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Albert Camus: disidente del comunismo, desertor del paraíso


Se topó con el dedo acusador de la izquierda intelectual parisina, el dedo como pistola, izquierda que sin ser abiertamente comunista, termina del lado de los comunistas.

Ahora se rumora que Albert Camus podría haber muerto a manos de los servicios secretos del régimen comunista de la Unión Soviética, así el accidente donde el Facel-Vega en que viajaba se estrella espectacularmente contra un árbol podría haber sido provocado por el KGB, bueno, nada de que extrañarse, asesinar oponentes es algo que los comunistas han hecho y continúan haciendo muy bien, no olvidar al presente a China, a Corea del Norte y, claro, a Cuba; viejo y eficiente oficio de los camaradas en cualquier tiempo y latitud.

Los rumores sobre la muerte provocada del Premio Nobel de Literatura de 1957 cobran vida en un artículo, ¿Fue Albert Camus asesinado por el KGB?, del escritor cubano Antonio José Ponte y publicado en Diario de Cuba, basado a su vez en un artículo aparecido en agosto en el italiano Corriere della Sera, y apuntan a que, presumiblemente, los camaradas tomaban venganza de ese modo por la condena que hiciera Camus de la invasión soviética a Hungría y por su apoyo al escritor ruso disidente, Boris Pasternak, para que obtuviera el Nobel.

Y es que Camus, nacido en noviembre de 1913 en Mondovi, Argelia, y muerto en enero de 1960 en Villeblevin, Francia, desarrolló una carrera literaria sostenida en la defensa de un humanismo fundado en la conciencia del absurdo de la condición humana y gana el Nobel, a la edad de 44 años, precisamente por “el conjunto de una obra que pone de relieve los problemas que se plantean en la conciencia de los hombres de hoy”, no podía ser ajeno a los avatares de un escritor disidente como Pasternak y, por supuesto, al abuso de la superpotencia soviética agrediendo al pequeño país húngaro que se levantaba por la libertad.

El escritor sabía muy bien de que se trataba, pues muy joven descubrió en las ciudades de Orán y Argel no sólo el cine, el teatro y el fútbol sino también el comunismo, y se entusiasmó con el tema social hasta ingresar en el Partido Comunista de Argelia, 1935-1936, cuando la Internacional de los camaradas apoyaba a los primeros movimientos independentistas, hasta que los camaradas dejaron de apoyar a los independentistas, y Camus entonces se separó del partido para iniciar su propia andadura, primero como individuo y luego como autor.

Pero, en verdad las diferencias con los comunistas irían en aumento acelerado a partir del pacto entre los socialistas germanos y los socialistas soviéticos, en 1939, siguiendo en importancia sus polémicas filosóficas sobre el sentido de la Historia entabladas con Sastre y culminar luego en el Budapest del 56. Así, con la publicación de El hombre rebelde, 1951, su heterodoxia frente al dogma del racionalismo marxista quedaba establecida, mientras su amigo Jean Grenier declaraba en referencia a dicha obra: “Su libro es hermoso, pero tiene éxito en la derecha”. Es decir, un libro prescindible según la izquierda. Es decir, un autor prescindible según la izquierda. Eliminable.

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En el libro Los últimos días de la vida de Albert Camus, José Lenzini aborda la existencia del autor seducido tempranamente por el comunismo, en 1936, y su deslinde de los camaradas ocurrido un año después, para irse a París desde Argelia y formar parte del círculo en torno a Sastre, círculo de compañeros de viaje o tontos útiles, a veces no tan tontos, de los marxistas. Enseguida tuvo desavenencias con el círculo. Pero, eso no se hace impunemente, se topó con el dedo acusador de la izquierda intelectual parisina, el dedo como pistola, izquierda que sin ser abiertamente comunista, ay, siempre termina del lado de los comunistas.

Consecuencia primera, Camus fue expeditamente excomulgado de los predios de los bien pensantes sartreanos, esos que, por ejemplo, son capaces de decir o de escribir, tranquilamente, que todas las culturas merecen respeto, menos la occidental que merece no sólo el irrespeto sino la desaparición, mala hierba frente al resto de esplendorosa floresta, santa ira de la zurda mano que advino sobre el autor tras la publicación de El hombre rebelde, al punto que hubo sesudos que sentenciosos dijeron que Camus era exponente de "una desoladora indigencia de pensamiento". Procedimiento típico de la izquierda en general aprendida de los comunistas en particular, si alguien no es de izquierda no puede ser un intelectual, será un atarantado o un truhán pero no un intelectual. Tiene su lógica, lógica utópica, pero lógica; enrevesada, pero lógica al fin. La utopía social asegura que el mundo comunista sería el paraíso y, por supuesto, que el mundo izquierdista se aproximaría al paraíso, de lejos, pero se aproximaría. Luego, un intelectual, alguien con discernimiento, no tiene otra opción que ser comunista o, del lobo un pelo, izquierdista. Pero, como a veces suele ocurrir lo contrario, como la persona pensante es la que suele transgredir, desmitificar el dogma, entonces hay que decir, con el sesudo, que ese transgresor, desmitificador del dogma no es un verdadero intelectual, que su pensamiento es indigente. Rasero que, por desgracia, suele aplicarse todavía a todo intelectual o escritor que no entre el rabo caracoleante por los pliegues del estrecho ojo orweliano del marxismo y sus alegres sucedáneos.

