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Carrie, un remake que no da miedo


La directora de la película "Carrie", Kimberly Peirce (i), junto a las protagonistas del film Chloë Moretz (c) y Julianne Moore (d).

Ha llegado a varias salas de cine en América Latina, con algo de retraso, la Carrie versión 2013.

Los que han visto la versión original de Carrie (‘horror movie’ de 1976, dirigida por Brian de Palma sobre el libro de Stephen King) se preguntan qué necesidad hay de volver a rodar una película tan bien hecha y redonda: por milésimas casi una obra maestra. Así sea en forma de tributo, como parece ser el caso, así se calque fotograma por fotograma, como también parece ser el caso de la nueva Carrie, bajo las órdenes de Kimberly Peirce.

Ha llegado a varias salas de América Latina, con algo de retraso, la Carrie versión 2013, y a pesar de la mayor cantidad de efectos especiales, a lo mucho que ha avanzado la tecnología digital y a los trucos del 3-D, ni asusta como la primera, ni supera al original. Ni siquiera lo iguala.

Basada en la cuarta novela escrita por Stephen King, pero la primera en publicarse, y armada con retazos de recuerdos escolares y con una estructura epistolar, Carrie el libro era al principio solo una short sories, pero King terminó ampliándola. Y a De Palma le llamó la atención justamente por lo que a otros directores siempre les interesan las historias de King para el cine: por su maestría recreando atmósferas sobrenaturales.

Empecemos por lo obvio: a la pecosa Sissy Spacek, quien contaba con 25 años (que parecían 16) cuando se metió en la piel de Carrie White, no la sustituye nadie. Con su timidez enfermiza y su desaliño perenne, que la convertía en un animalito raro y la hacía la burla de sus compañeras y provocaba que los muchachos en bicicleta le gritaran: “¡Ahí va Carrie, la fea!”.

Sería algo muy fácil decir que Sissy Spacek logró, con su brillante interpretación, una de las mejores villanas en la historia del cine de terror. Porque si lo miramos bien -si la miramos bien- ella logró mucho más: dotar a su adolescente de una fragilidad macabra que hizo identificarse, en su momento, a más de una adolescente, patito feo de la clase, que quiso tener los dones de Carrie para vengarse al final de curso de todas las burlas recibidas.

Así pues la Carrie White de Sissy Spacek, tan ignorante de los fenómenos naturales de su cuerpo (no sabe nada de su propia menstruación y cuando esta la sorprende en la ducha, ella cree estarse muriendo) no es una villana típica, sino una adolescente con serios problemas de maltrato por parte de su madre (Piper Laurie) y poseedora del don de la telekinesis (capacidad de mover objetos con la fuerza de la mente). Un ser incapaz de vivir en sociedad pero capaz de hacer daño cuando hieren su sensibilidad, no antes.

Lo mismo que ciertos animales del reino de Dios.
Pero así como se siente la crisis económica mundial, también se aprecia la infertilidad en los nuevos guionistas y directores de Hollywood, y alguien (que no fuimos nosotros) decidió hacer otra versión más light, con Chloë Grace Moretz como la nueva Carrie y la siempre excitante Julianne Moore como su madre, una fanática religiosa y represora. Tal vez lo único rescatable que tiene la nueva versión.

La Carrie de ahora prometía desde los tráilers una buena dosis de sustos adolescentes y terror en 3-D. Dirigidos sobre todo a esa generación de quinceañeras que abarrotan los cines para ver a Robert Pattinson en la saga de vampiros y crepúsculos. Pero esta Carrie remasterizada no asusta nada, pese a que contó con toda una gama de adelantos en la rama de los efectos especiales y edición digital, a los que no tuvo acceso Brian de Palma en 1976.

Eso sin contar con que Kimberly Peirce, la directora de la nueva Carrie, tuvo el mal gusto de meter celulares, y a las dichosas redes sociales, en una de las escenas emblemáticas de la Carrie de De Palma. Justo la que no debió haber tocado, la que ocurre en el baño de las adolescentes, cuando a Carrie le sobreviene la menstruación, se asusta y el resto de chicas, con una crueldad inusitada, le lanzan una lluvia de tampones, haciéndola blanco de sus burlas.

No es que esté mal la interpretación de Grace Moretz, mucho menos que lo esté Julianne Moore, pelirroja lo mismo que Piper Laurie en el original. El problema no está en lo externo, sino en lo interno: allí donde mejor exploró De Palma al convertir a Sissy Spacek en un lugar palpable y localizable de la psique: allí donde se almacenan todas nuestras pesadillas.

Un crítico tan lúcido como Guillermo Cabrera Infante dijo en su momento que “Carrie es el encuentro de De Palma con otra forma de energía mental, más poderosa que el amor y más letal que el odio: la telekinesis”. En cambio, la Carrie del año pasado es el encuentro de Kimberly Peirce con la cursilería, los teléfonos de última generación y los shows mediáticos del mago David Copperfield. La Carrie de De Palma asustaba (y asusta todavía en esta época) porque el director había bebido directamente de Hitchcock -y eso se notaba no sólo en la atmósfera y en la dirección de actores, sino en la banda sonora y en la utilización del color-. La directora de ahora se quedó en Masacre en Texas: el inicio.

Carrie, la original, traía no sólo la grata sorpresa de la interpretación portentosa de Sissy Spacek. También la presencia de estrellas juveniles del momento como Amy Irving, destinada a perdurar, y Nancy Allen, una inolvidable sensual rubia setentera que después sucumbió en papelitos menores de cine B. En ella, no hay que olvidarlo, también hizo su primera aparición John Travolta.

Carrie es una película marcada por ese elemento tan presente en los principales ritos en la vida de una mujer: la sangre. Sangre de su primera menstruación en la ducha (ojo con Hitchcock, otra vez), sangre de cerdo derramada malévolamente sobre Carrie, en la fiesta de graduación, y sangre en la orgía final de telekinesis en que los cuchillos vuelan certeros para clavar a su madre, su enemiga.

Por eso es que resulta tan difícil meterse con los mitos. A la lasagna hay que dejarla quiera cuando ya ha alcanzado su punto de cocción.

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