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Camilo José Cela, a diez años de su muerte


Como ha pasado con tantos otros grandes creadores después de su muerte, parece que poco a poco se va dejando de hablar de Cela, y quizá no se está reeditando su obra todo lo que merecería; una de las más deslumbrantes e influyentes del siglo XX.

Ahora que estamos en el décimo aniversario de la muerte del Premio Nobel de las Letras, Camilo José Cela, es bueno recordar el escándalo que provocó una vez entre los exiliados cubanos al declarar, en respuesta a una pregunta de la prensa en la Universidad de Miami, que los isleños se habían buscado la feroz dictadura que padecían por su empeño en desgajarse de la corona ibérica tras treinta años de guerras por la independencia.

Pero ese escándalo, herida al ego patrio, sería en verdad una bicoca, al final muchos cubanos se han estado preguntando de si habría mereció la pena verter tanta sangre en el afán de independizarse de España para, ironías de la historia, de la historia como histeria, terminar a la vuelta de unas décadas bajo la dictadura, infinitamente más cruel, de la mano de un hijo de español arribado a la isla como recluta de las tropas que combatían a los insurrectos; bicoca en comparación con otros escándalos provocados en vida por el autor de la Colmena, 1951, escándalos, por otro lado, menos en sintonía con su fama de duro autor de derechas y que, más que nada, mostrarían su inconsistencia ideológica; que no literaria.

Así, refiere el intelectual e historiador español Pío Moa, en su muy documentado libro Los crímenes de la Guerra Civil y otras polémicas, que el también Premio Nóbel de Literatura, el ruso Alexander Solzhenitsyn, exiliado de la URSS y uno de los baluartes del anticomunismo en el Siglo XX, visitó España poco después de la muerte del General Francisco Franco Bahamonde, y que, entrevistado por la prensa, se le ocurrió describir el panorama que había encontrado en España como incomparablemente más libre y de más respeto a los derechos humanos que el que nunca existió en la URSS y, ni corto ni perezoso, enumeró una buena cantidad de ejemplos al respecto (cosa que por demás saltaría a la vista del observador imparcial de ambos contextos). Bueno, pues antifranquistas y comunistas (era de esperar) saltaron al cuello de Solzhenitsyn; pero no sólo ellos, sino que intelectuales de prestigio y para nada comunistas, entre ellos Camilo José Cela, defendieron abiertamente el Gulag de los soviéticos, y añadieron su voz (más eficaz en el ataque puesto que de la izquierda no venían) al coro que fustigaba al gran escritor ruso por la audacia de comparar desfavorablemente al país de los soviets (ese futuro luminoso, encandilado, al que la humanidad estaba condenada) con el país de los atrasados iberos.

Diez años después de la muerte de Cela, sin dudas uno de los genios de la literatura del siglo XX, su único hijo, llamado Camilo José Cela Conde, dijo a la agencia EFE que considera "tremendo reconocer" que su padre "ha desaparecido de los ambientes literarios" y supone que "la faceta más mundana" del Premio Nobel "le esta pasando factura".

"Pero el verdadero Cela no es el marqués. Es el vagabundo que escribió Viaje a la Alcarria y dos o tres de las novelas más importantes del siglo XX", asegura el hijo del escritor en una entrevista con EFE.

Cela, muerto el 17 de enero de 2002, provocó que la prensa española y los medios de comunicación de numerosos países se volcaran a destacar la trayectoria de quien no paró de abrir nuevos sendas a la literatura universal desde que, en 1942, publicó su novela La familia de Pascual Duarte; en verdad la novela española más traducida después del Quijote.

Pero, como ha pasado con tantos otros grandes creadores después de su muerte, parece que poco a poco se va dejando de hablar de Cela, y quizá no se está reeditando su obra todo lo que merecería; una de las más deslumbrantes e influyentes del siglo XX.

Frente al pesar del hijo de Cela, Marina Castaño, viuda del escritor, cree "imposible" que se pueda olvidar la figura del novelista porque "además de ser una de las más influyentes del siglo XX, su genialidad permanecerá a lo largo de los años"; según declaró a la agencia EFE. "Mi marido perteneció ya en vida al Olimpo de los clásicos. Se sigue reeditando y traduciendo, incluso a lenguas lejanas. La última, al albanés", afirma Castaño, segunda esposa del Premio Nobel de Literatura y presidenta de la Fundación Camilo José Cela.

Cela Conde, antropólogo y también escritor, hijo del primer matrimonio del novelista con Rosario Conde, muerta en 2003, tiene muy claro que su padre "fue uno de los grandes escritores del siglo XX". "Pero era, además, mi padre. Desde muy niño mi madre me hizo entender que el oficio de escritor estaba por encima de la paternidad. Eso puede parecer tremendo pero hay que verlo en perspectiva. Gracias a ese oficio, tuve una infancia y adolescencia privilegiadas que me permitieron codearme con personajes de la élite de la literatura", comenta Cela Conde.

El hijo del autor de Nuevas andanzas y desventuras de Lazarillo de Tormes, 1944, asegura que el escritor solía proyectar en público una imagen de hombre provocador. "A mi padre le encantaba mostrarse como un ogro que se desayuna con niños crudos. Luego, en familia, era una persona afable, amigo de sus amigos, enemigo de sus enemigos; vamos, como todos", rememoró Cela Conde, quien opina que "la principal virtud" de su progenitor era que "jamás daba una causa por perdida". Para la viuda de Cela, su marido era "un hombre adorable, seductor, divertido, y como cabeza inteligente que era, con un sentido del humor finísimo", dijo la mujer a EFE.

