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Comunismo contra la religión: 100 años de historia (Cuba, IV parte)


Expulsión de sacerdotes de Cuba.

A la revolución castrista le tomó apenas un par de años desmantelar las instituciones religiosas en Cuba, y reducir al silencio a la Iglesia que quedó acorralada en la isla.

Ese fue el mismo tiempo que le tomó a Fidel Castro para desdecirse de sus promesas democráticas, cuando arribó al poder en enero de 1959. “No he sido nunca ni soy comunista. Si lo fuese, tendría valor suficiente para proclamarlo" (...) "Sé que están preocupados de si somos comunistas. Quiero que quede bien claro, no somos comunistas. Yo no soy comunista ni tampoco el movimiento" en declaraciones a la prensa en La Habana, el 13 de Enero de , 1959.

No soy comunista, dijo Castro a la prensa.
No soy comunista, dijo Castro a la prensa.

Hasta que se definió como “marxista-leninista” el 2 diciembre de 1961 en la televisión cubana: “Lo digo aquí con entera satisfacción, y con entreza franqueza: soy marxista-leninista y seré marxista-leninista hasta el último día de mi vida”.

Aunque los católicos cubanos, como el resto de los cristianos, fueron en principio participantes activos en la revolución, a la que apoyaron en su lucha armada contra la dictadura de Fulgencio Batista, el régimen comunista impuesto por Castro, los persiguió, encarceló, los redujo al silencio y al exilio y en decenas de casos fueron asesinados frente al paredón de fusilamiento.

El mismo año del triunfo revolucionario, se produjeron eventos políticos que plantearon a los demócratas cubanos serios interrogantes sobre el destino del país: la renuncia del presidente Manuel Urrutia, el arresto del comandante Hubert Matos, la deserción del Jefe de la Fuerza Aérea, comandante Pedro Luis Díaz Lanz, la imposición de la dirigencia en la Central de Trabajadores de Cuba y la Federación de Estudiantes Universitarias, entre otros.

En noviembre de 1959 se celebró en La Habana el Congreso Católico Nacional. La imagen de la Virgen de la Caridad del Cobre fue llevada a la capital en el avión presidencial. Fidel Castro, el presidente Osvaldo Dorticos, y varios ministros y comandantes guerrilleros asistieron a la misa de clausura en la Plaza Cívica (hoy plaza de la Revolución), colmada por casi un millón de personas.

La revista Bohemia dijo que había sido “la más grande muchedumbre jamás reunida en Cuba”. Sería también la última manifestación pública para los católicos cubanos, hasta la visita del Papa Juan Pablo II a Cuba, casi cuarenta años después, en enero de 1998.

Mons. Pérez Serantes.
Mons. Pérez Serantes.

El distanciamiento entre la revolución, y los cristianos, comenzó a producirse en el año 1960, ante el avance de los comunistas en los puestos claves del gobierno y las Fuerzas Armadas. “No puede decirse que el enemigo está a las puertas, porque en realidad está dentro, hablando fuerte, como quien está situado en propio predio”, advertía en una carta pastoral Monseñor Enrique Pérez Serantes, Arzobispo de Santiago de Cuba, quien intervino para salvar la vida de Fidel Castro tras el fallido ataque al Cuartel Moncada en 1953.

Los Obispos cubanos, dejaban claro la posición de la Iglesia, en una declaración publicada el 7 de agosto de 1960.

“La Iglesia está hoy estará siempre a favor de los humildes, pero no está ni estará jamás con el comunismo…La mayoría absoluta del pueblo cubano que es católico, sólo por el engaño o la coacción podría ser conducida a un régimen comunista”.

El intento de una Iglesia Revolucionaria

En medio del clima hostil contra la Iglesia y el calificativo de “contrarrevolucionario” a quienes criticaban el creciente auge del comunismo, el régimen ensayó la creación de una Iglesia Nacional, al estilo de la organizada en China, una década antes.

“Con la Cruz y con la Patria” fue el nombre de este movimiento encabezado por dos “católicos revolucionarios”, Antonio Pruna y Lula Horstman, asesorados por el sacerdote Germán Lence.

El proyecto de división no prosperó y sus acciones se encaminaron a crear desórdenes en los templos. Tales acciones habían alcanzado para entonces categoría nacional, dirigidas por turbas que enarbolaban los calificativos de “curas falangistas” o “esbirros con sotanas”.

Uno tras otro el gobierno fue clausurando los espacios religiosos de que disponía la Iglesia en la prensa escrita, la radio y la televisión, entre ellos Un mensaje para todos, de CMQ Televisión, el programa de la Acción Católica Universitaria por Telemundo, y el programa radial Por un mundo mejor, dirigido por la Acción Católica. También se prohibieron espacios de iglesias protestantes como La hora bautista.

