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"Con un cocuyo en la mano"


Luna.

El autor cede a la tentación de explicar lo más sencillo.

Partir de aquello que parecería incapaz de sugerir algo que no se supiera a pies juntillas, y más que escribir, fabular e ir volcando en el ordenador el resultado de esa fabulación, volcándolo sin pretensiones, como si sólo se tratara de un apunte.

Entre los versos más populares de la poesía cubana se encuentran los que inician una décima de Juan Cristóbal Nápoles Fajardo, El Cucalambé (1829-1859), retrato más bien de un remoto antepasado de todos los que hemos nacido en la isla:

Con un cocuyo en la mano
y un gran tabaco en la boca,
un indio desde una roca
miraba el cielo cubano.

La estrofa suele decirse de memoria y hasta con una sonrisa, como si divirtiera o, por su sencillez, cupiera el peligro de que su evocación nos avergonzara ante los enemigos de la tradición o devotos a ultranza de lo más complejo. Pero basta releerla desprejuiciadamente para descubrir que está llena de melancolía y hermosura; una hermosura a la que sólo se tiene acceso entrelíneas: el aborigen contribuye a la luminosidad de la noche cubana incorporando a ella dos luces, la del insecto que ha capturado y la de la punta encendida del cigarro que fuma.

Hablo de melancolía porque ese aborigen no escruta el cielo mientras pasea con su mujer o un grupo de amigos sino en la más absoluta soledad, sentado sobre una roca que tan pronto pudiera coronar un monte como asomarse al mar, fija la mirada en una lejanía que, para el hombre primitivo, tiene que haber entrañado un misterio superior al que aún entraña para nosotros.

¿Qué pensaría mientras contemplaba el espacio estelar y advertía la similitud entre las estrellas y los cocuyos?

¿Qué, ante la similitud entre la punta incandescente de su cigarro y la luna rojiza que El Cucalambé soslaya pero yo presiento?

¿Qué, ante la similitud entre las volutas de humo que exhalaba y las nubes que recorrían el firmamento? ¿No sería todo lo mismo? ¿Las estrellas, una bandada de cocuyos inmóviles? ¿Los cocuyos, una de estrellas fugaces? ¿La luna, el extremo de un habano arquetípico? ¿Las nubes, bocanadas de humo? ¿El fumador oculto tras ellas, el mayor de sus dioses?

El solitario tiene que haberse sentido parte de una realidad que lo sobrepasaba, que haber interrogado esa realidad y haber fabulado lo suyo a partir de ella, tal y como fabulamos nosotros a partir del espejo al que nos enfrenta su retrato, desde el cual, como él desde su roca, escudriñamos el destino de Cuba, un ámbito más insondable que el cielo nocturno.

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    Orlando González Esteva

    Nació en Palma Soriano, Cuba. Reside en Estados Unidos desde 1965. Sus poemas, que al decir del escritor Octavio Paz hacen “estallar en pleno vuelo a todas las metáforas”, aparecen publicados en Mañas de la poesía, El pájaro tras la flecha, Escrito para borrar, Fosa común, La noche y los suyos y Casa de todos. Es también autor de los siguientes ensayos de imaginación: Elogio del garabato, Cuerpos en bandeja, Mi vida con los delfines, Amigo enigma, Los ojos de Adán y Animal que escribe. El arca de José Martí. González Esteva ha ofrecido lecturas de versos, charlas y talleres en Estados Unidos, España, Japón, Francia, México y Brasil, y ha desarrollado una intensa labor cultural en los medios literarios, artísticos y radiofónicos de Miami.

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