La herencia de Cela tiene enfrentados a Marina Castaño y al hijo del escritor desde hace diez años, pero, hace dos, la Justicia española dio la razón al hijo del Nobel y cifró en 5,2 millones de euros la cantidad con que debía ser compensado; nada mal la verdad.

Y es que Camilo José Manuel Juan Ramón Francisco de Gerónimo Cela Trulock, nacido en mayo de 1916 para arribar a la fama como Camilo José Cela, quien fuera además de novelista, periodista, ensayista, editor de revistas literarias, conferenciante, académico de la Real Academia Española y galardonado, entre otros, con el Premio Nobel de Literatura, en 1989, el Premio Cervantes, en 1995, y el Premio Príncipe de Asturias de las Letras, en 1987, y que recibiera por sus méritos literarios, en 1996, el otorgamiento del Marquesado de Iria Flavia, parecería estar condenado a la controversia no sólo en vida, sino también en muerte.

Así, a pesar de su ataque al disidente Solzhenitsyn por atreverse a decir que la España franquista era mucho más libre que la Rusia comunista, al estallar la Guerra Civil de 1936, contando con sólo 20 años y recién convaleciente de tuberculosis, un Cela de ideas conservadoras pudo escapar apenas con vida de la represión de los republicanos hacia la zona de los nacionalistas; participando luego en el frente de batalla, donde fue herido y hospitalizado en Logroño.

De esa experiencia bélica brota el siguiente fragmento de la novela Mazurca para dos muertos, 1983:

“Tres margaritas visitaron la sala n.° 5, en una cesta llevaban los regalos.

-Soldadito, te voy a condecorar con un escapulario

para que te preserve de todo mal, mira lo que dice: Detente, bala, el Corazón de Jesús está conmigo»-.

El artillero Camilo se puso pálido, se le escapó todo el color de la cara.

-No, no, muchas gracias, condecore usted a otro, se lo ruego, se lo pido

por favor, yo llevaba uno prendido con un imperdible en la guerrera y aún no

hace un mes me lo sacaron por la espalda, se lo digo con todo respeto, señorita”…

Ya en la paz, habiéndosela jugado en el bando de los que, por suerte para Cela, resultaron vencedores, y sin lugar dudas, dotado de poderosa prosa y enorme ambición, puso en marcha, en medio de la aislada España franquista, un eficaz mecanismo autopromocional que el poeta falangista Dionisio Ridruejo definiera como “estrategia de la fama, el culto a la personalidad y la voluntad imperativa”. Para ello el escritor usa un despliegue de índole cuasi militar en tres vías: colaboracionismo político con el régimen, estilo literario impactante e imagen pública epatante.

Pero, Cela no se limitó a colaborar con Franco, sino que tuvo pactadas con el régimen del dictador de Venezuela Marcos Pérez Jiménez, por un montón de dinero y durante diez años, una serie que estaría formada por unas seis novelas de índole propagandística para el régimen del país latinoamericano. La catira, publicada en 1955, sería la primera novela producto del pacto con Pérez Jiménez, por la que parece que recibió unos tres millones de pesetas. Pero la novela provocó tal escándalo, en los pacatos espacios culturales venezolanos, que pondría fin al proyecto de publicación entre el dictador Pérez venezolano y el escritor gallego; de manera que La catira terminaría por ser la única novela fruto de la dicha colaboración entre la letra y la tralla.

Cela publica, en 1942, La familia de Pascual Duarte, una novela sobre la violencia en la Extremadura rural anterior a la Guerra Civil, obra que abre un nuevo hacer en la narrativa española al punto que, a partir de ese momento, el autor gallego concibe la novelística como un género determinado por la libertad, así, el escritor no debe someterse a ninguna norma; de ahí su voluntad experimental que hace que cada una de sus obras sea diferente, con una técnica diferente.

En consecuencia, entreverando con sabiduría los recursos narrativos de las vanguardias del siglo XX, Cela deviene en lo que se ha dado en llamar un autor verdaderamente rompedor, de modo que descubre de ese modo la eficaz fórmula literaria que utilizará en adelante, una donde mezcla humor, horror, ternura, desenfado verbal y un léxico francamente escatológico.

Y si el hijo de Cela asegura que su madre le hizo saber, desde niño, que el oficio de escritor estaba por encima de la paternidad, lo que probablemente sería antes una enseñanza de Cela a su mujer, a la progenitora del chico, en el entendimiento de que el oficio de escritor, del gran escritor, estaba no ya por encima de la paternidad sino de los partidismos, más o menos patrióticos, más o menos progresistas, más o menos a favor del pueblo y lo políticamente correcto, por encima, en definitiva, de las definiciones del bien y el mal, que el oficio de escritor, del gran escritor, lo único que demandaría, más allá de lo circunstancial y fenoménico de los caudillos más o menos feroces, sería la estructuración de una obra perdurable en el tiempo como ofrenda, única, en el altar de la patria, patria no de las fronteras sino de las letras. Salve César. Salve Cela en este décimo aniversario de su partida. Salve Cela en este décimo aniversario de su llegada.

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