Fidel Castro cerraba ese año definitorio con un vitriólico discurso contra la jerarquía católica, pronunciado en la Universidad de La Habana.

“¿Qué derecho tienen a inmiscuirse en los problemas políticos? Y una de las cosas en que más insisten es en el problema del comunismo, y en plan de emplazar al gobierno. En primer lugar, debemos decirles que el gobierno no tiene que darles cuenta alguna a los señores arzobispos de su conducta, el Gobierno Revolucionario no tiene que rendir cuentas de sus actividades políticas al clero falangista (Aplausos prolongados)”.

El enfrentamiento tuvo su punto culminante en 1961.

Horas antes de que se produjera la invasión de Girón, el gobierno desató una ola de detenciones masivas en todo el país. Blanco preferido de estas detenciones fueron los católicos.

Todos los sacerdotes, religiosos y religiosas, fueron retenidos en sus casas y custodiados por soldados o milicianos. Se cerraron y ocuparon todas las instalaciones de las organizaciones católicas. El Arzobispo de La Habana, Evelio Díaz y su Auxiliar. Eduardo Boza Masvidal, fueron encerrados durante varios días en el G2. El Cardenal Artega y el obispo de Pinar del Río, Rodríguez Rosas, buscaron refugio provisional en la Embajada de Argentina.

En la ciudad de Camagüey, fueron encerrados y vejados -en el colegio de los escolapios-, los sacerdotes junto al Obispo, Mons. Carlos Rui a quien le arrancaron la cruz pectoral. Las turbas del régimen asaltaron el convento de La Merced y la Iglesia de la Soledad, en esa ciudad. Acciones similares se llevaron a cabo en el resto de las provincias.

Durante las semanas siguientes los sacerdotes extranjeros fueron conminados a salir del país. No se promulgó ninguna ley al respecto, pero todos recibieron la visita de funcionarios del régimen para comunicarle verbalmente la expulsión.

El 6 de junio de 1961, se decretó la Ley de Nacionalización de la Enseñanza. Unos 350 colegios católicos y 100 protestantes fueron confiscados en todo el país junto a dos universidades católicas, una protestante y otra de la masonería.

Monjas expulsadas de Cuba.
Monjas expulsadas de Cuba.

En esa fecha, quedaban en Cuba 723 sacerdotes, de los cuales 483 eran miembros de órdenes religiosas, casi todos dedicados a la enseñanza. Lo mismo sucedió con las 2,225 monjas y religiosas, en su mayoría educadoras. Todos quedaron de inmediato sin techo y sin trabajo y abandonaron el país enviados por sus superiores a otros países de América Latina o Europa.

El golpe de gracia se produjo el 8 de septiembre de 1961. Ese día el gobierno prohibió horas antes la tradicional procesión de la Virgen de la Caridad del Cobre, en la parroquia habanera que regía entonces, Mons. Eduardo Boza Masvidal, quien cerró el templo para evitar incidentes.

A pesar de la suspensión, unas cuatro mil personas se concentraron frente al templo a la hora señalada para la procesión. Después de tomar una imagen de La Caridad de una casa cercana se dirigieron hacia el Palacio Presidencial, gritando Cuba Si, Rusia No, y Viva Cristo Rey.

El choque con la policía fue inevitable. Hubo porrazos, disparos, heridos y un muerto: Armando Socorro, miembro de la Juventud Obrera Católica. El gobierno recuperó el cadáver, lo alejó de su familia y lo presentó como un mártir revolucionario.

La Central de Trabajadores de Cuba, controlada por los comunistas culpó a “un francotirador, el sacerdote Agnerio Blanco Blanco” de su muerte. La mentira fue publicada en los medios de prensa, aunque no pudo ser sustentada legalmente: El padre Blanco, coadjutor de la parroquia La Caridad, se encontraba ese día en Nueva Gerona.

Como reacción a estos hechos el gobierno desató una ola de asaltos a las principales iglesias del país y la detención de números sacerdotes y religiosos que en número de 132 fueron expulsados de Cuba, nueve días más tarde, el 17 de septiembre de 1961 en el buque Covadonga, que los trasladó a España. El Obispo Auxiliar de La Habana, Monseñor Eduardo Boza Masvidal, formó parte de los deportados.

Para fines de 1961 el gobierno había completado desmantelamiento de las estructuras eclesiales y los movimientos de acción católica en la isla.

Decenas de sus miembros, involucrados en movimientos políticos anticomunistas, enfrentaron el paredón de fusilamiento en nombre de la fe que profesaban.

Los jóvenes Virgilio Campanería, Ángel y Alberto Tapia Ruano, miembros del Directorio Revolucionario Estudiantil, integrado en su mayoría por jóvenes cristianos, enviaron a sus familiares sendas cartas de despedida, horas antes de su fusilamiento en La Cabaña el 17 de abril de 1961, que pueden citarse entre muchas otras a manera de ejemplo.

