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Bigas Luna, adiós al erotómano transgresor


Fotografía de archivo (17/10/2006, en Barcelona) del director de cine catalán José Juan Bigas Luna.

En “Bambola”, tal vez la peor película de Bigas Luna, Perugorría le dio vida a un ex presidiario que se obsesiona con una bella campesina, Valeria Marini.

El cine español, los erotómanos y los amantes de las historias bizarras (en ese orden) están de luto con el fallecimiento de Bigas Luna, el director que cambió la arquitectura por los estudios de rodaje, gracias a la insistencia del crítico español Román Gubern.

Después de una batalla contra el cáncer, perdida a los 67 años, se va Bigas Luna, dejándonos un puñado de buenas películas, en donde hizo gala de un erotismo transgresor y retrató la “españolidad” desde su lado más truculento.

Una de las historias más inquietantes del cine contemporáneo la ofreció Bigas Luna en “Jamón Jamón”, llena de personajes bizarros y ambientada en parajes desérticos donde Javier Bardem (un descubrimiento de Bigas Luna) interpreta a un jamonero (curtidor de jamones porque en Cuba un “jamonero” es otra cosa) convertido, por obra y gracia de Stefania Sandrelli en modelo de calzoncillos.

Las escenas frenéticas de Bardem corriendo con su moto, lamiendo los pechos de Penélope Cruz (otro descubrimiento de Bigas Luna), toreando desnudo y peleando entre jamones con Jordi Mollá hacen de ésta, si no la mejor película de Bigas, al menos sí un rosario de imágenes desasosegadas, que inclusive ya para 1992 escandalizaban a la gente en las salas de cine.

Pero el debut de Bigas Luna en el cine no fue la aclamada “Jamón Jamón” sino “Tatuaje”, de 1976, basada en una novela de su coterráneo Manuel Vásquez Montalbán, quien colaboró con el propio Bigas Luna en el guión. En “Tatuaje” el cadáver de un hombre aparece flotando en las aguas del puerto de Barcelona. No presenta signos de violencia, y su única identificación es un tatuaje en el brazo, en el que puede leerse: “He venido para revolucionar el infierno”.

A los críticos no les gustó, les pareció una adaptación malograda de la novela, a pesar de que ahí ya estaba el germen de lo que sería el “mundo Bigas Luna”: las bajas pasiones humanas, los seres amorales y la podredumbre de la sociedad actual.

Pero el verdadero Bigas Luna comenzó a mostrarse en filmes posteriores, como “Bilbao”, 1978, y “Caniche”, 1979. En el primero contó descarnadamente la historia de un psicópata que secuestra a una prostituta para tenerla en exclusiva. (Y fíjense ustedes que esto ocurrió antes, mucho antes de que llegara Almodóvar e hiciera algo parecido en ¡Átame!).

En “Caniche” (aparente título de película infantil pero con tema que rozaba el bestialismo), narra la extraña relación de dos hermanos y un perro. Ese tipo de historias le comenzaron a valer los aplausos en festivales como el de Cannes, y también, cómo no, el que otro erotómano y transgresor (Marco Ferreri) impulsara sus películas en Italia.

Aunque no sean sus mejores películas, dos de las que recuerdo con mayor intensidad (tal vez por la calentura que me produjeron) fueron: “Lola”, de 1985, con una bellísima Ángela Molina en el rol de una mujer maltratada (a la que le gusta) y “Las edades de Lulú”, de 1990, que incluía escenas de sadomasquismo bastante perturbadoras (otra vez con Bardem, sin duda el actor fetiche de Bigas Luna).
Con “Las edades de Lulú”, basada en el libro de Almudena Grandes, Bigas Luna rozó lo porno, según los moralistas y en ese delgado hilo se mantendría en muchos de sus filmes, inclusive uno de 1996, “Bambola”, donde dirigió al cubano Jorge Perugorría, su nuevo Javier Bardem hablando italiano con acento habanero.

En “Bambola”, tal vez la peor película de Bigas Luna, Perugorría le dio vida a un ex presidiario que se obsesiona con una bella campesina (Valeria Marini), pero la historia resulta de comienzo a fin tan disparatada y enrevesada que no resulta creíble. Lo único creíble es el cuerpo escultural de Valeria Marini, quien en el 80% de sus escenas aparece desnuda.

Este hedonismo por el sexo, que recreó con muchos altibajos, lo descubrió Bigas Luna a mediados de los años setenta, cuando rodó algunos cortos como aquel de una mujer que descubre los nuevos usos que puede darle a su secador de pelo.
Muchos han querido comparar a Bigas Luna con su par italiano Tinto Brass, pero ninguna comparación más alejada. Tinto Brass es un cultor del cuerpo femenino en la pantalla grande, con bellas imágenes, es verdad, que rozan el porno suave y escandalizan al Vaticano. En cambio, Bigas es un cineasta de garra que sabía contar historias y penetrar como nadie en los más sórdidos entresijos del alma humana.

Para mí, los mejores trabajos de Bigas Luna, casi en la categoría de obras maestras, son “La teta y la luna”, de 1994, Ossella de Oro al mejor guión Festival de Venecia 1994, y “La camarera del Titanic”, de 1997. En ambas el erotismo de Bigas se vuelve más refinado y, ¿por qué no decirlo?, hasta poético.
Inolvidable la escena onírica en “La teta y la luna” entre Tete (el niño), Estrellita -la madre que le da el pecho- y Miguel vestido de ángel. Por cierto, Bigas Luna fue el primero en poner la palabra “teta” en el título de su película, mucho antes de ese esperpento de “Sin tetas no hay paraíso”, que tan falsamente escandalizó a nuestra América “Ladina”.

Con Bigas Luna se va un grande del cine ibérico, que hasta el final no paró de filmar. En sus últimos días andaba ocupado en adaptar la novela de Manuel de Pedrolo, “Mecanoscrito del segundo origen”, una película que según su familia va a ser terminada y está dedicada al nieto del director.

Bon vivant, socarrón, jovial, ecologista, el viejo Bigas Luna estaba dedicado a sus burros y a los quehaceres del campo. Sus películas nos recordarán siempre la condición más incómoda del ser humano, pero también sus momentos más sublimes, expresados, claro, a través del erotismo más jubiloso.

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