Enlaces de accesibilidad

Hoy se cumplen 25 años de su muerte y me parece tenerlo frente a mí, con su mirada de penumbra, su permanente sonrisa de tristeza contenciosa y nuestras respectivas manos entrelazadas de cordialidad.

Si algún personaje de los que he conocido en mi vida de escritor y periodista, dejó en mi alma un raro sentimiento de premura, fue cuando estreché la mano -en una tarde soleada de Caracas en 1983- del escritor Jorge Luis Borges.

Hoy se cumplen 25 años de su muerte y me parece tenerlo frente a mí, con su mirada de penumbra, su permanente sonrisa de tristeza contenciosa y nuestras respectivas manos entrelazadas de cordialidad, diciéndome dos cosas, dos frases cortas, dos expresiones cortantes, que no olvidaré nunca:

‘Pobre Cuba’ -a lo que añadió con profundo sentido del maestro que aconseja a su alumno escritor, ‘No te apures nunca en publicar tu obra’.

Agradeceré con enorme gratitud a mi amigo escritor, poeta y ensayista venezolano, ya fallecido, Juan Lizcano, director de la Editorial Monte Avila, que me haya invitado a ser parte de aquel grupo de jóvenes escritores que acompañaron a Borges a cumplir con su deseo de ver una ‘coleada de toros’ en Caracas.

Inolvidable, como Borges que no veía -cuando soltaban al toro y el caballo con su jinete se lanzaba a cogerlo y tumbarlo por el rabo- bajaba su cabeza y escuchaba con atención franciscana los pasos apresurados de los animales.

Pienso que más que escuchar, olfateaba la vibración del drama existencial de una fuga animal.

El coleo de toros es un deporte típico de la ganadería en Venezuela desde mediados del siglo XVI. Con la formación de los hatos ganaderos, era muy común atrapar a los toros que se escapaban de la manada, atrapándolos por el rabo hasta derribarlos. En la actualidad el coleo se ha reglamentado y se ha extendido a Colombia.

Pero Jorge Luis Borges nos deja mucho mucho más que esta anécdota inolvidable de una tarde en Caracas: su extenso poemario casi mágico, que transitó desde los arrabales de su niñez hasta la vigilia misteriosa de William Blake y el amoroso zumbido de Walter Whitman, pasando por lo aparentemente menos paradójico, de que los clásicos que fueron los primeros en descubrir el espíritu, nos enseñaran de que la literatura nacía con el verso.

También la rica prosa de Borges, que arranca por el altruismo barroco, termina escudriñando las honduras de la filosofía -Berkeley y Shopenhauer- y por supuesto no puede dejar de abrazar con ardiente pujanza el infinito laberinto de lo universal, para terminar confesando con humildad pagana, que la ceguera es lo que más había influido en su vida.

Permita el amigo lector, que a los 25 años de la muerte del maestro Jorge Luis Borges, prefiera reverenciarlo cuando entrelazó mi mano aquella tarde en Caracas y me dijo en susurro íntimo y solidario:

¡Pobre Cuba! Ya entonces yo era un exiliado más de un país ensombrecido por la crueldad del comunismo.

XS
SM
MD
LG