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Cataluña, ¿masoquismo u orgullo?


Un Cristo y una noria observan Barcelona desde la montaña del Tibidabo (foto del autor).

El 11 de septiembre, esta comunidad autónoma celebra una derrota, cuando cayeron en manos de los borbones a principios del siglo XVIII. Su venganza está fijada para el próximo día 27.

Llegué a Cataluña una semana después de los atentados a las Torres Gemelas de Nueva York. Era para no volar esos días, pero había que hacerlo. Escapar de Cuba es un tránsito impostergable cuando se tienen amarrados los billetes de avión y un visado a cualquier destino. Así que Cataluña, específicamente Barcelona, me recibió con una tristeza inenarrable. El impacto internacional del atentado terrorista había ensombrecido la celebración de la Diada Nacional, el propio 11 de septiembre. Para colmo, llovía.

Los catalanes celebran, un día como hoy, pero de 1714, haber caído en manos de las tropas borbónicas. Esto quiere decir que celebran una derrota. Pero la fecha les ha servido para enaltecer el nacionalismo, a través de la figura del que, a la sazón, era el conseller en cap de Barcelona, Rafael Casanova.

Monumento aparte a Casanova –y además de su recuerdo en el nombre de una calle donde por casualidad me tocó vivir una temporada-, la ciudad rápidamente se convirtió en un reto para ser descubierta, por lo bella que todo el mundo sabe que es. Siempre se ha dicho que dentro de una ciudad hay muchas ciudades, las que cada cual trace a su modo.

El hecho es que el mapa que conseguí trazar de Barcelona me tenía contento pero a la vez infeliz. En poco tiempo descubrí que, para los amigos locales, si hablabas el idioma catalán o intentabas hablarlo tenías más puntos a favor, aun cuando era posible coexistir con una lengua común que era el castellano.

La televisión autonómica –la pública- utilizaba la misma receta. Un entrevistado podía no entender el idioma local pero se le dirigían las preguntas en esa lengua, aunque entrevistador y entrevistado dominaran el castellano. Como favor, se le concedía la posibilidad de responder en castellano. En fin, un galimatías difícil de asimilar pero que a la vuelta del tiempo tendría una sola explicación: es cuestión de política, no buscar más razones. Esto es lo aconsejable.

Yo que salía de un nacionalismo, entraba en otro de golpe. Y lo intenté.

Estudié el catalán hasta que me di cuenta que el esfuerzo solo valía la pena para satisfacer un capricho de los políticos. La calle es otra cosa. Es una masa polivalente, bilingüe, dinámica, moderna. Pero la camisa de fuerza estaba allí bajo prescripción facultativa.

El problema con el bilingüismo siguió allí. A diferencia de Miami, donde se habla inglés y español a partes iguales, el tema de la lengua es solamente cuestión de oportunidades, cuestión pragmática que dicta el mercado laboral. No está regulado por estatutos. En Cataluña, ya lo habíamos dicho, se trata de un capricho político que se escuda no pocas veces en el argumento de que el idioma se puede perder.

No es cierto. Hay total libertad para utilizarlo y eso depende de la realidad que marque la calle. Barcelona ha crecido tanto, precisamente, por la cantidad de gente de todas partes que vive allí y sigue llegando. Un catalán no debería acomplejarse por que un forastero europeo priorice aprender español. Es cuestión práctica, nada contra una cultura.

Si la calle dicta que, algún día, predomine el idioma español –cuya raíz latina es la misma que la del catalán- será por culpa de una realidad que no pretende ofender a nadie en particular.

Según pude observar, lo que Cataluña quiere es manejar su dinero libremente, pues en los demás aspectos de la vida, lo que se dice autonomía ya tiene hace mucho tiempo. Tributar al gobierno central es su dolor de cabeza. “¿Por qué voy a tener que compartir mi dinero con un andaluz?”, se preguntan a cada rato. Ese es el quid de la cuestión, que para los independentistas le es fácil identificar como un tema de soberanía.

Si me pidieran firmar por el derecho a la independencia de Cataluña –salirse del Estado español-, firmaría ahora mismo. Cataluña tiene industrias, lengua y cultura propias, así que en todo caso sería su responsabilidad de futuro. Ese derecho, aunque lo niegue la constitución española, deberían tenerlo. Otra cosa es que luego pidan ayuda.

El 27 de este mes, de seguir adelante, estarían votando en un plebiscito por la independencia, saltándose la constitución. Rajoy ha dicho que no consiente el hecho, pero también que no va a intervenir por la fuerza. El que dio en el clavo fue el ex presidente Felipe González con una carta pública enviada a los catalanes. Con educación y cordura, les invita a que no se dejen manipular y mucho menos fragmentar por el presidente de la Generalitat, Artur Mas.

Es cierto, la fragmentación que ha logrado esta aventura de Mas es bárbara. Cataluña, sobre todo Barcelona, a día de hoy es una realidad mestiza, multicultural, que no se puede tapar con un dedo. En principio, habría que respetarla en memoria de todos esos obreros llegados de todas partes que hicieron crecer las industrias, que construyeron el metro, que lo siguen construyendo, que llevaron de Murcia, de Andalucía sus culturas regionales, incluyendo la gastronomía y fiestas populares.

Parece que todo esto no vale nada, no importa, como tampoco importa lo que ha llegado de otros países. Aunque sería bueno recordar que, para algunos catalanes, “otros países” comienzan en la frontera con Aragón.

En fin, que sea lo que la vida quiera. A mí no me fue bien y tuve que abandonar el territorio. No he sido el único en estos tiempos.

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    Jorge Ignacio Pérez

    Nació en La Habana en 1965. Luego de ser tanquista en el servicio militar obligatorio, se graduó en la Facultad de Periodismo de la Universidad de La Habana, en 1992. Trabajó como redactor y fotógrafo de prensa, columnista de teatro y editor en varias publicaciones de la isla. En 2001 se exilió en Barcelona, hasta el año 2012 en que se afincó en Miami, donde reside actualmente. Fue editor del portal on line de asuntos cubanos Cubanet.org. Desde 2007 lleva el blog personal Segunda Naturaleza. Además del libro de memorias Historias de depiladoras y batidoras americanas (Neo Club Press Ediciones, 2014), tiene otro inédito titulado Pasajeros en tránsito.

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