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Los “compañeros de viaje” y los nostálgicos del comunismo


Comunistas franceses.

« Todo anticomunista es un perro », declaraba el filósofo Jean-Paul Sartre en 1965. Sartre no era militante comunista. Era mucho peor que eso: un « compañero de viaje », de esos que tuvieron que rendir cuentas al Partido para demostrar que no eran unos intelectuales burgueses sino unos soldados disciplinados al servicio del proletariado, porque no tenían la conciencia de la clase obrera, que podía llegar a ser un « intelectual colectivo ». No dejarían de ser nunca pequeños burgueses.

Sartre sobre la URSS
Sartre sobre la URSS

A veces se les podría perdonar ciertos errores, ya que siempre podrían ser útiles, “tontos” o no. A su vez, perdonarían esos eruditos los “errores” de Stalin, de Mao, de Castro y otros muchos, sin jamás reconocer que podían ser horrores, como el Gulag.

Sartre, sin ser el primero ni por supuesto el único, llevó la complicidad con los crímenes de la Unión Soviética y demás regímenes semejantes hasta el paroxismo.

Retrato de Stalin hecho por Picasso a pedido de Aragon.
Retrato de Stalin hecho por Picasso a pedido de Aragon.

Antes que él hubo el poeta Louis Aragon, quien sí era miembro del Partido, que cantaba a la policía política de la URSS, en aquella época el GPU (“Viva el GPU contra todos los enemigos del proletariado”), y a Stalin también, como lo hicieran Pablo Neruda o Nicolás Guillén. No habría que olvidar a Paul Éluard, cuyo poema “Escribo tu nombre, Libertad”, dedicado a la lucha contra el nazismo, se volvió un himno (las condenas de los escritores son a veces selectivas). Hubo tantos… La lista sería interminable. Entre los más destacados, figuró siempre el pintor y en alguna ocasión pésimo escritor Pablo Picasso, un raro ejemplo de oportunismo en todas las etapas de su vida.

Sartre, quien “excomulgó” a Albert Camus, porque éste no podía de ninguna manera justificar los “procesos de Moscú”, no quiso ver nada. “La libertad de crítica es total en la URSS”, escribía. La sociedad iba hacia un “progreso constante”, afirmaba. Después de sus viajes repetidos a la URSS en los años 1950, se decidió sin embargo a condenar la invasión soviética a Hungría en 1956. Pero volvió al redil, a Moscú, y también fue a darle su respaldo a la China maoísta y a la Cuba castrista. De su experiencia cubana de 1960 sacó una serie de artículos titulados “Huracán sobre el azúcar”, en los que tildaba a Batista de “simio” y de “chimpancé”. En otro texto comparaba a su “amigo” Fidel Castro con el poeta místico español San Juan de la Cruz. Más tarde dijo del Che Guevara que era “el hombre más completo de nuestro tiempo”. Se echó para atrás en 1971, a raíz del caso Padilla, como otros muchos, de todas nacionalidades. Tarde, demasiado tarde.

Hay que eximir de esa “ceguera” a unos pocos: al socialista inglés Bertrand Russell, por ejemplo, a los escritores franceses André Gide, cuyo libro "Regreso de la URSS" constituyó una advertencia para los intelectuales, o André Breton, quien apartó a su movimiento surrealista, excluyendo a Aragon y a otros más, de toda clase de complacencia con el terror comunista, después de haber considerado con simpatía en un principio lo que ocurría al este de Europa.

Los demás fueron “los cómplices”, como lo señala el ensayista Thierry Wolton en el tercer volumen de su monumental Historia mundial del comunismo, que acaba de salir publicado, coincidiendo con el centenario de la revolución rusa. Un formidable recuento personal de buena parte de los horrores del siglo XX, que abarca desde Rusia hasta Vietnam y Cambodia, pasando por Cuba evidentemente.

Los dos primeros volúmenes estudiaban los “verdugos” y las “víctimas” con infinidad de testimonios. La obra de Wolton se inscribe en la continuidad del Libro negro del comunismo, publicado en 1997 bajo la dirección del historiador Stéphane Courtois, que cambió la mirada del mundo intelectual sobre ese fenómeno tan cruel y, a pesar de todo, incomprensiblemente aceptado. Courtois publica ahora un volumen un libro fundamental titulado simplemente Lenin. Su objetivo es demostrar que en el leninismo estaba ya escrita la continuación del régimen, que el Gulag fue su obra, simplemente llevada hasta lo inconcebible por Stalin, su sucesor. Es también un análisis psicológico del personaje. Para ello convoca a algún psicoanalista contemporáneo. Estos son algunos de los libros que ritman en Francia el aniversario de la toma del poder por los bolcheviques.

Film francés sobre la educación comunista paterna.
Film francés sobre la educación comunista paterna.

Pero ¿qué queda en Francia de lo que fue otrora una reivindicación obligada para cualquiera que pretendiera formar parte de la intelligentsia? Al igual que en Italia, sigue habiendo una nostalgia de la lucha obrera, reflejada en alguna película como No todo el mundo ha tenido la suerte de tener padres comunistas o en la admiración por las canciones comprometidas del cantante ya fallecido Jean Ferrat, otrora gran amigo de Fidel Castro.

Los sectores obreros que antes votaban invariablemente por el Partido lo hacen ahora en su mayoría por los populistas ultraderechistas del Front National.

Sólo queda, sobresaliendo de entre algunas pequeñas organizaciones de corte trotskista, un gran abanderado del comunismo y del “Terror” implementado por Robespierre en la revolución francesa: el que fuera ministro de François Mitterrand, ex - trotskista y ex - socialista Jean-Luc Mélenchon quien, al frente de los “Insumisos”, una copia de los “Indignados” y los podemitas españoles, llegó a ocupar el cuarto lugar en las últimas elecciones presidenciales de abril-mayo de 2017. Excelente tribuno vindicativo, no duda un instante en apoyar sin vergüenza alguna a los hermanos Castro, a Chávez y a Maduro, a Evo Morales y al ex - presidente Rafael Correa, así como a Putin o a los comunistas chinos. Sigue menospreciando y calumniando a los disidentes, venezolanos y cubanos, encontrando en esos insultos una manera de oponerse al presidente Emmanuel Macron, quien ha tomado claramente partido contra las dictaduras que los persiguen.

Los amigos de Mélenchon y los intelectuales aún nostálgicos de la barbarie, como el filósofo Alain Badiou, quien defiende hasta los Jemeres Rojos camboyanos de Pol Pot, no dejan de ser, sin embargo, una caricatura de los tiempos “gloriosos”, aquellos en que los militantes del Partido y sus “compañeros de viaje” acataban unánimemente la opresión vigente en la “patria del socialismo” y sus satélites.

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