, que le perdonó infidelidades y pecados, se había convertido en universo de trovadores llenos de encanto y de poesía, de vendedores buscavidas, (lo mismo de comida casera, que de chispa de tren), y de jovencitas y jovencitos que cambiaban besos al turista por cualquier cosa, entre otros moradores singulares que conjuraban las carencias de la cotidianeidad.

Era de las que siempre asumía la misma postura, de espaldas a la ciudad, atenta al momento en que de entre las sombras agolpadas en el muro escapaba el pentagrama furtivo de “Ya Viene Llegando”, la canción de Willy Chirino que entonces era himno de rebeldía en una especie de mezcla de indolente subversión e incertidumbre por el futuro político de la isla.

En silencio, con la mirada extraviada en la inmensidad del océano, soñaba con ultramar. Dos décadas después de un exilio voluntario, el personaje que inspira esta pieza repasa con alegría y nostalgia los pasajes pasionales del Malecón, sin permitirme mencionar su nombre porque simplemente no quiere.

Una noche sin estrellas de 1987 se apropió de un espacio en el muro, justamente frente a la Piragua, por primera vez dijo sentirse libre porque allí, con la ciudad a oscuras otra vez, amó sin represión.

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