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El bajón del volumen comenzó por la provincia de Guantánamo, en el extremo oriental de la isla donde “ al concluir agosto se había actuado contra unas 447 personas, quienes fueron denunciadas por ruidos estridentes.

En Cuba las malas costumbres se cuantifican. Sus números y categorías pasan a formar parte de las estadísticas oficiales. Sobre todo desde que el gobernante Raúl Castro denunció su proliferación en la sociedad cubana, al hablar en la última sesión del Parlamento.

Una de esas malas costumbres es el ruido excesivo que, además, es nocivo a la salud. Raúl Castro la incluyó en su listado de malos hábitos y costumbres y desde entonces la Policía y otros organismos oficiales no han cesado de buscar a los culpables.

El bajón del volumen comenzó por la provincia de Guantánamo, en el extremo oriental de la isla donde “ al concluir agosto se había actuado contra unas 447 personas, quienes fueron denunciadas por ruidos estridentes en centros recreativos, viviendas y vehículos”, informó el mayor Ramón Miranda, primer oficial de Información y Análisis de la jefatura del Ministerio del Interior (MININT).

Miranda explicó al diario Juventud Rebelde que el MININT continúa trabajando para garantizar el orden y la disciplina ciudadanas, «con un desempeño más activo, enérgico y oportuno contra todas las manifestaciones de ilegalidades e indisciplina sociales».

Con una población de más de 200,000 habitantes, Guantánamo, ciudad cabecera de la provincia, genera ruidos que se convierten en agente contaminante, según Juan Evangelista Centeno, inspector ambiental del Ministerio de Ciencia, Tecnología y Medio Ambiente (Citma).

“Más allá de las evidentes interferencias en la comunicación, los ruidos medioambientales impiden conciliar el sueño, producen dilatación de las pupilas y parpadeo acelerado, agitación respiratoria, aceleración del pulso y taquicardias”, explicó Centeno quien añadió que “a más de 85 decibelios podría disminuir la secreción gástrica, aparecer gastritis, aumentar el colesterol y los triglicéridos, con el consiguiente riesgo cardiovascular”.

La cacería de ruidos en Guantánamo se dificulta porque “nacen de cualquier sitio”, dijo Juventud Rebelde: los espacios públicos, las calles devenidas áreas bailables, la música estridente desde el balcón de una vivienda, un vehículo convertido en discoteca, el claxon de los carros, son algunas de las indisciplinas sociales o falta de civismo denunciadas por Castro en la última sesión del Parlamento.

Llamar al silencio o bajar los decibeles del entorno guantanamero no es tarea fácil. El teniente coronel Javier Correa Pillot, jefe del Minint en el municipio de Guantánamo, reconoció que se necesita actualizar la legislación “que data de la década de los 80 y establece multas de apenas cinco pesos”, aunque aclaró que “cuentan con otros recursos como las actas de advertencia, las alternativas no penales, y la radicación de expedientes judiciales contra los reincidentes”.

Centeno se queja de que el Citma su institución solo cuenta con cinco inspectores ambientales, muy pocos cazadores para tanto ruido y además carece de los equipos necesarios “para mediciones y cálculos sobre niveles de ruido”.

“Tampoco contamos con el equipo de medición sónica, el sonómetro integral clase 1, que mide los valores de ruidos en un área determinada. Nuestros inspectores hacen una evaluación sensorial, diagnostican el problema y recomiendan las medidas para reducirlo”, dijo por su parte el ingeniero Leandro Alonso Betancourt, especialista de Salud Ambiental en la Dirección Provincial de Higiene y Epidemiología.

Mientras el ruido va y viene los encargados de bajar el volumen aseguraron que en Guantánamo “se hará un estudio de ruido mediante un modelo matemático que determinará niveles de ruido vehicular en determinadas arterias de la ciudad, lo cual permitiría a las autoridades locales regular la circulación para beneficio de asentamientos citadinos, centros docentes u otros”.

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