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Armas blancas y bolsa negra en el extrarradio de Bayamo


Policías cubanos controlan el acceso frente a la sede del tribunal municipal de la ciudad de Bayamo (Granma).

El hampa se mueve con la música de Cándido Fabré, corridos mexicanos y bachatas de Romeo Santos

El boulevard de la oriental ciudad de Bayamo es agradable a la vista y atractivo al paladar. Es el centro de la vida sociocultural de esta villa que recientemente cumplió 500 años de fundada por los españoles. En pequeña escala, equivale a lo que es la zona de La Rampa para los habaneros. Están los principales restaurantes y algunas entidades estatales de cierta importancia. Las edificaciones presentan un aspecto más cuidado: las fachadas están pintadas con colores llamativos. El boulevard es la vitrina de esta capital provincial, y el orgullo de sus habitantes.

Sin embargo, cuando se camina por los alrededores de la Terminal de Trenes y se cruza la línea, la ciudad ofrece otro rostro. El contraste se percibe a partir del momento en que se sale del centro. Del otro lado están los barrios denominados “Camilo Cienfuegos” y “Ciro Redondo”. Allí Bayamo se desmaquilla. Son barrios semejantes a los de otras ciudades de la isla: “Los Hoyos”, en Santiago de Cuba; “El Condado”, en Santa Clara; “Las Piedras”, en Holguín. Desde que entras, sientes la mirada de los que saben que no eres de allí. Son miradas de curiosidad y que te estudian con precaución. Fotografiando a cierta distancia un juego de dominó en la calle, me di cuenta de que los que estaban de pie evitaron darme el frente. En otro lugar fueron más directos: me negaron la posibilidad de usar la cámara.

A medida que caminas hacia el interior del barrio, las casas son más precarias; es la imagen que ofrecen sus habitantes. Muchos provienen de zonas intrincadas de la Sierra Maestra o de la zona de Niquero, justo por donde desembarcaron en su día los autores del desastre nacional actual. Otros llegaron desde pueblos perdidos en Guantánamo. O salieron huyendo de los bateyes abandonados a su suerte, después del desmantelamiento de los centrales azucareros. El nombre de “Álvaro Reynoso” es para ellos sinónimo de depresión, o pérdida material y espiritual.

Según me contaron, Cándido Fabré es uno de los pocos artistas de música popular bailable que se atreve a montar tarima allí. La música de Fabré, los corridos mexicanos y las bachatas de Romeo Santos forman parte de la banda sonora, reiterativa, en esta parte de Bayamo.

En estos barrios se trafica con casi todo, pero no se hace tan abiertamente como en la capital. La red de informantes de la policía puede ser muy eficaz según sea el caso. Sin embargo, la bolsa negra se mueve por las calles en las mismas narices de los chivatos y de las maneras más delirantes.

Hay zonas donde la PNR (policía nacional) entra con la mano puesta sobre el arma, una de ellas se llama “Guapea”. Está enclavada en los alrededores de la funeraria de la ciudad. Detrás de unas ruinas convertidas en cuartería, aparece un paisaje de tejas de fibrocén y callejones sinuosos y peligrosos a cualquier hora del día o de la noche. Es la quintaesencia del clásico “llega y pon”, indomable y rebelde. Los que llegan arman “casa” con cuatro troncos de madera dura, un techo de tejas y sacos de yute o tramos de nylon como paredes. Para marcar territorio, sobrevivir e imponerse, hay que ser duro y afilado, como las paletas de hueso de vaca que son armas blancas habituales en ese lugar.

Una línea de tren divide las dos caras de la ciudad- cuna del Himno Nacional. Una parte es el céntrico intento de vitrina, hermoso pero engañoso. La otra, es el futuro inmediato que el Post-Castrismo tiene reservado para la mayoría del pueblo cubano.

Este post de Camilo Ernesto Olivera Peidro fue publicado originalmente en el portal Cubanet.
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