Camus nació en una familia de colonos franceses dedicados al cultivo del anacardo y su madre, Catalina Elena Sintes, nacida en Birkadem, Argelia, y de familia originaria de Menorca, era analfabeta y casi totalmente sorda.

Su padre, Lucien Camus trabajaba en una finca vitivinícola, cerca de Mondovi, para un comerciante de vinos de Argel, y era de origen alsaciano, como otros muchos pieds-noirs que habían huido tras la anexión de Alsacia por Alemania a consecuencia de la Guerra Franco-Prusiana. Movilizado durante la Primera Guerra Mundial, es herido en combate durante la Batalla del Marne y fallece posteriormente en el hospital de Saint-Brieuc, el 17 de octubre de 1914, hecho que propicia el traslado de la familia a Argel y en casa de su abuela materna.

Paradójicamente, una de las cosas que no puede perdonar a Camus la izquierda intelectual, siempre tan solidaria con los pobres de este mundo, siempre que los pobres de este mundo se mantengan en su sitio, es su humilde, oscuro origen de madre analfabeta y padre pieds-noirs, pero más que su humilde, oscuro origen, lo que esa izquierda intelectual parece no perdonar a Camus es que se haya levantado desde el fondo mismo de la sociedad francesa no para ocupar un sitial al lado de ellos, cosa ya inadmisible, sino para ocupar un sitial más alto que el de todos ellos, incluyendo al del mismísimo Sartre. Los pobres son para ser ayudados, no para ganar el Nobel y, herejía total, muchísimo menos para desmentir el dogma establecido. Los negros serán de izquierda o no serán negros, o en todo caso serán negros malos. Pobres y negros malos. Inservibles para la Santa Causa; eliminables vaya.

Pero, como pobre, Camus tenía al menos otro problema para ser potable a la izquierda, no era precisamente un ateo, era, según se aprecia en el fragmento de su novela La Peste, 1947 (que ponemos abajo), alguien que sabía de la divinidad, peor todavía, de una divinidad distinta, nada que ver con la divinidad simplona, buena a todo trance, instaurada por la teología del cristianismo oficializado como religión de Estado, un tipo de divinidad con la que, aunque sea a regañadientes, la izquierda puede comulgar, pues tanto la divinidad terrenal ante la que se postra la izquierda, divinidad encarnada en Hitler, Stalin o Castro, como la divinidad celestial monoteísta oficializada serían utópicas, paradisíacas a todo trance y a veces en trance, paraíso proletario o paraíso ario, la primera, paraíso edénico, la segunda, siempre paraíso, pero no, nada de eso, la divinidad de Camus es dualista, mala y buena, trabaja de manera que, a veces con el mal se hace bien y con el bien mal, divinidad de los gnósticos, divinidad de Palo Monte, profunda, paradójica, para nada paradisíaca, desconcertante para la izquierda de una neurona, quiere decir, de pensamiento rectilíneo y uniforme, plano e impoluto:

“Y apareció visiblemente un ángel bueno dando órdenes al ángel malo que llevaba un venablo de cazador, y le ordenaba pegar con él en las casas; y de las casas salían tanto muertos como golpes recibían del venablo (…) Es en esto, hermanos míos, en lo que se muestra la misericordia divina que en toda cosa ha puesto el bien y el mal, la ira y la piedad, la peste y la salud del alma. Este mismo azote que os martiriza os eleva y os enseña el camino”.

No estaremos a estas alturas a punto de saber si efectivamente la KGB mató o no a Albert Camus, pero, lo que si estamos a punto de saber es que Albert Camus era efectivamente el prototipo de persona que la KGB solía matar. El prototipo de persona, protagonista de su novela El extranjero, 1942, que murió por millones en los campos de concentración y los paredones de fusilamiento que instauraron los comunistas en países como la URSS, China, Corea del Norte y Cuba, por mencionar sólo los más destacados en el desempeño de la escabechina y, como era de esperar, también los más cantados por esos aedas de la izquierda en los saraos sartreanos de este mundo.

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