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El canibalismo, una práctica incómoda más allá de la ficción


Caso de canibalismo en Alemania

Para escándalo de la sociedad moderna, los caníbales están entre nosotros. Ejemplos sobran.

Ruby Eugene, un afroamericano de 31 años, fue abatido por un agente de la Policía por estar devorando el rostro de un ‘sin techo’ el pasado fin de semana, en un paso peatonal del viaducto McArthur, de Miami. El caso de Eugene, sorprendido en pleno acto, ha escandalizado a la comunidad de la Florida y ha pasado a engrosar las estadísticas de un ritual tan antiguo como temido: el canibalismo.

En 2011, la misma Policía de La Florida arrestó a otro caníbal, Tyree Lincoln Smith, de 35 años, acusado de matar a hachazos, y comer parte de su cerebro, a un desamparado llamado Ángel González, en Connecticut (EE.UU.), el 15 de diciembre.

Un inspector había descubierto el cadáver de González en el tercer piso de una casa abandonada, mientras un forense determinaba que la causa de la muerte había sido un golpe en la cabeza. Pero en realidad el homicidio iba más allá, había un motivo mucho más complejo que la psiquiatría moderna ha estudiado abundantemente: las prácticas caníbales.

Ambos casos escandalizaron a la sociedad, y recordaron el del caníbal alemán de hace unos años, que citó a un hombre por Internet, con el fin de comérselo. En su testimonio de tres horas, Armin Meiwes, de 44 años, confesó: “Quería comérmelo, pero no quería matarlo”, y explicó, ante el asombro de sus jueces, que lo hacía porque su víctima “deseaba ser devorada”.

Meiwes fue sentenciado en enero de 2004 a ocho años y medio de prisión por homicidio involuntario, pero el Tribunal Supremo determinó que los jueces habían sido indulgentes y ordenó un nuevo proceso judicial. El hombre admitió haber matado al especialista en Informática Bernd-Juergen Brandes, de 43 años, pero no fue condenado por asesinato y evitó una posible cadena perpetua debido a que la víctima había pedido ser devorada.

El equipo legal de Meiwes argumentó que el acusado accedió a los deseos de Brandes y que su crimen sólo fue un “asesinato a petición”, un tipo de eutanasia ilegal que conlleva una pena máxima de cinco años.

Ese caso de canibalismo conmocionó a la racional y civilizada Alemania, y representó un desafío legal sin precedente en ese país, dada la forma en que el alemán mató, descuartizó y se comió los restos de un hombre al que había citado por Internet.

El “Caníbal de Rotenburgo” salió bien librado, después de todo, pues el canibalismo no está tipificado como delito en la jurisprudencia alemana.

Otro suceso muy recordado de canibalismo se produjo en Francia, en 2010, cuando la justicia juzgó a un preso que mató a un compañero de celda en la cárcel de Rouen, y de devorar buena parte de sus pulmones para “apoderarse de su alma”. El “Caníbal de Rouen”, nombre verdadero: Nicolas Cocaign, inclusive empleó cebolla para sazonar los pulmones.

Rachel Bell, doctora en neuropsicología especializada en asesinos en serie y criminales de cuello blanco, explica que existen cuatro motivaciones o formas básicas para el canibalismo criminal, y añade que debe ser separado del canibalismo antropológico y del canibalismo por necesidad.

Estas son, a saber: Canibalismo sexual, agresivo, espiritual y ritual y epicúreo o nutricional. Dichas formas, según la doctora Bell, tienden a camuflarse unas con otras cuando el asesino tiene un amplio número de impulsos que lo levan a consumar el hecho. Pero en el fondo, el consumo de carne humana aunque no se lo considera un crimen en sí, sino como agravante de otro tipo de delito, como el asesinato, en muchas ocasiones se convierte en uno de los móviles fundamentales del criminal.

Las formas modernas del canibalismo ritual y espiritual son muy similares a las vistas en grupos tribales. Pero la versión moderna de crímenes de este estilo está más asociado con el satanismo o rituales de grupo en lugar de tribus en regiones remotas.

El antropólogo y etnólogo polaco, Bronislaw Malinowski, aclara en su libro “Crimen y costumbre en la sociedad salvaje” que el concepto de “salvajismo” es todavía sinónimo de costumbres absurdas, crueles y excéntricas, con raras supersticiones y odiosas prácticas. “El desenfreno sexual, el infanticidio, la caza de cabezas, el canibalismo y quién sabe qué, han hecho de la antropología una lectura atractiva para muchos y un objeto de curiosidad más que de estudio serio para otros”, escribe.

Por eso ante las prácticas caníbales la sociedad moderna se balancea en el dilema de aborrecerlas y/o mantener viva una curiosidad rayana en el morbo, que sigue con avidez las historias de caníbales. Como la de Ruby Eugene, el hombre abatido en Miami. O la de los dos hombres y la adolescente que fueron enviados a prisión en Helsinki (Finlandia, 1999) por la tortura, muerte y prácticas caníbales a un joven de 23 años.

Karen Jones en su estudio “Archivo de abusos satánicos y rituales”, afirma: “El canibalismo ritual y espiritual no es necesariamente limitado a grupos. Muchos casos de canibalismo individual incorporan aspectos rituales en su práctica. Caníbales como Dahmer o Kemper decían que cuando consumían a sus víctimas, ellos creían que se convertían espiritualmente en parte de ellas. También creían que el canibalismo les permitía absorber sus atributos”.

El tema, por supuesto, no ha sido ajeno al cine. De honda recordación resulta el siniestro doctor Hannibal Lecter, de “El silencio de los corderos”. En la segunda parte de la saga, “Hannibal, el origen del mal”, el refinado caníbal le confiesa, de lo más tranquilo, al Commendatore florentino, su perseguidor: “Si le soy sincero, estoy pensando muy seriamente comerme a su esposa esta noche”.

Para escándalo de la sociedad moderna, los caníbales están entre nosotros. Ejemplos sobran, si no lo creen miren ustedes a Eugene Ruby, el hombre de 31 años al que un ciclista de Miami le gritó que dejara a su víctima, pero este “continuó comiéndolo”.
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