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Acercarse a la historia con honestidad muchas veces implica romper estereotipos. Y es lo que ocurre con la figura de Antonio Maceo. De las tensiones generadas por la guerra entre las vertientes civilista y la militarista, tensiones que enfrentaron al Padre de la Patria Carlos Manuel De Céspedes con Ignacio Agramonte en la Guerra de los diez años, y que luego enfrentaron a Gómez y Maceo con Martí en la Guerra del 95, viene el estereotipo de Maceo.

Es difícil imaginar a Antonio Maceo escribiendo su idea de la República porque en la memoria colectiva sólo lo vemos blandiendo el machete en la manigua cubana. El héroe por antonomasia de la independencia, cuyo cuerpo cubierto de cicatrices fue testimonio vivo de la dureza de la gesta libertadora, tenía un pensamiento político claro y una idea meridiana del tipo de gobierno que quería para Cuba.

“No es una política de odios la mía, es una política de justicia en que la ira y la venganza ceden en favor de la tranquilidad y la razón, es decir, una política de amor... El lema que juzgo más elocuente para que luzca en la bandera de nuestra revolución, es Dios, Razón y Derecho”.

El lema que juzgo más elocuente para que luzca en la bandera de nuestra revolución, es Dios, Razón y Derecho

Esta afirmación nos presenta la verdadera dimensión cívica y humana de Maceo: la esencia que guió su gesta fue el amor. Un sentido de justicia bien fundamentado en busca de la paz lo llevó a arriesgarse en cientos de batallas y al final a entregar su vida. Detrás del machete latía la idea de la República nueva con Dios, con verdad y con igualdad de derechos para todos los cubanos.

El gran educador puertorriqueño Eugenio María de Hostos, quien conoció a Maceo, anotó al conocer su muerte:

“Pero Maceo, antes que todo y más que todo, fue un ciudadano. A sus cualidades de patriota ciudadano debió sus cualidades de guerrero; a su patriotismo, su vehemencia; a su civismo, su constancia; a su deseo de justicia, su clemencia; a su ansia de libertad, su entusiasmo; a su ardentísimo anhelo de igualdad, el popular ejercicio que hacía de su superioridad.”

Los cubanos de hoy debemos prestar más atención a los hilos invisibles de nuestra historia, a las dimensiones sutiles de quienes forjaron nuestra nación, y menos a aquellas acciones heroicas que a la postre han opacado la profundidad del gesto y la palabra de nuestros próceres. Nos hemos fijado más en lo aparente y menos en lo intangible.

Martí, quien admiró y entendió a Maceo, a pesar de las diferencias estratégicas que en la recta final de sus vidas los distanció, intuyó siempre el caudal de su pensamiento: “Maceo tiene en la mente tanta fuerza como en el brazo. Firme es su pensamiento, como las líneas de su cráneo”. Y sentenció como si mirara hacia el futuro de la República: “Con el pensamiento la servirá más aún que con el valor. En el general Maceo son naturales el vigor y la grandeza.” Si en el escarpado camino de la República se hubiesen sembrado las ideas de Maceo con mayor firmeza que con la que se supo esculpir su genio militar, tal vez las bases para la libertad se hubieran asentado mejor en el corazón de la patria y se hubiese respetado mejor su sagrado destino.

“Una República organizada bajo sólidas bases de moralidad y justicia es el único gobierno que, garantizando todos los derechos del ciudadano, es a la vez su mejor salvaguardia... Inquebrantable respeto a la Ley y decidida preferencia por la forma republicana, he ahí concretado mi pensamiento político.”

Ahora, cuando el resultado del militarismo, el autoritarismo y el totalitarismo comunista han sumido a Cuba en el momento más oscuro de su historia, cabe la reflexión. Si hemos relegado las ideas civilistas, simiente de los esfuerzos libertarios cubanos y vertiente hacia la que se inclinaban las mentes más preclaras del período independentista y republicano, es hora de volver sobre estas ideas, es hora de repasar a profundidad la propuesta de nuestros próceres, de nuestros pensadores y de nuestros guerreros también.

“Yo desearía para mi país un hombre que tenga la virtud de redimir al pueblo... sin haber tiranizado a sus redimidos.”

La Cuba que soñó Maceo, es la nación de la razón, el derecho y la fe, la nación que, a pesar de todo, se niega a morir.

Janiseet Rivero, escritora y poeta cubana exiliada. Vivió exiliada en Venezuela y desde 1990 reside en Miami. Tiene una Maestría en Literatura Hispanoamerican por FIU. Fundadora del Directorio Democrático Cubano. Reconocida activista de derechos humanos. Expuesta ante diversos organismos internacionales las violaciones de los DDHH en Cuba. Dirige el capítulo de Florida Sur para el Instituto Libre.

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