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Había conquistado dos oros olímpicos y tres campeonatos mudiales. Pura voluntad, nada de ideologías...

Cuando un país se va por el tragante se lo lleva todo. El doble campeón olímpico Mario Kindelán Mesa vendió sus dos medallas de oro antes que acabaran los juegos de Río 2016, así lo cuenta en un breve documental rodado en La Habana por el realizador Justin Henning.

“Yo fui el mejor boxeador libra por libra del mundo. Fui acechado por las grandes industrias del deporte (SIC) para que desertara, para que decepcionara a mi comandante”, dice un Kindelán hoy en retiro activo y entrenando a unos niños en un viejo local a punto del derrumbe.

Creo en Fidel, como cualquier religioso cree en Cristo

La película pasa por unos cuadros fílmicos donde se ve el malecón habanero, unos cubanos jugando dominó y la boxeadora Namibia Flores tirando unos jabs al aire.

Kindelán explica cómo fue del fervor filocastrista en que lo formaron, hasta la decepción que lo ha llevado a vender sus medallas. “Creo en Fidel, como cualquier religioso cree en Cristo”, asegura el pugilista, mientras se pasa la mano por el rostro sudoroso.

La casa de Kindelán está enclavada en un viejo edificio de La Habana, las paredes descascaradas y llenas de retratos de Fidel Castro, el Che Guevara y Pablo Milanés. Asegura que en los Juegos de Buena Voluntad en Nueva York, en 1998, le ofrecieron 1 millón de dólares para que pasara al profesionalismo y lo rechazó: “¿Voy a traicionar a Fidel? ¿Voy a traicionar a la revolución?”, se pregunta cuando sabe que nadie más que él mismo puede responder.

En 1962 Fidel Castro prohibió el boxeo profesional en Cuba e hizo de este deporte un modo de enfrentamiento con su eterno enemigo, los Estados Unidos.

Lo que no cuenta el documental

A Kindelán le dijeron en su natal Santiago de Cuba, cuando apenas era un adolescente, que no servía para el boxeo y dos años después se coronó campeón de los Juegos Nacionales Escolares, desde Holguín, a donde lo llevó su madre a vivir. En la década siguiente había paseado la distancia de los pesos menores en el país. Entonces un día tomó Furocemida para provocarse abundante orina y no subir de peso, pero un control antidoping interno lo sacó del ring por dos años.

Se fue a vender croquetas en las calles de Holguín, a administrar los timbiriches estatales que ya no funcionaban y volvió para vencer a oponentes como el criollo Diosvelys Hurtado, el boricua Miguel Cotto y su más fiero rival, el paquistaní, ya entonces británico, Amir Khan.

Había conquistado dos oros olímpicos y tres campeonatos mudiales. Pura voluntad, nada de ideologías, pero él no lo sabe.

Kindelán está anclado en la vieja retórica de la emulación socialista de esperar que lo premien con algo que él mismo pudiera comprarse como una nevera para enfriar el agua o una ‘caja tonta’ para ver la televisión.

Él cree que Fidel es un dios y espera un milagro.

Este post fue publicado originalmente en el blog Cruzar las alambradas.

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    Luis Felipe Rojas

    Luis Felipe Rojas Rosabal, 1971. Narrador, poeta y realizador audiovisual. Tiene publicados -entre otros- los poemarios Para dar de comer al perro de pelea (2013) y Máquina para borrar humanidades (2015). Conduce el programa Contacto Cuba, de Radio Martí. Periodista dedicado al tema de los Derechos Humanos, ha recibido seminarios de la Universidad Internacional de la Florida (FIU) y la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP). Lector voraz, amante del running, las artes plásticas y la música alternativa. Es autor del blog Cruzar las alambradas . Siga a Luis Felipe Rojas en @alambradas.

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