“Puedo asegurarles que nunca he tenido tanta tranquilidad espiritual como en este momento; me siento con sinceridad muy contento presintiendo que dentro de poco estaré con Dios, esperando y rezando por Uds.”, escribió Virgilio.

Ambos enfrentaron el fusilamiento al grito de Viva Cristo Rey, al igual que lo hicieron cientos de otros jóvenes durante los duros años de la represión política.

Tras sucesos de 1961 se produjo el silencio. La Iglesia y los católicos fueron mantenidos dentro de estrechos límites de supervivencia.

En 1963 murió en La Habana el Cardenal Manuel Arteaga y el gobierno negoció con la Nunciatura Apostólica que no se celebrara un funeral público a cambio de la liberación de cuatro sacerdotes que cumplían largas condenas de cárcel.

Fueron liberados los sacerdotes José Luis Rojo, José Ramón Fidalgo, Francisco Fernández y Reinerio Lebroc, que se habían incorporado a principios de los 60 como capellanes de los grupos guerrilleros anticomunistas y fueron acusados de bandidos y contrarrevolucionarios.

La dictadura comunista olvidaba que durante la lucha armada en la Sierra Maestra, media docena de sacerdotes acompañó como capellanes a los rebeldes. Entre ellos, la propaganda destacó al padre Guillermo Sardiñas Méndez, párroco de Nueva Gerona, en Isla de Pinos, primer capellán del Ejército Rebelde, con autorización del Arzobispado de La Habana, quien alcanzó el grado de comandante.

Iglesia casi vacía en Cuba.
Iglesia casi vacía en Cuba.

En 1965 el gobierno arremetió contra los pequeños grupos de católicos que quedaban organizados en distintas provincias de la isla. Sus miembros fueron internados en los campos de concentración de las llamadas Unidades Militares de Ayuda a la Producción (UMAP). Los sacerdotes Alfredo Petit, párroco de la Catedral de La Habana, Armando Martínez, párroco de San Juan Bautista de Matanzas y Jaime Ortega, párroco de Cárdenas, fueron también reclutados para la UMAP.

Para entonces el gobierno había creado la Oficina de Asuntos Religiosos, perteneciente al Comité Central del Partido Comunista de Cuba que, copiadas del modelo soviético y chino, controlaba de las actividades religiosas en el país. Una de esas funciones fue mantener en aproximadamente 110, el total de sacerdotes que durante tres décadas pudieron ejercer en el país.

En abril de 1966, el entonces ministro del Interior, Ramiro Valdés, organizó un complot para incriminar al sacerdote franciscano, Miguel Ángel Loredo, párroco de Guanabacoa, quien disfrutaba a la sazón de una gran popularidad entre los jóvenes.

Loredo fue acusado de dar albergue en el Convento franciscano de San Francisco de Asís, en La Habana Vieja, al ingeniero de vuelo Ángel María Betancourt, quien se encontraba prófugo, tras un frustrado intento de secuestro de un avión de Cubana de Aviación, durante el cual murió el piloto.

En realidad, Betancourt había sido localizado por la Seguridad del Estado en una pequeña finca en las afueras de La Habana. El plan consistió en llevarlo escondido al convento San Francisco, con la ayuda del ex seminarista, Gerardo Pérez, colaborador del régimen y supuesto amigo de Loredo.

Con la presencia de la prensa, citada previamente al lugar, se presentó a Betancourt en el interior del Convento. Loredo se encontraba en ese momento en Guanabo, en compañía de unos amigos. El padre Serafín Ajuria, superior de la Orden, se encontraba en el convento de San Antonio en Miramar. Ambos fueron detenidos. Ajuria, ciudadano español, fue liberado por la mediación de la Embajada de España.

El Convento fue confiscado, así como la imprenta donde antes se editaba la revista La Quincena y que todavía se utilizaba para imprimir algunas publicaciones de la Iglesia.

A Loredo se le acusó de esconder armas. Condenado a 15 años, sufrió el rigor de golpizas, vejaciones y trabajos forzados en las prisiones de Isla de Pinos, La Cabaña, Guanajay y El Príncipe, hasta que fue liberado en 1981.

A fines de la década del 60 se suprimió la Semana Santa y la Navidad. La mayoría de los cubanos dejó de asistir a los templos, de bautizar a sus hijos y celebrar bodas religiosas. En los hogares, se ocultaron las imágenes de los santos.

La dictadura comunista de Cuba dejaba morir en paz a la Iglesia en la isla. Por ese entonces proclamaba su “alianza estratégica” con los cristianos latinoamericanos para procurar su apoyo a la subversión en la región.

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