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¡Qué pericia policial!


PNR: desde octubre 2013 sus facultades van más allá de pedir el carnet de identidad.

Ñongo le exhibió al gendarme el contenido de la mochila, así como el recibo que le entregaron al hacer la compra. El agente ni se disculpó: llamó a un carro patrullero y condujo al pobre viejo a la unidad de policía.

El cumpleaños de un niño propicia siempre un entusiasta ambiente familiar. Reynaldo no podía contener la euforia que lo embargaba. Su pequeño nieto cumpliría el primer año de vida, ocasión que merecía festejarse.

En la casa todos se habían asignado diferentes tareas para lograr el éxito de la celebración. Pero como es habitual en Cuba, siempre aparece un tropiezo a última hora que pone en peligro la armonía y genera el malestar de las personas.

En la víspera del onomástico, el abuelo se dispuso a cumplimentar lo que se le había encomendado. Su misión era garantizar los refrescos para la fiesta. Ñongo, como le llaman los vecinos de la calle 21, en el barrio Versalles, en Cárdenas, se levantó muy temprano para hacer la diligencia.

Se dirigió a la cafetería conocida como “Café Spriu” ubicada en el centro de la ciudad. Allí compró 16 botellas de Coca-Cola y recibió el comprobante de pago.

El hombre se sentía feliz. De regreso al hogar pensaba en la linda familia que había conformado, consideraba un apoyo la valiosa ayuda que ofrecía a su hijo Tony y se regocijaba al recordar los ojillos abiertos del pilluelo Tonito en su afán de pretender descubrirlo todo. Sus pensamientos quedaron interrumpidos por una voz autoritaria que le ordenó detenerse.

Se trataba de un oficial de la Policía Nacional Revolucionaria (PNR) que igual que un lobo feroz lo había escogido como presa. El despótico uniformado le exigió mostrar el carnet de identidad. Tras identificar al ciudadano, le dijo en forma grosera: “¡Oye, viejo, abre la mochila a ver qué rayos llevas ahí!”.

Reynaldo estaba indignado. A sus 64 años se había ganado el respeto de quienes se relacionaban con él. Su conducta social era intachable. Por eso le resultaba intolerable que un policía violara el derecho a su privacidad. No obstante le exhibió al gendarme el contenido de la “misteriosa mochila”, así como el recibo que le entregaron al hacer la compra.

El agente del orden público ni siquiera se disculpó por el agravio; llamó a un carro patrullero y condujo al pobre Ñongo a la unidad de policía. Luego dispersó amenazantemente a la multitud que se aglutinaba curiosa en torno suyo.

El supuesto sospechoso de venta ilícita de refresco permaneció 6 horas detenido injustamente. Los policías le pasaban por el lado sin preocuparse por su situación. El jefe de la unidad no daba la cara. Era todo un gran absurdo.

Al fin, su hijo, enterado de todo, tomó cartas en el asunto. Logró llevar a la estación policial al dependiente que vendió a su padre los refrescos, y la insólita historia terminó por esclarecerse.

Una vez en la casa, el bonachón abuelo se quejaba de la arbitrariedad con que fue tratado. No comprendía por qué le decomisaron los refrescos, si se comprobó la procedencia de los mismos y su finalidad.

El cumpleaños del niño se celebró, para satisfacción de la familia. Pero a pesar de la alegría del acontecimiento, Reynaldo no puede olvidar las horas de encierro que sufrió y asegura que en Cuba las autoridades gubernamentales conspiran contra la felicidad de los ciudadanos.

(Publicado originalmente en Primavera Digital el 11/21/2013)

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