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Diálogo sí, pero entre todas las partes


El cardenal Ortega y Alamino con Esteban Lazo

Me huelo, por la forma que marchan las cosas, que el régimen se propone manipular el diálogo y utilizarlo para reforzar su poder.

No es la disidencia pacifica cubana la que se opone al diálogo. Es el gobierno de los hermanos Castro el que pretende ignorarla. Desde la posición del régimen, ellos no desean hablar con sus adversarios políticos.

Prefieren otros actores. La iglesia católica y su capacidad de escuchar y negociar. O un sector de la emigración que se opone a las políticas añejas de Washington, desea participar en negocios o apuesta por un modelo de nación donde impere la justicia social.

Todos ellos son bienvenidos al diálogo. Creo que cualquier persona sensata los apoya. La interrogante es si el gobierno de Raúl Castro desea realmente conversaciones para construir un país democrático e inclusivo, o solo parte de una estrategia que solidifique su liderazgo y le dé una apariencia de concilio de cara a la galería internacional.

Me huelo, por la forma que marchan las cosas, que el régimen se propone manipular el diálogo y utilizarlo para reforzar su poder. Se puede entender la posición de los hermanos Castro.

Con su complejo de plaza sitiada y su morbo enfermizo por el poder, intentan mantener el control del barco. Sabe Castro que si el país no se reforma se hunde. Conoce mejor que nadie la imperiosa necesidad de modernizar las infraestructuras tecnológicas y financieras.

Eso pasa por echar abajo viejas leyes y abolir prohibiciones absurdas que convierten a los cubanos de la isla en ciudadanos de tercera. Su papel en un probable diálogo es, como han dicho, cambiar lo que deba ser cambiado siempre y cuando no perjudique sus intereses, que en realidad es uno solo: la continuidad política.

Es esa una de las razones poderosas por la cual el gobierno no incluye a la disidencia. El discurso de la oposición no les gusta. Lo ven como un rival que está optando por el poder. La fórmula de aplicar elecciones libres, autorizar partidos políticos y abrirse a la democracia no es bien vista por el General Castro. Deducen, con razón, que sería cavar su tumba.

Entonces el cocido es otro. Pactar o negociar desde posiciones de fuerza. Con el control de los sectores y recursos más importantes del país. Un 'diálogo' que sea aceptado por la otra parte y que ésta legitime sus pretensiones de mantener el estado de cosas.

Es ahí donde cancanea el carro. Desde mi punto de vista, los actores implicados actualmente los intercambios de criterios con el gobierno de Castro responden a sus propios intereses. La iglesia católica, tratando de ampliar su radio de acción en la esfera social, y por qué no, también en la política. Un segmento de los exiliados buscando oportunidades de negocios rentables.

Para mantenerse en el juego hay que sacrificar a la disidencia interna. El régimen no quiere escuchar nada sobre ella. La iglesia y ese segmento de exiliados también se han plegado a los deseos de Castro.

Los argumentos del régimen para denostar a los demócratas en Cuba son pueriles. No se puede entender que Castro no desee un diálogo con los opositores por ser "mercenarios y anexionistas" y sin embargo están dispuestos, y casi lo suplican, a dialogar con el gobierno de Estados Unidos.

Sencillamente el guión público de la disidencia no se acomoda a sus beneficios. No es lo mismo abrir pequeñas parcelas a la iglesia o dar oportunidades a hombres de negocios cubanoamericanos radicados en la Florida, que abrir una puerta para que la oposición tome parte en la política nacional.

Es un punto donde los hermanos Castro no pretenden negociar. No mientras se sientan seguros. Por supuesto, el papel ingrato desempeñado por la iglesia y un sector de la diáspora ha sido un golpe duro para la disidencia local.

Hay varios factores que han llevado a estos actores secundarios a desmarcarse de la oposición. Uno de ellos es por racismo intelectual. Consideran que la mayor parte de la disidencia tiene lagunas en su formación política o académica. El otro es por oportunismo político. Al ser los Castro quienes detentan el poder, piensan que es con ellos con los que se debe dialogar.

Cada parte tiene sus razones y argumentos. Nos gusten o no, son sus armas. Y las utilizan como escudo. Olvidan que en estos años los que han puesto el pellejo y los muertos han sido precisamente los disidentes de barricada.
Albañiles y jóvenes desempleados. Negros y vecinos de barrios marginales, cansados de tener un futuro sin respuesta. Personas valiosas que durante un tiempo aplaudieron a Fidel Castro y para ellos hubiese sido más cómodo seguir la mascarada obteniendo beneficios materiales y viajar por medio mundo.
Pero optaron por apostar por la democracia. Con sus egos y defectos, vicios y manías, son ellos los que han recibido asedios, actos de repudio, brutalidad policial, cárcel y destierro.

Es bueno que existan conversaciones. Que cada cual en pos de mantener viva la plática, ceda en sus posiciones. Pero no se debe ningunear a una parte del problema. Si el diálogo es excluyente, entonces no es bienvenido.
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    Iván García, desde La Habana

    Nació en La Habana, el 15 de agosto de 1965. En 1995 se inicia como periodista independiente en la agencia Cuba Press. Ha sido colaborador de Encuentro en la Red, la Revista Hispano Cubana y la web de la Sociedad Interamericana de Prensa. A partir del 28 de enero de 2009 empezó a escribir en Desde La Habana, su primer blog. Desde octubre de 2009 es colaborador del periódico El Mundo/América y desde febrero de 2011 también publica en Diario de Cuba.

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