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Mapa dibujado en una servilleta


Con la publicación este 2013 de "Mapa dibujado por un espía" sabemos que detrás del Don Juan había escondido un hombre que tenía una infinita capacidad para el dolor.

Retrato del escritor cubano, Guillermo Cabrera Infante. EFE / JESSE FERNÁNDEZ
Retrato del escritor cubano, Guillermo Cabrera Infante. EFE / JESSE FERNÁNDEZ
Miriam Gómez, su compañera de toda la vida (viuda es una palabra muy fea) lo había advertido ya: Guillermo Cabrera Infante había dejado inédito tanto o más material literario del que había publicado en vida, y tendríamos Caín para rato.

El anuncio no fue exagerado y eso se debe en buena parte a la propia Miriam, quien ha tenido la paciencia de hurgar dolorosamente en los manuscritos de su esposo, y también, cómo olvidarlo, de la editorial Galaxia Gutenberg y el editor Antoni Munné, que han ido publicando aquello que Guillermo tenía represado.

Primero llegó La ninfa inconstante, tres años después de su muerte, en 2005. En efecto, el primero de los manuscritos que Guillermo había dejado escondido en una botella… de leche fue publicado en 2008, y puede leerse como un homenaje caribeño a Nabokov y su Lolita. Pero también como un capítulo pendiente de La Habana para un Infante Difunto.

Después vino Cuerpos Divinos, un libro que Cabrera Infante anunció a finales de la década del sesenta en aquella célebre entrevista que le realizara Danubio Torres Fierro. El manuscrito de Cuerpos divinos fue encontrado, como otros tantos papeles, notas y cuadernos, en gavetas de Cabrera Infante, en la casa de Gloucester Road, en Londres, donde el escritor cubano vivió hasta su muerte, el 22 de febrero de 2005.

Como La Habana para un Infante Difunto también Cuerpos divinos son unas “memorias veladas”, que arrancan en 1958 y cierran en 1962. Un libro trunco, es cierto, pero de alto valor testimonial ya que en él se encierra, según Miriam Gómez, “todo el dolor”.

Ese libro contiene una frase de una rara virtud anticipatoria. “Las revoluciones son el final de un proceso de las ideas, no el principio, y es siempre un proceso cultural, nunca político. Cuando interviene la política -o mejor los políticos- no se produce una revolución, sino un golpe de Estado, y el proceso cultural se detiene para dar lugar a un programa político. La cultura entonces se convierte en una rama de la propaganda. Es decir, las ilusiones de la cultura, el sueño de la razón, se transforman en pesadilla”. De una rara vigencia y acorde con todo lo que está pasando en varios países de América Latina.

Ahora, con la publicación este 2013 de Mapa dibujado por un espía sabemos que detrás del Don Juan y jodedor cubano había escondido un hombre que tenía una infinita capacidad para el dolor. Se trata de un inagotable tesoro encontrado en la papelería inédita de Cabrera Infante.

No solo es llamativo el título, también lo es la portada, con sus autos viejos y su atractivo diseño. El editor de las obras completas de Cabrera Infante, Antoni Munné califica este libro como “la cartografía de una despedida”. La despedida de una ciudad en la que no nació -La Habana- pero a la que quiso más que cualquier habanero de cepa. Una ciudad a la que reconstruía desde la fría Londres usando un mapa de La Habana y quitándose la ropa mientras escribía.

Tengo mi historia personal con al menos el título de este libro. Un par de años antes de su muerte estuve en casa de Guillermo, en la cálida Gloucester Road. Entre todo lo que hablamos aquel octubre inolvidable le había preguntado el por qué no había utilizado en su literatura más el material de los primeros años del castrismo, como si lo había hecho con la Cuba prerrevolucionaria. “Es mi forma de llevar el anillo de compromiso”, me contestó lacónicamente.

Yo ya conocía destellos de esa etapa por Delito por bailar el cha cha cha, que primero apareció primero como relato en una revista, y después como libro. Me daba curiosidad saber por qué Guillermo no contaba más de los años en que fue sometido al ostracismo, convirtiéndose, según decía jocosamente, en el “primer chulo del socialismo”. (Esto porque sobrevivía del trabajo de Miriam, su mujer, que a la sazón era actriz).

En aquella tarde de octubre Guillermo me habló (¡otra vez!) de Cuerpos Divinos y también, cómo olvidarlo, de Mapa dibujado por un espía, como libros altamente adelantados. Lo cierto es que de Londres yo me iba para Miami y Guillermo me dijo que fuera a saludar de su parte al “gordo Salvat”, el dueño de la librería Universal.

Mientras conversábamos no había parado de garrapatear en una servilleta algo que, desde mi posición, no alcanzaba a distinguir. Guillermo escribía mucho, pero hablaba poco y muchas veces era enigmático.

Cuando nos despedimos, me eché la servilleta en un bolsillo del saco y me olvidé de ella, hasta Miami, creyendo que era un simple mensaje de saludo para Salvat. Sólo al llegar a la puerta de la Universal pude ver lo que tanto había garrapateado Caín. Con tinta negra y en su laberíntica caligrafía del médico que quiso ser y nunca fue, había escrito: “Mapa dibujado por un espía”.

Todavía conservo la servilleta perdida dentro de alguno de sus libros. Pero no tengo todavía el libro, yo, que fui su primer lector. Al menos de su título de cartógrafos y espías.

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