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La gravedad de Wilmar Villar Mendoza ha dado un manotazo brutal a la mesa donde ambas partes disponían sus cartas: de un lado la Iglesia Católica, con su guía absoluto pisando tierras cubanas, y el Gobierno Cubano representado por ese mal alter-ego de Fidel Castro que es su hermano menor.

A la ya hirviente caldera que aguardaba a Benedicto XVI en la Isla tropical que visitará en marzo próximo acaba de sumársele otro ingrediente definitivo: una muerte demasiado posible. Lamentablemente probable.

Si complejo era pisar un suelo mexicano donde, según cifras oficiales, 47 mil 515 personas han perdido la vida desde que en 2006 Felipe Calderón declarara la guerra contra el narcotráfico, al menos el Papa tenía una realidad como asueto: se trata de una democracia. Y en las democracias, lo mismo se puede rezar por las víctimas, que llamar a la paz, que criticar al presidente de turno. Sin mayores complicaciones.

Otro gallo canta cuando la visita papal llega a tierras de dictadores. Ahí el mundo afina los oídos, alista los ojos, husmea, cuestiona, y observa el santo proceder con interés de feria. Y Su Santidad sabe que aquello que diga o deje de decir será urgentemente utilizado por los dictadores, o por los detractores de estos.

A la convulsa realidad de un país donde centenares de prisioneros políticos claman justicia desde las cárceles, donde mujeres son apaleadas sin escrúpulos por fuerzas policiales vestidas de uniforme o de civil; donde demasiadas muertes controversiales han acontecido en un par de años (Zapata, Juan Wilfredo, Laura), se le suma ahora lo que podría ser un heraldo negro de su visita, demasiado escandaloso para ser obviado por el Vaticano: el santiaguero Wilmar Villar Mendoza, a punto de morir en este segundo.

Al opositor político, condenado a cuatro años de cárcel por desacato, resistencia y atentado (sí, esos eufemismos con que define el Código Penal cubano el acto de protestar públicamente), lo reportan de muy grave luego de más de 50 días de huelga de hambre, y según testimonios de allegados, “solo un milagro podría salvarlo” de una terrible complicación con neumonía.

Los milagros suceden, ya sabemos. Pero demasiado esporádicos. Y si no está en manos del Sumo Pontífice -contando con sus altas credenciales- solicitar un milagro para este pobre cubano al borde de la muerte, creo que el laberinto de Benedicto XVI se vuelve más inextricable aún.

¿Por qué? En primer lugar, porque si se reúne finalmente con el arqueológico Fidel Castro, un líder simbólico sin ningún poder oficial en la actualidad, no tendría justificación alguna para no concederle el encuentro a las Damas de Blanco o algunos de los disidentes que ya han solicitado atención a la Nunciatura Apostólica. Y no creo que en apenas tres días de agitado viaje, el anciano de 84 años tenga tiempo para tanto.

En segundo lugar, porque si ya era escandaloso que un representante de la paz y la concordia universal visitara un país con una de las mayores poblaciones penales del mundo, donde opositores políticos han muerto en huelgas de hambre o en circunstancias nunca aclaradas, y no pidiera pública y enérgicamente por ellos, llegar a un país donde solo semanas antes ha muerto otro disidente por una horrible huelga de hambre, y callar, sería imperdonable.

La gravedad de Wilmar Villar Mendoza ha dado un manotazo brutal a la mesa donde ambas partes disponían sus cartas: de un lado la Iglesia Católica, con su guía absoluto pisando tierras cubanas, y el Gobierno Cubano representado por ese mal alter-ego de Fidel Castro que es su hermano menor.

Porque el Vaticano podría anunciar sin rubor que las relaciones con el gobierno cubano han mejorado ostensiblemente en los últimos años, cuando hasta la Secretaria de Estado Hillary Clinton reconoció en su informe anual de 2010 sobre la libertad de culto en el mundo que Cuba había mostrado notables avances en este aspecto, y cuando 75 prisioneros políticos fueron excarcelados gracias a gestiones eclesiales. Pero (a menos que el milagro que piden los médicos de Wilmar Villar Mendoza se haga efectivo, repito) no creo que el Papa quiera cargar con la misma estigma eterna que llevará Luiz Inácio Lula da Silva, de visita en la Isla con Orlando Zapata acabado de enterrar, y haciendo un vergonzoso mutis al respecto.

Los familiares del valiente santiaguero serán los únicos que llorarán con verdadero dolor si el final es el que ellos mismos, devastados, pronostican. Pero por elemental oportunismo práctico, no sé quién desearía más que este joven recuperara a última hora la salud triturada por una huelga de hambre: si los sátrapas de mi país, o Benedicto XVI.

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